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UN MANUAL PARA LA DERROTA

Cartel Urbano

Música para camaleones
Columna de Juan Serrano
 

Música para camaleones
Columna de Juan Serrano
 
¿Cómo cantarle a la derrota sin que suene a sollozo? ¿Cómo hablar desde el cuarto frío del dolor sin que se quiebre la voz ni se pierda la capacidad de burlarse de sí mismo? Leonard Cohen ha pasado su vida haciéndose estas preguntas. Su carrera musical ha sido esa batalla permanente por encontrar una voz poética que aunque atravesada por la nostalgia, no suene a quejido. Poder cantarle a lo perdido logrando esquivar en cada estrofa la caricatura de ser un cantante que hace música "para cortarse las venas". Y lo ha logrado. Lo ha logrado -a pesar de los malentendidos- con esa voz grave adobada de sensualismo y soledad. A sus 77 años Leonard Cohen aún sigue mostrándonos, con su semblante afable y esa serenidad de viejo sabio, que existe algo así como un melancólico feliz y que es posible encontrar el equilibrio a través de las canciones.
 
Cohen, en esa búsqueda por el tono apropiado para encarar la desventura, leyó la poesía de García Lorca. Y fue de la mano del poeta granadino que aprendió a nunca lamentar y a entender que si quería expresar la derrota que nos ataca a todos, tenía que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza. Esa ha sido su obsesión: lograr que las pequeñas tristezas de las que está hecha la historia privada universal, encuentren siempre un bello consuelo en su voz.
 
Pero las canciones tristes no se han hecho siempre con un pañuelo mojado dentro del bolsillo. Pueden incluso hacerse cuando se está de buen humor sin que por ello pierdan su autenticidad. Ese es el caso de su nuevo disco, Old ideas, donde un Cohen que a estas alturas se ha sacudido del estigma de poeta desesperado y depresivo, aborda las preguntas fundamentales de la existencia humana: el amor, el sexo, la espiritualidad y el sentimiento de pérdida. En la joya de la corona de su nuevo disco, la canción Going home, se escucha a un Leonard Cohen que hace recordar un famoso verso de Machado: "Converso con el hombre que siempre va conmigo/ quien habla solo espera hablar a Dios un día". Cohen deja allí consignado lo que bien podrá convertirse en el epitafio de su cancionero: "Quiere escribir una canción de amor, un himno del perdón, un manual para vivir con la derrota". Esas tres frases sencillas -y a la vez poderosas- son un buen resumen de su obra: un permanente recorrido por encontrar unos cuantos versos que alivien, por ser la luz que entra por la grieta.
 
Y todo esto lo ha conseguido sin sacrificar un ápice de humor, siendo su más severo juez, llamándose a sí mismo "un bastardo perezoso que siempre va de traje"; demostrando que esa mezcla entre nostalgia y buen humor es la forma más elevada de belleza que se pueda dar en la música. Porque aun en canciones tapizadas por la añoranza como Chelsea Hotel No. 2 en la cual relata un encuentro íntimo con Janis Joplin -cuando ella ya era un ícono de la contracultura estadounidense-, Cohen tiene la genialidad de escribir: "Te recuerdo muy bien en el Chelsea Hotel. Hablabas con tanto coraje y tanta dulzura, con tu cabeza entre mis piernas en la cama revuelta, mientras las limusinas esperaban en la calle" (confesión que llamaría a la postre "la única indiscreción de mi vida profesional"). Y a su vez, es capaz de burlarse de su condición física al cantar: "me dijiste otra vez que preferías a los chicos guapos pero que conmigo harías una excepción".
 
Quiere uno, después de todo, que la vejez de Leonard Cohen sea eterna. Que esa sabiduría acumulada con los años, que esas melodías sencillas acompañadas de letras profundas confeccionadas a paso de tortuga, no mueran antes que nosotros. Cohen ha venido a este mundo para recordarnos la belleza que hay detrás del hecho de perder y lo ha hecho sin dramatismos, sin pedir explicaciones. Ha venido a dar fe con su presencia que, como decía Borges, la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce. Y a decirnos en las últimas hojas de su vida que todo, absolutamente todo, ha valido la pena.

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