UNA ÉTICA DE HUMO
31/Ene/2012

Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
Hace unas cuantas semanas recibí la visita de un colega. El motivo de su aparición, luego de varios meses, no era otro sino hacerme saber que, como yo, él había abandonado el cigarrillo. Relató cómo, la noche de año nuevo, prometió fehacientemente dejar el hábito del tabaco para el año que comenzaba y que a mí acudía para que fuera testigo y estandarte de su juramento, y dejar constancia del acto valeroso. Allí mismo se deshizo de los puchos, no sin maldecir una y mil veces al otrora compañero en noches frías y largas jornadas de espera silenciosa. No hubo asomo de pena pero sí de autorreproches, y una cajetilla medio llena abandonada desde entonces por ahí, refundida en cualquier parte. Los cancerígenos perdían una batalla más en esta época aséptica y tan preocupada por la higiene, la salud y las buenas costumbres.
Desde ese día no he hablado con mi amigo, no sé si recayó, si faltó a la promesa solemne de "nunca más sucumbir ante ese vicio", pero un par de días hace encontré los chicotes abandonados y recordé mi propia época como fumador. Y mi ética de fumador también. Nunca hice promesas de dejarlo porque sabía que nunca cumpliría. Nunca acepté chantajes de mujeres para que lo dejara y poder estar con ellas. Jamás sucumbí ante la publicidad malintencionada que nos anula como dueños de nuestras elecciones. Siempre acepté que el humo me podría llevar a la tumba pero eso no era suficiente para pelearme con él. Hacia allá vamos todos, incluso los que frecuentan el gimnasio y llevan una alimentación balanceada libre de colesterol y rica en vitaminas y minerales.
No, mi relación con los rubios de filtro fue durante mucho tiempo la de una amistad firme, sometida a las más arduas pruebas. Porque más allá de esa salubridad endeble que pregonan, hay algo en el acto de fumar que no es posible describir con palabras, una suerte de trato con el cosmos. Ese humo que se alza e impregna el aire circundante es una manera de decirle a la perfección armónica del universo, aquí estoy, con mis precariedades y contradicciones. En últimas, el ansia de perfección de los exitosos, de aquellos que creen que la vida es un tránsito para mejorar, también es un acto impuro. Todo acto humano resulta, en cualquier caso, contaminante. No veo entonces la razón por la cual cualquiera pueda levantar su dedo acusador contra aquel que se ensimisma y juguetea con su humo y su imperfección. Quién dijo que para vivir teníamos que firmar un acuerdo de términos y condiciones en el que nos comprometemos a cuidarnos.
Cada vez son menos los fumadores, los excluyen y asean, les regalan mentas, los sacan a las terrazas, los miran de reojo, se enferman. Yo pertenezco a este último grupo. Tuve que dejar los pitillos hace unos meses cuando me detectaron unas complicaciones en la garganta que me harían perder la voz gradualmente. Hubo que tomar la ardua decisión: los cigarrillos se irían para siempre. De ello quedó una leve ronquera, algunas veces incómoda, pero por más malestar nunca salí a gritar que odiaba el cigarro y que me declaraba enemigo del humo.
Hoy, meses después, los puros son para mí como un amigo entrañable al que debo despedir por un viaje largo que ha de emprender, o como el final de una relación larga en la que no caben odios ni reproches. Un duelo necesario pero sin tristezas. A veces, cuando camino cerca de alguien que humea, me quedo un buen rato a su lado para volver a sentir ese aroma agreste y noble, antes de saberme de nuevo un rehabilitado. Y así, un poco más contaminado que antes, continúo mi marcha.
Mis primeras caladas fueron una curiosidad adolescente, pero después de ver que ese acto se veía tan bien en las películas lo incorporé a mi cotidianidad como una impronta. Muchos de esa época aún me recuerdan por el humo y se sorprenderían hoy al verme con las falanges vacías. Sabrían que algo se fue para siempre.
Esa cajetilla olvidada sigue aguardando que alguien venga por ella y convierta su interior en humo porque es más digno ser aire que un trozo de sucio cartón. Yo ya no puedo conceder esa dignidad pero acompañaré calladamente a quien lo haga. Somos también nuestros vicios, nuestras precariedades. No nos une el amor sino el espanto, parafraseando el verso de Borges, será por eso, cigarros, que los quiero tanto.