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PET-CHOP BOY

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama


Estamos más solos que un burro, por lo tanto tenemos mascotas. Y ellas, a nosotros. Es el más vicioso círculo de mutualismo: adquirimos un ser vivo para paliar nuestra soledad que tanto nos apalea, y éste se vale de nosotros para procurarse sus tres golpes diarios, protección ante la intemperie y uno que otro placer.
 
Llámese perro, gato, loro o pato, es la mascota el personaje que más hace que perdamos la poca dignidad que hemos adquirido luego de milenios de civilización. Somos nosotros los regalados para el cumpleaños de la mascota.


Pongamos el caso del perro, la más pop de las mascotas. Motivos de la tenencia: para que cuide la casa, para prevenir infartos, para que se desestrese con nuestra pierna derecha, para que espante los gatos del vecindario, para tener un pretexto de roce social con las vecinas del barrio… o, simplemente, para tener algo aporreable cuando se haga patente nuestra diaria frustración.


Al perro le ponemos nombre, así nos sentimos dominadores de algo; pero el bicho, aquí entre nos, responde a la musicalidad de las vocales, más no a la originalidad de nuestros apelativos. Ya no nos basta con los nombres clásicos (Tony, Cuqui, Pecas, Motas, Nerón). Ahora tenemos que exhibir nuestra inventiva, gritando el mote más original posible, en medio del parque barrial, el mote de nuestro cuadrúpedo amigo (Pérez, Riquimartin, Rolinstón, Terminéitor, F-2). Te sientes el Señor de las Bestias cuando el cachondo chandoso viene a tu encuentro… para, luego, ser la Bestia del Señor cuando extiendes tu mano envuelta en una bolsa que atrapa su caca canina.


Hay que alimentar al perro para que no se muera de hambre, no nos muramos de pena moral, ni tengamos que enterrarlo en el potrero de la esquina. Los concentrados de marca son la opción recomendable por los veterinarios sobornados; pero no hay como el milenario almuerzo personal: huesitos de pollo, caldito de papa, arroz con carne molina, chicle… y hasta trago, cuando despierta nuestro Dr. Mureau interior.


Al perruncho se le enseñan trucos: saludar con la pata derecha, hacerse el muerto en vida, ir por un palito, regresar con un palito así, saltar por encima del lomo del amo (lomo sapiens), montar monociclo, hacer jaque-mate en cuatro jugadas. El bicho los aprende, y nos morimos de felicidad canogógica, a lo Pavlov.
Al perro hay que emparejarlo para que calme la gana, y para multiplicar su especie, tan cuca. Pero, entonces, hay que hallar la perra ideal, que corresponda a su pedigree, que no haga demasiado alboroto, porque donde no lo dejemos montar se nos vuelve neurótico y no hay quién se lo aguante tirándosele a todas las visitas.


Luego el animal se nos envejece y hay que tenerle toda la paciencia: limpiarle todas sus incontinencias, alejarlo de los perros jóvenes que pueden desbaratarlo o sodomizarlo, subirlo cargado por las escaleras y diez cosas más, como cuidar de un abuelito. Para colmo, esta leyenda de que viven la vida al séptuple nos obliga a repasar toda la tabla del siete para hacer cálculos y comparaciones.


Y cuando se muere, ¿quién consuela a todos sus huérfanos humanos en la casa?… ¿Y el entierro? Con lo difícil que es conseguir lote en el cementerio central de mascotas, y lo cansón que es un fantasma de perro ahí ladrando y levitando en la terraza. ¡Ay no! Eso es mucho encarte, demasiada responsabilidad para uno que anda tan ocupado, reconstruyendo telarañas, desarmando cubos de Rubick, grabando capítulos de El Boletín del Consumidor.


Yo no me quiero complicar la vida con seres vivos que me hagan pensar más allá de mis deberes civiles. Tal vez, algún día, me compre una almeja, una ostra o un Tamagutchi sin pilas como para que no digan que no le tengo cariño a la vida ajena.


Tal vez todos nosotros seamos las mascotas del hijo de la mucama de dios, mascotas abandonadas a nuestro libre albedrío, con la esperanza de ser adoptadas por un alma caritativa que nos proteja de la cruda incertidumbre.


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