SUIT DRIMS
6/Jun/2012

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
Me gusta tener pesadillas. Sé que no es una característica muy común, pero también sé que no soy el único que la posee. Me gusta porque están llenas de imaginación, efectos especiales, tramas dignas de thriller, acción y aventura. Los sueños, en cambio, sólo contienen edulcorantes y surrealismo rococó y, para rematar, queda uno con la sensación absurda de que podrían tener “significado”.
Porque la pesadilla tiene ese elemento primigenio de los miedos básicos y fundamentales del ser humano: la muerte, el hambre, la desnudez, la soledad, la pobreza, el abandono, Jota Mario presidente, la desposesión. Lo horripilante de las pesadillas no suele ser estética, sino el hecho de sentir tan palpables los fantasmas internos, causados por un rayón vital o por una bandeja paisa con jugo de guanábana, ingeridos quince minutos antes de echarse a dormir.
Pesadilla ¡Vaya oxímoron físico! Pesada, pero leve, como una toneladilla, como un Led Zepellin. Pesadilla: nightmare, en inglés; que, traducido literalmente, significa “yegua nocturna”. Debe ser porque, cuando la padeces es como si un caballo hembra se te parara en el cráneo; o como si cabalgaras al reino de Nuncajamás, a pelo, sin riendas, siendo víctima del lado oscuro de tu inconsciencia.
Lo peor/mejor de las pesadillas es precisamente eso: que se trata de nuestra propia imaginación, jugándonosla. Nadie más que nosotros mismos aporta los elementos macabros-delirantes que puede haber en ellas.
Pero, a la larga, con el paso de los siglos, el inconsciente colectivo ha ido creando diversos clichés y lugares comunes que estandarizan la pesadilla promedio.
La persecución: algo siempre anda tras nosotros, algo amenazante, feo o antipático. La persecución incluye un elemento infaltable: la huída imposibilitada, en la cual las piernas no dan, ya sea porque algo pegajoso nos adhiere al suelo, porque nuestros movimientos los maneja un editor perverso que nos hace desplazar en slow motion o sencillamente porque el suelo está inclinado 60º… y el monstruo ahí, respirándonos en la nuca.
La muerte: o nos matan, o matamos, o presenciamos a alguien muriendo o siendo cadáver. Según los sueñólogos, la muerte soñada refleja la posibilidad futura de un cambio extremo (no necesariamente estético). Pero ¿por qué siempre tan fea? Pues porque nuestra consciencia está siempre cochina y no puede evitar darnos su cara más honesta. Son populares el balazo, el ahogo o la lapidación con berenjenas.
La suciedad: las locaciones donde se desarrollan estas escenas cinematográficas, por lo general, se rodean de mucha mugre, desperdicios, agua de cloaca, lluvia estancada, heces, orina, vómito, sangre y telarañas. El director de arte del departamento onírico gusta de la antiestética. ¡Lo veré arreglando la escena para la siguiente toma!
La academia: este sector, aunque para algunos no sea pesadillesco, para todos los que sufrimos en la adolescencia y juventud con tareas y exámenes del Infierno, sí lo es. Y nos hace protagonizar la peor de todas las pesadillas: que estamos de regreso a colegio, y nos enteramos de que hay que hacer una tarea de la que no teníamos ni idea o que hay que presentar un examen de una materia a la que nunca asistimos ¿Por qué, cerebro, por qué?
Animales bravos: perros, marranos, culebras, tarántulas, mandriles, pulgas ebrias… De todo hay en la viña del Señor de los sueños. Nos atacan porque sí, y son bocatto di cardinale para psicoanalistas, que insisten en que se trata de símbolos de las ganas de tirar tan tremendas que reprimimos en la vida cotidiana. Si eso es así, ¿las pesadillas de Nacho Vidal son con pollitos?
Desnudez: Usted sale a la calle y, porque sí, resulta que desaparecen pantalones/falda y calzoncillos/cucos, pero le toca permanecer en público. No hay manera de ocultar la genitalidad; y, si usted es hombre, puede incluir erección involuntaria. En el mejor de los casos, Hipnos le da licencia para taparse las güevitas. Lo peor/mejor de todo es que ¡a nadie parece importarle! ¡Hipócritas!
Por encima de todo, lo bueno de las pesadillas es que, de todos modos, hay alivio real cuando de ellas te despiertas. En cambio, cuando despiertas de un excelente sueño...