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PARIR EN CASA

Cartel Urbano
Dígale que siga
Columna de María Antonia León
 
Estoy segura de que si nos lo preguntan, muchos de nosotros quisiéramos morir en nuestra cama, y si lo pensamos seriamente, hubiera sido maravilloso también haber nacido ahí.
 
Dígale que siga
Columna de María Antonia León
 
Estoy segura de que si nos lo preguntan, muchos de nosotros quisiéramos morir en nuestra cama, y si lo pensamos seriamente, hubiera sido maravilloso también haber nacido ahí.
 
Nadie entendía esto mejor que Caroline Lovell, que hacía tres años le solicitaba al gobierno australiano que brindara acompañamiento y financiación a los partos en casa. Pero no sólo no lo logró, sino que murió el 23 de enero en su propio hogar, un día después de dar a luz, allí mismo, a su segundo hijo.
 
La noticia les llega de perlas a los conservadores para los que todo está en manos de Dios o de la ciencia.
 
Para los sensatos, en cambio, resulta desafortunada la muerte de una líder tan inspiradora, y la interpretación que se ha hecho acerca de este acontecimiento. El asunto sigue en investigación, pero hasta ahora se sabe que Lovell murió de un paro cardiaco, que ni en una clínica se hubiera podido evitar.
 
Al igual que el aborto, la eutanasia, el matrimonio gay, el consumo de drogas, y todos los asuntos que tienen que ver con la libertad, el parto en casa resulta intolerable para los gobiernos paternalistas. Para estos no se trata de respetarle a una mujer el derecho de tener a su hijo en su propio entorno, sino de garantizar el correcto funcionamiento de las instituciones, y el sistema de salud es una de ellas.
 
Lo que Lovell le pedía al Estado australiano era reglamentar, financiar y proteger legalmente a las matronas que atienden partos en casa; pero con esta petición desvirtuaba, en cierta forma, el lugar que la ciencia ocupa en nuestras sociedades. La mayoría de nosotros confía más en un médico que en la perfección de la naturaleza. Por eso el parto en casa le resulta a un gobierno como esos, tan inaceptable como la planificación familiar lo es para la Iglesia Católica.
 
Muchos ven como primitivo el hecho de dar a luz en una casa, pero precisamente, un parto es lo más primitivo que hay, tanto que así empezó el mundo y así ha persistido todo el reino animal, incluidos los humanos.
 
Para una pareja con un embarazo de bajo riesgo existen más ventajas tener a su hijo en su propia casa que en un hospital. En la clínica todo es frívolo, rutinario y dirigido, sin mencionar que el sitio está lleno de enfermeras mal pagas y de médicos que no duermen; mientras que en su hogar, la ceremonia puede ser cálida, mística y totalmente humana.
 
Está demostrado que en el hogar el trabajo de parto dura menos. La relajación física y mental de la madre permite que se lleve a cabo un parto natural, sin analgésicos, cesáreas ni episiotomías (los cortes en la vagina).
 
El parto domiciliario es totalmente factible, pero es un lujo. En Colombia este procedimiento no lo cubre el sistema de salud, y sólo existen clínicas privadas que lo incluyen en sus servicios, a un costo que se promedia en un millón de pesos. De otro lado, dar a luz en el hogar conlleva una enorme responsabilidad física y psíquica, y en un amplio porcentaje de casos, la paternidad llega cuando menos se la espera.
 
El parto en casa habla del derecho a humanizar un acto fundamental para los seres humanos: el nacimiento; pero la idea es aparatosa para los gobiernos y sus sistemas de salud, sobre todo ahora que carga con una mala fama luego de que su máxima precursora haya muerto ejerciendo la premisa en la que creía.
 
Mientras el debate avanza lo único cierto es que las mujeres que deseen parir a sus hijos en el lugar en el que viven deberán hacerse responsables, como Lovell, de ejercer una libertad sin asistencia.

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