¿A USTED TAMBIÉN LO PERSIGUE LA INTERPOL?
29/Feb/2012

Dígale que siga
Columna de María Antonia León
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Columna de María Antonia León
Esta es una historia real. Le está ocurriendo a un amigo muy cercano: Obi. El nombre es un invento mío para proteger su identidad. Es lo mínimo que podemos hacer mientras descubrimos quién infiltró su computador y aparentemente lo usó para llevar a cabo ciber-crímenes contra el Estado Colombiano.
La tragedia de Obi empezó el viernes pasado cuando su novia llegó al apartamento en el que viven en Buenos Aires y la recibieron unos uniformados: –Somos de la Interpol –dijeron sacando sus placas- y tenemos la orden de secuestrar todos los aparatos electrónicos de esta residencia–. Alrededor, todas las maricadas que tres roommates mantenían en tarros de galletas, cajones y maletines, estaban esparcidas por el suelo, y en una torre al lado de la puerta, estaban puestos uno a uno: computadores, celulares, Ipads, pantallas, memorias extraíbles, discos de almacenamiento y todo lo que podía documentar qué hacían estos supuestos hackers en la intimidad de ese hogar.
Yo tenía algunas cervezas encima cuando le escuché la historia a Obi, que casualmente está en Bogotá por estos días. Lo que me decía me parecía tan irreal que llegué a pensar que el licor estaba adulterado. Pero luego intuí que podía ser totalmente cierto, tan real como las alucinaciones que Philip K. Dick describe en sus novelas, así que le dije: –Eso sólo le pasa a la gente como tú. Empiezan dictando charlas sobre ciencia ficción y acaban perseguidos por la Interpol–.
La mejor hipótesis que le encontramos a esta persecución se relaciona con una noticia publicada en La Gaceta, un periódico que se edita en Tucuman, una provincia de Argentina. Según el diario, el viernes 24 de febrero, día en el cual la policía ingresó en la casa de Obi en Buenos Aires, fueron intervenidas cinco residencias en ese país, y otras tres en Latinoamérica, pues al parecer las IP ubicadas en esas casas estaban relacionadas con el ataque ciberterrorista del año pasado contra la ley del presidente Juan Manuel Santos de penalizar el terrorismo en Internet.
Obi es un sujeto ciento por ciento académico, tanto que escribe textos escolares, siempre lleva camiseta interior, tiene una cita bibliográfica para casi todos los acontecimientos de la vida, y hasta está pasando papeles para un doctorado. Pero es tan torpe con la tecnología que en su Nokia ni siquiera puede escribir la eñe. ¿Cómo acabó un tipo así metido en todo este lío? Luego de descartar todas las posibles infiltraciones, la más ridícula ha resultado ser la más probable. Todo empezó con un simple click.
Cuando salieron a la luz pública Anonymous y otros grupos de ciber-justicieros, muchos nos sentimos atraídos por indagar sobre sus ideales, compartir sus intereses y estirar la onda explosiva de sus doctrinas. Creímos, claro, que lo que hacían era arriesgado, pero jamás pensamos en que ese peligro, como todo en la red, es compartido. Así que Obi terminó abriendo un enlace que lo llevó a una pantalla donde estaba la máscara blanca de V de Venganza. Hasta yo ignoraba que un enlace así puede convertir nuestros computadores en zombies: lo que hace un hacker en cualquier lugar del mundo puede quedar registrado con nuestra propia IP.
Cuando Obi me contaba esto con la cara de quien confiesa que busca porno en la red de vez en cuando, pero que eso no lo hace un enfermo sexual, yo pensaba en la paranoia que podía estar sintiendo. Hasta yo me sentía observada y terriblemente intimidada con una cosa así, y también me daba cuenta de lo vulnerables que somos en Internet.
En Facebook circula una foto que afirma que en la web somos un tigre y en la vida real unos inofensivos gatitos. Qué postal tan falsa. En Internet tenemos los pies sucios, por donde pasamos dejamos huella, nuestros movimientos son totalmente rastreables. No tenemos ni idea de cuán zombies están nuestros propios equipos, porque es probable que contengan más información que la almacenada en nuestra cabeza.
Mientras busca un abogado penalista en Buenos Aires e investiga de la A a la Z todo sobre las custodias de aparatos electrónicos y la posibilidad de sumarse a las 25 personas que han sido capturadas esta semana por terrorismo electrónico, no me extraña que Obi haya decidido convertirse en un ermitaño virtual y cerrado todas sus cuentas, excepto un correo electrónico. Según esto, todos los cibernautas somos culpables de un crimen desconocido, y cualquiera que tenga un computador con acceso a Internet puede volverse un chivo expiatorio. De hecho, no sabemos si a nosotros también nos persigue la Interpol.