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METALEROS UNIDOS POR EL AMOR DE DIOS

Cartel Urbano

Otro payaso en la lavadora
Columna de Daniel Bonilla
 
No hace mucho estuve recordando mis años de adolescente, ese momento confuso de la vida, lleno de preguntas y de revolucionarios gustos musicales. Lo de revolucionarios es demasiado, por aquel entonces no tenía la más remota idea de qué quería hacer con mi vida (no sé si todavía la tenga), pero en mi ingenuidad juvenil creía que cierta música con la cual podía identificarme era mi manera de gritarle al mundo lo que padres, colegio, religión y sociedad, me obligaban a callar. Mi personal acceso al camino, la verdad y la vida. Tanto así que empecé a vestir de negro, dejé crecer mi pelo y mi actitud hacia otros se tornó agresiva. De esa época sobrevive también un canon personal de himnos fundacionales.
 
En su momento aquello resultó seductor, tenía la posibilidad de desafiar toda autoridad y afianzarme como individuo diferenciado de todo lo que significara opresión y anulación de mi libertad. Bajo el amparo de la música distorsionada, accedí a libros prohibidos, bebí cerveza y transité las calles a altas horas de la noche. Todo porque hacía parte de cofradías rebosantes de camaradería y armonía, viviendo una comunión con otros que, como yo, andaban en su búsqueda particular por identificaciones salvadoras.
 
La cosa iba a bien hasta que un buen día, ya casi adulto, y en la actitud intelectualoide de alguien que ingresa a la universidad a cursar una disciplina humanística, intenté dotar de carácter académico mi afición, y asumir como poéticas unas letras que cantaban la muerte, alababan demonios, favorecían el levantamiento popular, y aludían a un pasado mitológico, mágico y perdido para siempre. Era lo máximo la disquisición (o inquisición) erudita en pro de compartir el mensaje para así atraer nuevos seguidores que engrosaran las filas de esta gran familia universal.
 
Pronto me di cuenta que mi discurso intentaba anular otras diferentes formas de percibir el mundo y mi universo particular se estaba convirtiendo en una burbuja gigantesca habitada por dignos fieles de un ejército fundamentalista. Y entonces la revelación: esa música se había convertido en algo sagrado y en cuanto tal, oficialista, dando al traste con todo aquello que siempre creí que combatiría. Me sentí estafado desde entonces.
 
No tengo ni idea en qué punto todo se torció, lo cierto es que tras la caída del altísimo, mis estimados colegas melenudos se encargaron de edificar un panteón para rendir culto y adoración a todos aquellos artífices de la velocidad y la pesadez, dueños de la verdad revelada de la nueva religión. Por supuesto, culto y templos se edificaron alrededor del mundo, pulularon festivales, se vendieron ediciones de colección y MTV copó su franja nocturna con alusiones al infierno y la destrucción.
 
No sé cuántas veces fui testigo de consignas contra la religión en boca de mis oscuros amigos, pero es inevitable pensar en lo paradójico de esas afirmaciones, porque a pesar de toda la actitud contestataria hacia los cultos, veo en los metaleros otra forma del fanatismo, construido sobre un sistema de símbolos acogidos con fe ciega que no suelen ponerse en duda. He ido a no pocos conciertos y no veo diferencia alguna entre la ceremonia litúrgica oficiada por un sacerdote, representante de dios para una comunidad de creyentes, y el ritual masivo de adoración al ídolo subido en la tarima. No hay duda, también los metaleros más satánicos están buscando su líder, su guía espiritual, su norte para encontrar la salvación y, qué ironía, la única herramienta que tienen a mano es aquella que hizo posible al dios de sus ancestros: la necesidad de representar simbólicamente un padre que ordene, guíe, imponga y castigue.
 
Debo reconocer que nunca había visto una tan bien edificada, con creyentes tan leales y sobre todo, tan conservadora, como la iglesia del metal, y la razón es que ninguno cree que pertenece a ella. Todos están afirmándose como únicos, diferentes y libres, al lado de otros cien millones que se ven y actúan parecido y que resultan hablando un mismo idioma de idolatría.
 
No sé, metaleros del mundo, si ya están preparados para el advenimiento glorioso del nuevo mesías, no sé si sobre las ruinas del mundo se levante el anticristo y venga a rociarlos con azufre y castigarlos hasta el cansancio, y ustedes estén felices preparando día a día la fiesta apocalíptica que se avecina. Yo, por lo pronto encenderé mi reproductor, escogeré el disco con las voces guturales más fuertes que encuentre y roguaré para que todos ustedes sigan unidos por el amor de dios.

 

 

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