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UN MÉTODO PELIGROSO

Cartel Urbano
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
He visto por segunda vez Un método peligroso, la más reciente película del canadiense David Cronenberg y aunque no es su mejor película y se aparta bastante de sus obras anteriores, sí puedo afirmar que, lejos de las razones por las que se le ha criticado, presenta un panorama bastante interesante de lo que pudo haber sido el psicoanálisis en sus primeros años y, sobre todo, los descubrimientos que hizo respecto a la condición humana. Y digo condición y no naturaleza humana en tanto que justamente a partir de su desarrollo, queda claro que la experiencia humana no está determinada por un orden biológico o una predeterminación orgánica, sino que se aparta de ella para anclar un sujeto a la cultura y condicionarlo.
 
Para referirse a estos temas, Cronenberg recurre a las figuras de Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, el primero como el padre del psicoanálisis, el segundo como uno de sus más célebres disidentes. Bien pudo hacerlo con otros personajes, de ficción o no, porque lo que se trata acá es de advertir que hay dentro de todo ser humano una constante tensión, por no decir contradicción, entre aquello que lo determina socialmente y sus deseos, que no es la parte animal, irracional del hombre, el deseo no es el instinto. Justamente lo que nos separa de los animales es que ellos no son seres deseantes; ellos satisfacen sus instintos, alimenticios, de abrigo, de conservación, pero nunca lo experimentan como deseo.
 
El conflicto de Jung entre mantener la monogamia o dejarse abandonar por una pasión que lo desborda hacia su amante, primero paciente y amiga, Sabina Spielrein, es posiblemente el conflicto de muchos entre mantener las convenciones sociales de cada época o ir en la dirección contraria para intentar satisfacer aquello que se mueve por dentro como un torrente irrefrenable. Y estos impulsos son, a un mismo tiempo, destructivos pero salvadores.
 
El psicoanálisis descubrió prontamente que esa tensión no se puede resolver. Vivir en la cultura es renunciar al deseo entendiéndolo como aquello que necesariamente debe ser prohibido y limitado, para alcanzar los ideales de la cultura, pero también entendió que, por un lado, la búsqueda de la libertad es un imposible, sofocado históricamente, pero que también son los mismos individuos, hombres y mujeres, quienes se rehúsan a ella. Es por eso que tampoco debe entenderse el psicoanálisis como una disciplina terapéutica, porque como bien se dice en la película retomando palabras de Freud: “por ningún motivo intentes curarlos”. No hay cura posible dentro de esta contradicción.
 

En algún momento, Freud sostuvo toda su teoría sobre la idea de que el ser humano se movía buscando el placer, en términos prosaicos, que aquello que anhela es la felicidad, pero es justamente a partir de su relación profesional con Sabina Spielrein, que dará un vuelco a su aparato conceptual, a partir de la formulación de uno de sus conceptos más oscuros: la pulsión de muerte, lo cual quiere decir, en pocas palabras, que más fuerte que la búsqueda del placer o el bienestar, es rehusarse a él, que el ser humano tiende más a la repetición del sufrimiento y que esto es brutalmente difícil de abandonar. Tal vez esta sí es la gran revolución (y lo peligroso) del psicoanálisis, decir que no existe tal propensión al bien en los sujetos, sino justamente lo contrario. Tampoco se trata de abrir la caja de Pandora de los deseos reprimidos, como dice Otto Gross en la película, saltarse la represión como algunas escuelas psicológicas formularon después de Freud. La represión es condición del sujeto y no hay forma de levantarla más que de manera ilusoria. Todo lo demás son intentos por normativizar a los sujetos: la familia, la educación, la religión; construcciones culturales soportadas sobre la idea del límite, de la imposibilidad del acceso a aquello que más se desea, en tanto que puede ser, y resulta, una potencia altamente destructora que debe ser controlada. El psicoanálisis, por ello, no pretende curar una afección, aunque en su momento ese hubiera sido el ideal freudiano, por el contrario, subvierte totalmente el concepto generalizado de enfermedad y encara al sujeto con todo ello que lo condiciona a pesar de él mismo, y lo que puede aparecer allí en estricto es una nada monstruosa, que por centurias la cultura ha intentado domesticar. 

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