NUESTRO SEÑOR Y SALVADOR: ANDRÉS CAICEDO
4/Mar/2012

Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
¿Faltan propuestas artísticas en el país? No hay de qué preocuparse. Si no funcionan los carnavales ni las reinvenciones mercantilistas del cine nacional, siempre queda el recurso de fabricar un mito. Es muy simple: un escritor se suicida a los veinticinco años de edad; lo promocionan como genio en cualquiera de los campos donde haya paseado mientras vivió; se miente en general y se omite en particular: el muchacho fue un extraordinario crítico de cine, un melómano excelso, el primer narrador "urbano" de este país; se concluye con alguna payasada propia de revista farandulera: este niño prodigio, este ángel oscuro, etcétera, partió en dos la literatura colombiana o, si se quieren más clientes, la "cultura colombiana". Una vez armado el mito hay que difundirlo como un rumor y ojalá presentarlo con detalles grotescos, el número de clínicas psiquiátricas donde lo internaron, la cantidad exacta de seconales digeridos a la hora de matarse.
Eso vende. Y vende sin pereza, hasta nutrir no sólo a la familia del difunto. También a sus amigos, a quienes lo conocieron de pasada y al club de fans más sagaces (siempre dispuestos a comer del muerto).
El mito se llama Andrés Caicedo y sus propagadores cumplen ya más de tres décadas convenciendo, a propios y extraños, de los milagros o virtudes del suicida. Hay que reconocer la capacidad de convocatoria del propio Caicedo. La idea superficial de un individuo que se niega a envejecer, y enjuicia en sus relatos los dogmatismos de izquierdas y derechas; el amor desbordado por el cine, la música, la autodestrucción desde una Cali desaparecida; unido todo esto a su estampa de niño indefenso y tartamudo (detalles seductores para el público femenino) lo convierten en un ícono hechizante. Es difícil controvertirlo, además, por su habilidad para calar en lectores jóvenes, quienes endiosan de prisa lo que sea, sin dejar espacios para el debate o la refutación.
Durante la última década el blindaje para Caicedo se ha fortalecido. Dejó de ser el escritor del culto secreto en Bogotá o en Cali. Alberto Fuguet lo dio a conocer en el Cono Sur y de ahí el mito está empezando a cundir por Hispanoamérica. No extrañaría hallar caicedianos (o caicedófagos, como le hubiera gustado al propio Andrés) en Perú, en México. Lo tradujeron al inglés, lo están traduciendo al francés. La bibliofilmografía en torno a su pequeña obra y a su figura es cuantiosa y va en aumento. Cuando menos lo pensemos existirá un Movimiento Mundial Andrés Caicedo. Reúne las condiciones completas para ser una multinacional y una marca comercial. Raro que no lo hayan convertido en algo parecido. Pero falta poco.
El autor de "Calicalabozo" cumplió su cometido. Legó una obra antes de eliminarse. Sin embargo, sus cuentos, novelas y textos varios no son tan grandes ni tan imprescindibles como han querido hacernos creer. La magnificencia del ídolo fabricado por nuestra pobre cultura literaria nubla evidencias más claras: es sólo la obra de un joven, sin duda perfectible y cuestionable. En vez de encumbrarlo deberían leerlo con atención. Era lo que pedía el propio Caicedo, un "lector aguzado". Nada más.
No obstante, estamos en el país de la aberración y el proceso por el cual canonizan al indefenso Andrés Caicedo Estela avanza a grandes pasos. El mismo Establecimiento contra el que luchó se apropia de su memoria y lo transforma en pieza de museo, exhibiendo sus manuscritos originales, vendiéndolo como un loquito medio hippie que veía mucho cine. Ya es "persona mayor, hombre respetable", amansado y consumible, ante aplausos indolentes de fanáticos y herederos intelectuales. Justo lo último que Caicedo quería. La pobre oferta cultural colombiana termina siempre domesticando a sus contradictores, sacándoles jugo, sin importar si están vivos o muertos.
Si se respetaran y conocieran a cabalidad al personaje y a sus escritos, sería fácil concluir que tanta alharaca ni siquiera tiene fondo. Es puro turismo, pura idolatría a unos textos inmaduros y a su redactor, el "Rey del Despecho" como lo llamó alguna vez, con razón, Alberto Aguirre. Pero el escándalo y los detalles picantes pesan más. El suicida está llegando a los altares del cielo, guste o no, aunque sin méritos. Al estilo colombiano.