PSICÓPATAS S. A.

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza Luna
Por mucho tiempo creí que los psicópatas se encontraban muy lejos de la vida que conocía, que pertenecían exclusivamente a la esfera del mundo criminal. Estaba convencido de que su condición depredadora y carente de sentimientos se limitaba a los asesinos en serie. A pesar de que había estudiado el fenómeno de dichos homicidas y estaba familiarizado con sus características, me tomó tiempo reconocer que varios rasgos de su perfil eran similares, sino idénticos, a los de algunas personas con las que me cruzaba a diario. Éstas, en apariencia sencillas personas, jamás han asesinado a nadie pero repiten, indiferentes, los mismos patrones de conducta de los psicópatas. Su relativa invisibilidad y su posición ventajosa en la sociedad los convierte en seres incluso más peligrosos.
Mi sorpresa fue mayor cuando comprendí que muchas de las formas de relación contemporáneas que nos regían, se definían exactamente por los mismos patrones de aquellos asesinos incapaces de experimentar piedad. Narcisismo, mitomanía, sexualización, son palabras que pueden definir al psicópata, pero también, por ejemplo, la tendencia del mundo mediático actual.
Un estudio reciente confirmó mis vagas intuiciones: el periodista Jon Ronson se dio a la tarea de evaluar la condición psíquica de trabajadores y gerentes de siete importantes empresas estadounidenses; al final, la investigación confirmó que tales corporaciones tenían en sus filas a muchas personas que, aunque no poseían record criminal alguno, cumplían con la mayoría de criterios psicológicos para ser considerados psicópatas. No se alarmen: los sujetos que arrojaron positivo eran percibidos por sus compañeros como innovadores, confiables, eficientes.
Resulta claro que existen dos tipos de psicópatas: los que matan y los que no. Los dos carecen de remordimientos. Son incapaces de experimentar empatía, condición que nos define como seres humanos. La crueldad del psicópata deriva de tal situación: si no se experimenta que el otro es un sujeto, se le usa como un vil objeto.
Los que matan se convierten en adictos a la ultraviolencia y ritualizan sus actos de violencia sexual y tortura. Los segundos buscan el placer y la autosatisfacción por medio del abuso y la manipulación sobre aquellos que se cruzan en su camino; si ascienden en una escala de poder sacrifican a los demás para alcanzar sus propósitos. Las escandalosas cifras de estafas y desfalcos que escuchamos todo el tiempo o las cifras de despidos masivos en pro de salvar una economía particular, donde resulta claro que el asunto va más allá del dinero y se relaciona más con la ambición desmedida, nos puede dar una idea de la lógica del segundo grupo, el de los psicópatas corporativizados, integrados al sistema.
Los psicópatas asesinos son vanidosos y egocéntricos. De igual forma los integrados. Ambos toman lo que sea para obtener su propia ganancia: vidas humanas, propiedades, dinero, empleos, etc. Los dos están convencidos de ser el centro del universo; a veces el segundo, mediante la fuerza o la manipulación, lo logra.
Esta suerte de subespecie humana es la que conduce un auto en la madrugada y cruza el semáforo en rojo a alta velocidad sin importarle las consecuencias. Unas de sus facetas más populares, donde se evidencia su incapacidad empática de reconocer al otro como igual, son la del racista, el sexista e incluso la del clasista. Aquello de que "el fin justifica los medios" suele ser su camaleónica y conveniente consigna de acción.
De seguro los psicópatas asesinos resultan más inquietantes y les percibimos como más peligrosos, pero el alcance de su maldad resulta limitado; los psicópatas integrados poseen tentáculos más extensos: afectan la economía, definen la política, establecen los valores estéticos (excluyen al que no consideran bello y cosifican al individuo al punto de convertirlo en objeto de placer inflable-desechable). De su fuerte influencia en la cultura deriva la depredación que caracteriza nuestra competitividad actual, la nueva ley darwiniana: "te adaptas al convertirte en un ganador sin escrúpulos que pisotea a los demás para ascender o pereces".
Los psicópatas asesinos tarde o temprano, por inepta que sea la policía de la sociedad en la que actúan, son detenidos. Por el contrario, los integrados se mantienen a raya con la ley, incluso la manipulan para salir impunes o aparecer como benefactores. Algunos seducen a los demás con sus ideas de éxito con el único fin de desocupar sus billeteras o para sumarlos a sus filas y convencerlos de que desocupen las de otros.
El personaje creado por Bret Ellis en la novela American Psycho, un yuppie de Wall Street, en un punto del relato en que intenta definirse afirma: "Hay como una idea de Patrick Bateman, una especie de aberración, pero no hay un yo auténtico, solo una entidad, algo ilusorio, y aunque yo pueda disimular mi fría mirada y tú puedas estrecharme la mano y notar que su carne aprieta la tuya y puede que hasta consideres que nuestros estilos de vida son parecidos: sencillamente, yo no estoy aquí". El misterio del psicópata se reduce a su vacío total, a la ausencia de sí mismo que apenas se llena con la destrucción del otro. El integrado, por lo general, se "alimenta" de víctimas en su esfera laboral y de poder económico.
La máscara (encantadora) del psicópata S.A no será tan fácilmente descubierta, recuerden que ha sido fabricada con la fisionomía que hemos aprendido a alabar.
Hoy observó la movilización de cientos de personas de regreso a sus trabajos; abandonan su lapso transitorio de vacaciones donde se habían reintegrado felizmente a la vida familiar o a la naturaleza. Temo lo que encontrarán en sus empresas o en lo que se convertirán, al final de la tarde, al cruzar la puerta de salida.