MORIR EN BOGOTÁ

Piense en esto: su mandíbula empieza a hormiguear, su brazo izquierdo a dormirse y un dolor crece en su pecho. Según lo leído, estos son los síntomas de un ataque cardíaco. Sabe que tiene algo de tiempo para llegar al hospital, si respira, se calma y toma una de sus pastillas de nitroglicerina. Va al botiquín, entonces, y, cuando está por tomársela, el reloj le recuerda que es hora pico en su ciudad. El tarro cae de sus manos y se estrella en el suelo. No hay forma de que logre llegar a ninguna parte en menos de media hora y lo sabe. Una ambulancia se tomaría el doble. Tratándose de Bogotá, en hora pico, es hombre muerto. Mientras camina hacia la ventana, el ataque se sobreviene y cae de rodillas, perdiendo el aire y, aferrado a su pecho con una mano y a la cortina, con la otra, al final, usted se desploma de costado, mirando los autos que afuera pitan y pitan sin poder avanzar…
Morir en Bogotá es una última afrenta, para muchos. No un adiós de viejos compañeros, sino una ofensa más de la ciudad, su bofetada final. Una experiencia más cercana a ser echado a empujones que a un abrazo de “buena suerte” o, en este caso, “buena muerte”. La capital es, para muchos, una última patada en el culo.
Las cifras nos muestran que la enfermedad que más víctimas cobra en la capital es la “Plomonía”, como la llama el experto entrevistado. Así es: la mayor causa de muerte en Bogotá es el asesinato a bala. Tras esto, las cifras de apuñalados, estrangulados, quemados, torturados o aporreados hasta la muerte son un ejemplo de las maneras clásicas de partir de los bogotanos, sobre todo en sectores segregados, donde la primera muerte es el olvido general. El asesinato nos define, entonces, en la salida. El asesinato casi gratuito, además; por un celular, un ataque de celos o, por ejemplo, el de un desplazado que ante el hambre de su familia y la apatía general, decide matar a los suyos a machetazos y terminarse de la misma forma. Esto es lo que nos regalan las noticias diarias con las que nos levantamos, almorzamos y nos vamos a dormir.
Alrededor de otras esferas bogotanas, la muerte ronda en forma de accidente de transito y, luego, de accidente cardiovascular. La mayoría de sobrevivientes a un ataque de cualquier tipo, eso sí, tendrán que sufrir, además, la agresión inhumana de la negligencia con la que van a ser atendidos. Por esta negligencia, las empresas encargadas de la salud en la capital también deberían encabezar la lista de asesinos más buscados.
Esta ciudad es ya una suerte de muerte, para muchos, pues vivir es un lujo para la mayoría y sobrevivir a las afrontas de la urbe, poder seguir vivo a pesar de ellas, es la regla. Cuarenta años de guerra civil no declarada han alimentado, también, nuestra mirada apática frente al deceso ajeno. Por todo esto, quizás, la muerte es aquí una cuestión tan anodina, tan irrespetada como el resto de procesos de nuestra vida en general.
Tras ser despachado de la forma que le espere, cuando sus familiares estén saliendo del funeral, tendrán que vérselas con la ciudad, otra vez, y usted, como muchos capitalinos, deberá esperar, una última vez, junto con todos sus familiares, una hora o dos, para poder llegar al lugar en las afueras de la capital donde deben enterrar o cremar su cuerpo. Un trancón final hasta la tumba. Para muchos, esto es morir en Bogotá.