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UNA ROSA NO ES UNA ROSA

Cartel Urbano
Dígale que siga
Columna de María Antonia León
 
A las estudiantes del Colegio de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, cuyo uniforme es un mantel de Navidad, nos decían que una rosa era una rosa. Que no nos dejáramos tocar, que no nos dejáramos besar, que no aceptáramos invitaciones de extraños, que Dios nos estaba mirando.
Dígale que siga
Columna de María Antonia León
 
A las estudiantes del Colegio de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, cuyo uniforme es un mantel de Navidad, nos decían que una rosa era una rosa. Que no nos dejáramos tocar, que no nos dejáramos besar, que no aceptáramos invitaciones de extraños, que Dios nos estaba mirando.
 
En primaria nos hacían arrodillar para que la falda tocara el piso, nos hacían aprender de memoria canciones cristianas para cantarlas a coro irrestricto en las misas, y a veces no nos llamaban por nuestros nombres sino por nuestro número de lista. En las clases de Religión nos decían que Dios había creado al Big Bang, al mico, al hombre y a la mujer. Pero en clase de Biología nos explicaban que sólo las mujeres podíamos parir.
 
En bachillerato nos decían que no les dijéramos malparidas a nuestras compañeras y que no nos fuéramos a enamorar de ellas; el colegio era femenino pero las lesbianas no estaban permitidas, al contrario, eran aborrecidas a pesar de que todos los días las más de mil alumnas rezábamos por altavoz: "Quiero mirar al mundo con ojos llenos de amor para ser paciente, comprensiva, dulce y buena". También nos decían que la fidelidad de pareja era obligación, tan posible como el dominio que los curas hacen de su virilidad.
 
Nos enseñaron que rayar las puertas con grafitis estaba mal, que alzarse la falda como Marilyn Monroe estaba mal, que ver la película "Como agua para chocolate", pensar en las partes bajas de un hombre, tener sexo prematrimonial y tener sexo sin que tuviera como objetivo la procreación, era pecado. Nos enseñaron que el mejor método para no quedar embarazadas era la aspirina. Que nos pusiéramos una píldora entre las rodillas y no la dejáramos caer.
 
Según el MinEducación, en 2002, cuando se graduó mi promoción, había cerca de 5 millones de colegialas en Colombia, y sólo ese año éramos más de 500 mil las estudiantes de décimo y once. Supongo (porque no encontré cifras), que más de la mitad estudiamos en colegios femeninos, en su gran mayoría católicos. Frente a tal aislamiento de la sociedad masculina, me imagino que muchas veíamos a los hombres como los monstruos que describe Doris Lessing en La grieta: "Deformes, raros, lisiados… sólo bultos y protuberancias con esa cosa como una trompa que a veces parece una ascidia".
 
Al salir del colegio las menos reflexivas quedaron con síndrome de prisionalización, un fenómeno recurrente en los presos que no soportan el vértigo de la libertad. Crearon sus propias celdas:conventos; matrimonios arreglados, algunos de ellos con extranjeros a los que ni siquiera conocían; décadas de estudios universitarios; el confort de una vida sin servicios públicos en Manizales, viviendo en las casas de sus padres, con los ositos de felpa que les han regalado hombres que denominan pretendientes. En el peor de los casos, celibato; o lo que ellas angelicalmente denominan "preservarse para el hombre de su vida". Con razón en su adolescencia justificaban la inexistencia del amor, al que se referían como un demonio y no como un sentimiento, seguramente influenciadas por Platón. Leíamos tan poco. Al fin y al cabo, lo único que nos ponían a leer, y a veces hasta aprendernos de memoria, eran Gabriel García Márquez, Jairo Aníbal Niño, Amado Nervo y David Hume.
 
Las más espirituales, en cambio, salimos del bachillerato con los corazones abiertos y las blusas abiertas a abrigar a todo el que nos hiciera sonrojar, gemir o delirar. De este segundo grupo se destacan numerosas lesbianas y un número aún mayor de bisexuales, tatuadas, algo putas, pero con el pelo cepillado, las uñas pintadas, la esperanza inescrupulosa del amor. No sé muy bien a qué se deben nuestros fracasos amorosos.Quizá sea porque nos enseñaron a dar, dar, dar, siempre en secreto. Quizá sea porque llevamos menos de una década socializando con hombres: algunas, acercándonos tímidamente a su poderoso embrujo, y otras apenas descubriendo que en realidad les gustan las mujeres. En cualquier caso, ahora que empieza otro año escolar, creo que los colegios mixtos ofrecen una gran ventaja a sus estudiantes. No importa qué teoría del origen del universo les enseñen, porque aprenden el concepto más básico de la vida: que ese mundo está hecho de hombres, mujeres, homosexuales, heterosexuales, bisexuales, hermafroditas y transgeneristas. Y que una rosa no es una rosa.
 

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