LOS RICOS SON TACAÑOS POR NATURALEZA
26/Jun/2012

Cinestimulante
Por Diego González Cruz
¿No le ha pasado a usted que va en un bus y de repente un indigente se salta la registradora y sin permiso del conductor le exige dinero a cambio de no robarlo? ¿O que está almorzando en un restaurante cuando de pronto irrumpe un desplazado pidiendo limosna?
Cinestimulante
Por Diego González Cruz
¿No le ha pasado a usted que va en un bus y de repente un indigente se salta la registradora y sin permiso del conductor le exige dinero a cambio de no robarlo? ¿O que está almorzando en un restaurante cuando de pronto irrumpe un desplazado pidiendo limosna?
No sé a ustedes, pero yo, a fuerza de ser abordado por un mendigo en cada establecimiento, calle o buseta de transporte público, me siento vacunado por vivir en un país con una brecha tan grande entre ricos y pobres. Según el DANE, de los más de 43 millones de habitantes que tiene Colombia, casi 20 millones son pobres y 7,1 millones son indigentes, es decir, que 27,1 millones de colombianos (correspondientes al 63% de la población) apenas consiguen sobrevivir.
A veces no dejo de pensar por qué somos siempre los ciudadanos de a pie quienes tenemos que pagar por la desigualdad en la distribución de los ingresos en Colombia.
Basta con ver a la gente en una hora pico abriéndose paso a empujones y codazos con tal de ingresar a un vagón de TransMilenio lleno hasta las tetas para darse cuenta de que los pobres ya la tienen demasiado dura, como para sumarles a su desgracia el hambre del limosnero, el desempleo del artista del hambre, las ganas de salir del atolladero del vendedor de dulces, la injusticia de la que es víctima el campesino desplazado y las angustias del padre que, con fórmula médica en mano, pide plata para comprarle un remedio a su hijo enfermo.
A veces me pregunto por qué los indigentes en vez de importunar a los ciudadanos de a pie pidiéndoles una limosna no se dedican a llamar la atención de los más poderosos.
Pero el rico es tacaño por naturaleza y sus acciones filantrópicas no son más que jugadas calculadas para evadir impuestos o maquillar su absurda riqueza.
Basta con ver en un semáforo en rojo la cara que pone el conductor de un BMW cuando el saltimbanqui termina su número y se le acerca con gorra en mano a pedirle una colaboración. De inmediato sube los vidrios y mira el semáforo como rogando que cambie rápido a verde.
Que una persona pueda tener varias propiedades, tres carros aparcados en el garaje y miles de millones de pesos guardados en el banco, es muestra de que el sistema está mal.
Siempre he creído que admirar a una persona porque tiene plata es síntoma de inferioridad e ignorancia. Y me atrevo a decir que sólo quien conoce la pobreza tiene el don de la bondad.
En una ciudad plagada de mendigos, lo mejor es guardar la limosna y a final de cada año darse un paseo en nombre de todos los que nunca sabrán lo que son unas vacaciones junto al mar.