Ud se encuentra aquí INICIO Opinion Quien Dijo Que Hablando Se Entiende La Gente
COMPARTIR ARTICULO EN:
M

¿QUIÉN DIJO QUE HABLANDO SE ENTIENDE LA GENTE?

Cartel Urbano
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Imaginemos por un momento una conversación entre dos personas que tenga la posibilidad de perpetuarse en el tiempo. Por supuesto, debemos suponer que estos individuos que conversan son inmortales, o por lo menos, tienen la posibilidad de vivir muchísimos años, que para los propósitos de este ejemplo deberían computarse por miles.
 
Esa hipotética conversación, de la que usted o yo podríamos hacer parte, podría iniciar como todas: saludo, respuesta, alusiones al clima de la ciudad, relatos de anécdotas recientes, algunos ideales por el destino de la humanidad, o la impasible necesidad de ser escuchado. Por supuesto, muchos serían los tópicos, muchos los monólogos insertos, allí encontraríamos todas las mitologías personales y universales, así como los temores y traumas de la niñez que podrían escaparse de cuando en vez al instante mismo de hacer referencias a un gesto o una palabra que se repite.
 
Podría pensarse que esa conversación tendería a agotarse, pero difícilmente ello podría ocurrir dado que la palabra es el vehículo de toda clase de variaciones que pueden extender una charla al infinito de las permutaciones. Lo que también podría suceder es que cada uno de nuestros sujetos experimentales entre en confianza con aquel que le depare comodidad, o también que pueda trenzarse en discusiones que no lleguen solución pacífica. Confiando que ese regodeo en el lenguaje no redunde en expresiones de violencia física, cabe la posibilidad de que cualquiera de ellos, lejos de experimentar comodidad por las palabras de un excelente orador, prefiera mantenerse en competencia por imponer su punto de vista frente a cualquier tema. Porque lo primero, y tal vez lo único, que aparecerá como constante en este juego, es que cuando surgen las palabras del otro es imposible permanecer estático y escuchar.
 
Esta conversación hipotética no tiene más remedio que conducir al caos, contrario a lo que podría pensarse, porque toda relación humana soportada por el lenguaje es inevitablemente una relación de poder desequilibrada, en la que alguien toma una posición activa (el hablante) y otro una posición pasiva (el oidor), posiciones que por supuesto cambian constantemente de agente. Y eso es lo que creemos que soporta todo acto comunicativo: la ilusión de ser escuchados y entendidos por otro que recibe nuestro mensaje, cuando lo que existe es una tendencia a dominar y hacer claudicar al otro.
      
Lo triste y cínico de esta predicción experimental es darnos cuenta de que el lenguaje y los actos comunicativos, regidos a su vez por leyes gramaticales, no pueden soportarse en una pretensión de entendimiento, y más aún, se sostienen sobre un malentendido, y es eso justamente lo que nos une como cultura. Existe algo dentro de cada ser humano que se resiste a ser encajado dentro de los marcos de una normativa, por esa razón, nunca aquello que pensamos será igual a lo que expresamos, pero por otro lado, nunca aquello que decimos llega en su plenitud a los oídos de nuestro contertulio. Es así que en esta hipotética conversación planteada, algún testigo se dará cuenta, al cabo de miles de años, que estos hombres, sin percatarse, han estado hablando durante siglos idiomas diferentes, porque todo lo que se ha dicho es una cantidad abrumadora de palabras, interpretadas en razón a los prejuicios y creencias del oyente, que no tienen más remedio que transformarse en ese camino que recorren. Fundamental paradoja del lenguaje: lo que nos une como comunidad es precisamente aquello que nos separa como individuos.
 

Durante los miles de años que nos han precedido, estos conversadores han sido remplazados por otros. Esos hipotéticos Adán y Eva que alguna vez se sentaron a conversar en el césped del jardín del edén, tuvieron hijos e hijas que poblaron la Tierra, llevando a todos los rincones ese verbo hecho carne, ese producto humano inevitablemente imperfecto, con el que construimos la realidad, pero que a cada tanto la mutila y la desfigura. No hace falta ir muy lejos para percatarse de ello, solamente prenda el televisor, lea los periódicos, asista a una clase en la universidad, intente vender un producto o ingrese a su cuenta de twitter o facebook. Seguimos construyendo la cultura a partir de todo eso que decimos, para que otro entienda justamente algo distinto.    

Comentar con facebook