Ud se encuentra aquí INICIO Opinion Un Pais De Absurdos
COMPARTIR ARTICULO EN:
M

UN PAÍS DE ABSURDOS

Cartel Urbano
En la otra esquina
Por Harvey Murcia

En la otra esquina
Por Harvey Murcia


Colombia es un país de absurdos. Los colombianos somos la encarnación del Realismo Mágico. Ese que explica con lujo de detalles qué nos define, nos identifica y nos hace tan únicos. No me refiero exclusivamente a los gobernantes que saben llevar a buen puerto sus propuestas jurídicas para que ellos mismos las quebranten después; ni me refiero a los sindicados de corrupción (hermanitos por filiación o por delito) que luego demandan al Estado para demostrar que en estas latitudes ser “truculento paga”. Mucho menos a los deportistas que escupen, ofrecen dinero, insultan. La lista es larga.
 
Hoy estoy pensando en las cosas que pasan en la vida cotidiana, en esas que transcurren en una buseta, o en trasmilenio, esas que pintan las avenidas de este país con excentricidades que marcan y determinan nuestro comportamiento. Nuestra identidad.
 
Mire usted: una señora que sufre de hipertensión carga en sus brazos a un niño y de pronto, sin esperarlo, se desploma junto con el infante, cae sobre él. Nadie la socorre, nadie la auxilia. Muere.
 
O qué decir de La Burroteca Viajera. Gran invento que engrandece nuestra pobreza en términos de desarrollo cultural. Recorre las topografías colombianas para brindar acceso a los que por culpa del abandono educativo y la corrupción política, no han tenido la oportunidad de una formación digna y competitiva. Con ello se genera la idea de que nuestra sociedad es la de las ganas, las del empuje, la que “supera  la info-pobreza” a la que estamos condenados.
 
Por otro lado: la cirugía estética, un tema tan contemporáneo, de glamour. Imposible olvidar la putrefacción de uno de los culos más nombrados, gracias a este tipo de intervenciones.  Es tan nombrado que llegó a los estrados. No sé si por la cirugía o por la sospecha de la naturalidad de semejante trasero. Sólo dentro del realismo colombiano, un culo se pudre y se vuelve un debate maniqueo que conduce a la risa o al rechazo.
 
Cuántos no hemos soñado con tener casa propia. Tener el “techito” para que las inclemencias del tiempo no nos aporreen. Una normal; no importa si es grande o pequeña, unifamiliar o multifamiliar. ¿Pero a quién se le ocurre tener una casa en la que las cuerdas del servicio público de la energía la atraviesen por la sala, el baño, el cuarto? ¿A quién se le ocurre permitir que se edifique una casa en estas condiciones?  ¿Se imagina usted a alguien ostentando su rol en el “trono” y de momento sea víctima de un “pico de electricidad”? Es posible.                        
  
En estos tiempos tan oscuros, tan barrocos y tan extraños, la chabacanería no es cuestión de método. Es el cúmulo de la materialización del Realismo Mágico, realismo que no nos aflige, ni nos asombra.
 

[email protected] 

Comentar con facebook