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SEIS AÑOS DE CARTEL URBANO

Por: Camilo Jiménez

La primera vez que la vi fue en un restaurante de La Macarena, y como hago siempre cuando veo una revista nueva, me abalancé sobre ella. Me gustó que fuera gratis. Me gustó la variedad entre tendencias, listas y textos breves y algunos más extensos, entre cultura “popu- lar” y “alta” cultura. Me gustó la pluralidad de temas y tendencias que exploraba.

 

Me gustó que reseñara tanto eventos oficiales como subterráneos. Odié encontrar una nota de Mauricio Sojo Zambrano sobre el martini en la que copiaba sin misericordia párrafos enteros de un artículo que yo había publicado en El Malpensante tiempo atrás (y aprovecho aquí para sacarme el clavo).

La he seguido con los años. Como con todas las revistas, hay cosas que me gustan y cosas que no. Cartel Urbano es la muestra de que se puede hacer y mantener –sobre todo mantener– un producto editorial in- dependiente, bien pensado para su público, que conserva una identidad y al tiempo va cambiando a medida que pasan los años. Me gusta que en lugar de languidecer, como pasa con tantas revistas similares, vaya engordando, tanto en la extensión de los textos que publican como en la calidad de los convocados a escribir. Ya encuentra uno reportajes, perfiles y crónicas más elaborados que en los primeros tiempos (fue una sorpresa grata leer en el número 35 una crónica de doce páginas sobre un reino ol- vidado de África, escrita por Salym Fayad).

Me gusta que sigan con la agenda de bares, tiendas de moda, galerías y teatros o librerías. Me gusta que escriban en ella Leila Guerriero y Ricardo Abdahllah. Me gustan las listas: cinco lechonas, ránking de empanadas, inventos ridículos, salarios mínimos de quince países... Me gusta el tono personal de casi todos los artículos, que señala una postura editorial honorable: no está mostrando ninguna verdad última, apenas acercamientos de quien escribe.

Los disgustos vienen de la manera de ver la vida que he cultivado en estos 42 años. Es decir, tiene más que ver con una estética que prefiero por sobre otras. El humor de Adolfo Zableh me parece pueril. La prosa de Isabella Portilla me parece errática. Los dos tienen mucho talento, pero piensan y escriben con afán. Así, leemos buenas ideas y chispazos de prosa inteligen- te, pero arruinados por no tomarse en serio el oficio de escribir o por estar muy conven- cidos de su talento nato. No me gustó en lo más mínimo el perfil que publicaron de mi amigo Alberto Salcedo: lo conozco desde hace años y él, su espíritu, su personalidad, no están en ese perfil.

Son seis años y apenas tengo 500 palabras para decir cómo he visto en este tiempo la revista Cartel Urbano. Así que no puedo seguir detallando piezas parti- culares, que es donde encuentro cositas que no me gustan. Más bien termino con un deseo: que siga apareciendo, recogien- do la movida de Bogotá y metiéndole car- ne al contenido con entrevistas, crónicas y reportajes ambiciosos. Adelante.

 

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