MADRES QUE MATAN
26/Abr/2012

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza
La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza
Una mujer, por medio de la comida, envenena gradualmente a su bebé. Le suministra fármacos. Lo somete a cambios radicales de temperatura. Por unos segundos, lo priva de oxígeno con una almohada. Lo golpea. Desea llamar la atención de los médicos. El padre del niño abusado no sospecha que la culpable de este infierno es su pareja. Tarde o temprano el pequeño morirá como consecuencia del aterrador proceso. A este tipo de caso se le denomina síndrome de Munchausen por poder (SMPP). Aunque el fenómeno esté tipificado por la psiquiatría como un desorden de personalidad, implica también un tipo de acto criminal que pone en crisis el principio evolutivo por excelencia –la protección de la propia especie- y que demuestra que los humanos somos aún más complejos y peligrosos de lo que podemos imaginar.
El término "síndrome de Munchausen", que retoma el nombre de un ilustre barón del siglo XVII, famoso por su habilidad para exagerar y mentir sobre sus hazañas militares (inmortalizado literariamente por Rudolf Erich Raspe en 1875, en Las aventuras del barón Munchausen, libro adaptado al cine por Terry Gilliam en 1988), fue utilizado inicialmente para describir situaciones en las cuales los pacientes simulan y/o falsifican sus propios síntomas: fingen estar enfermos. En el síndrome de Munchausen por poder un padre simula o provoca una enfermedad real en sus propios hijos o en niños a su cargo. Puede fabricar una historia médica, desencadenar síntomas físicos e incluso alterar muestras de laboratorio. La enfermedad causada, convertida en real por el continuo abuso, puede desembocar en el fallecimiento de la víctima.
El agresor, por lo general la madre, se presenta como alguien muy preocupado por la salud de su hijo. Sin embargo su lenguaje la delata: está más interesada por los detalles y los temas relacionados con la enfermedad del niño que por su condición. Las madres que sufren de este trastorno suelen poseer conocimientos médicos empíricos que les permiten opinar sobre el cuadro clínico de sus hijos. Su interés principal va dirigido a la relación que despierta en el equipo de salud del centro médico al que ha acudido. El objetivo final de la agresora implica convertirse en el centro de interés de la situación; su perverso mecanismo se reduce a sentirse una buena madre en el momento mismo en el que maltrata a su hijo.
Las mujeres con SMPP presentan rasgos paranoicos, agresividad, depresión constante, y antecedentes de abuso de sustancias, y por supuesto han evidenciado en el pasado su propio Munchausen. Culpan al sistema médico por la ineptitud para criar a sus hijos; se presentan como las verdaderas víctimas de la situación. Incluso resultan vinculadas a centros médicos o de ayuda. Un caso particular que escandalizó a Estados Unidos, fue el de una mujer que gracias a su compromiso y dedicación en la ayuda de niños enfermos, recibió un galardón de manos de la entonces Primera Dama Hillary Clinton. Pronto se descubrió que los desgarbados niños a cargo de tan "heroica" señora no mejoraban nunca debido al maltrato médico al que ella los sometía.
Los médicos de los centros hospitalarios, con su sobredemanda de pacientes, turnos agobiantes, etc. (en Colombia de seguro peor), ocupados en establecer un diagnóstico apropiado, suelen desconocer que muchos de los niños enfermos que atienden son víctimas de tan nefasto y raro síndrome. Las estadísticas y los estudios lo señalan como un problema generalizado, presente en diversas partes del mundo. En nuestro país se suma a otra forma más de maltrato infantil. Algunos estudios refieren que la tasa de mortalidad del SMPP llega al 90%.
Situaciones donde las madres se vuelven contra sus propios hijos, nos llevan a pensar que nuestra capacidad de crueldad no se limita o un desajuste psíquico y no se debe a un comportamiento regresivo o instintivo. Precisamente nuestra diferencia evolutiva radica en que somos seres capaces de disfrutar de su propia naturaleza; incluso en el territorio del sufrimiento –no solo en el del placer- consideramos a nuestro propio dolor como algo mucho más importante que cualquier otro evento del mundo. Bien lo señalaba el director de cine Mel Brooks: "cuando alguien se cae en mitad de la calle, comedia; cuando yo me lastimo un dedo, tragedia".
Ante los casos de madres que matan, resta preguntarse: ¿cuántas veces hemos abusado, "enfermado" a aquellos que nos rodean para simular nuestra propia vulnerabilidad y reclamar así el interés de todo el universo?, ¿de cuáles patéticos actos somos capaces para conseguir llamar la atención de los demás?