NAPOLEÓN Y LAS ZANCUDAS
27/Ene/2012

Cambié de opinión
Columna de Rafael López
Los zancudos, contrario a lo que la mayoría cree, no se alimentan de sangre sino de jugo de frutas, son las hembras las que se alimentan de chupar sangre. De este comportamiento insectofemenino, lo que realmente odio es cuando en medio de la noche, tienen el coqueto detalle de picarme los pies. Pocas cosas hay tan odiosas. Uno no puede rascarse bien con el otro pie, Dios sabe que lo he intentado, lo que inevitablemente obliga a doblarse y enrollarse para alcanzar a rascarse con las manos, haciendo imposible seguir durmiendo. –Ay, pero no todas somos así– dirá alguna. Claro que no, hay otras peores, que te pican en el párpado y al otro día amaneces con el ojo hinchado y la cara deforme como Cuasimodo.
Ahora bien, son también las hembras las que producen ese incómodo zumbido en medio de la noche. Pinches viejas, ahí están pintadas. No contentas con chuparnos la sangre tienen que venir a zumbarnos al oído.
De todo el arsenal con el que las mujeres se han armado para interactuar con nosotros en la guerra de los sexos, el arma a la que más temo es la cantaleta. Un hombre enfrentado al flujo de palabras incontenible que es una mujer dando cantaleta está absolutamente indefenso. No tenemos ninguna oportunidad, porque las mujeres nos superan por mucho en materia de vocabulario y capacidad discursiva. Pero sobre todo, porque cuando están dando lora las mujeres dejan de respetar el principio de no contradicción y empiezan a funcionar con lógica paraconsistente, por lo que pueden afirmar ‘p’ y ‘no p’ al mismo tiempo y en el mismo sentido sin contradecirse.
Todos, hombres y mujeres, hemos vivido alguna vez la experiencia de recibir, bien sea de parte de la mamá o de la esposa, un cantaletazo. Ese taladro de palabras que perfora los oídos hasta aplastar el amor propio y reducir la voluntad. Estarán de acuerdo conmigo en que es una experiencia desagradable que raya en lo insoportable, cuya peor característica es que nunca se sabe cuánto va a durar.
Es tal el poder de la cantaleta, que estoy convencido de que los agentes de tránsito deberían ser solo mujeres. Eso sí, que ya tengan experiencia dando lora, por lo que no se aceptarían jóvenes solteras, sino solo viejas casadas y con hijos. No serían Agentes de Policía, sino Señoras Policías y cuando lo cojan a uno cometiendo una infracción, en lugar de ponerle una multa, lo sientan y le sueltan un tremendo vaciadón, que uno por ley tendría que escuchar completo. Por ley, también, estaría prohibido rezongar en ese momento y debería contestar constantemente –Sí Señora Policía, sí Señora Policía. Con que a usted lo cantaleteen unas tres veces ya no lo vuelve a hacer.
Cualquiera que deba soportar una regañina femenina es objeto de mi completa conmiseración, por eso el hombre al que más compadezco es el marido de la radio operadora de los taxis. ¿Usted se imagina a esa vieja dando lora? ¿Han pensado en el temor con el que debe vivir el hombre? Ese pobre tipo tiene que andar finito finito, porque si no, se le viene una cantaleta de ligas mayores. William Vinasco es un principiante, un triste gago al lado de una radio operadora, capaz de desarrollar un maltrato verbal a una velocidad y potencia aterradoras. Si a mí me ponen a escoger entre aguantarme el vaciadón de una radio operadora o que Mike Tyson me coja a cachetadas, yo escojo las cachetadas.
Pero tranquilos amigos, que les tengo una solución, un arma lógica para huir del dispar encuentro contra una mujer dando lora. La cosa es así, cuando usted vea que la situación es inevitable y que una cantaleta viene en curso hay que meterle más leña a la candela. Avivar el fuego para que el flujo de palabras salga de control. Cuando la tensión esté bien alta y los ánimos volátiles, cuando ella responda sin un instante de duda a sus torpes intentos de defenderse, usted acusará a su pareja con la siguiente afirmación:
-Ah, es que usté siempre me lleva la contraria.
A lo que ella en el fragor de la discusión contestará con un inmediato:
-Eso no es verdad.
-¿Sí ve? –Y ahí usted se da la vuelta y se aleja del lugar sin mirar atrás.
Me despido con una frase del grande, aunque petiso, Napoleón Bonaparte, que resume lo que intento decir: "Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo".