LOS HORROROSOS CONVERSE

La naturaleza dotó el final de nuestras piernas con una serie de huesos, tendones, uñas y piel que formaron el apéndice digno de fetiche que llamamos pies.
No habría razón para dañarlos, aunque con la evolución en vestuario y calzado, estas piezas claves del cuerpo humano han sufrido algunas modificaciones y cambios.
Hay uno en particular que me perturba y me lleva a mi punto principal, los pies de pato. Esos que solo te dan los Converse. Esos horrorosos tenis que desde comienzos del siglo pasado aterrorizan las urbes en los pies de jóvenes, (y no tan jóvenes), de todo el mundo. En su manifestación más fatídica, niñas de pelo partido de medio lado y pantalones de colores que logran perfectamente el cometido de hacerlas ver como patos.
Estos zapatos, diseñados inicialmente para basquetbolistas, es decir atletas de proporciones alargadas, no debieron nunca dejar las canchas. Particularmente en nuestra figura latina, pequeña y curvilínea, logran cambiar la silueta achantándola y cortándola, haciendo que caigamos perfectamente en la descripción de “chichón de piso”. Sus suelas planas, frente redondo y cordones imposibles no ayudan a agraciar a nadie, además caminar en ellos resulta más tortuoso que caminar descalzo y si se tiene la desgracia de llevarlos en un día lluvioso el pie se convierte en un fango incomodo y pesado, agobiado por el mal olor.
No habiendo sido otorgada el privilegio de la estatura he sido fanática de los tacones en todas sus formas, pero comprendo que no son para todas ni aplican a todas las ocasiones y aunque mi guardarropa no cuenta con un solo par de tenis (ni para ir al gimnasio), he variado en otros modelos con unos centímetros menos y un poco mas de comodidad.
Sin embargo, este popular modelo que es un ícono de la moda y ha permanecido invariable a través de su evolución, nunca ha podido tentarme. Cada vez me desagrada más y resiento sus increíbles alcances.
Cada día son más reconocidos y apreciados por las emergentes tribus urbanas y sospecho que soy la única persona en la tierra que detesta ese odioso bicolor que, de lejos, para mi puede ser de las peores invenciones en vestuario.
Creo que no tengo más remedio que aceptarlos, sonreír con disgusto a mis amigas y sus nuevas adquisiciones y aceptar que por más que los odie, ellos nunca se irán. Es probable además que la vida me castigue con un novio que solo utilice el desagradable modelito y que si tengo hijas me pidan en cada navidad y cumpleaños un par. Qué pensamiento aterrador.
Por ahora sólo puedo pensar que, a la vista de una calamidad o un evento para mí no imaginado deberé exclamar, “¡A mí, que me encuentren muerta en Converse!