LEA LIBROS: ¡ES UNA ORDEN!
5/Feb/2012

Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez
El amado e intocable gobierno de la Prosperidad no descansa en sus intentos de seguir siendo el chico más popular. Su nueva pirueta sirve como demostración de la ambigüedad y la falta de luces que lo caracterizan. Por decreto y con plata en mano –para que le crean– impone la lectura de libros en todos los colegios oficiales del país. Digno hijo de la casa editorial que imparte órdenes a sus lectores y les da trato de minusválidos mentales, el presidente manda a los niños y jóvenes de Colombia: "Deben leer". Las turbas, babeantes, relajadas, responden con aplausos a la iniciativa. ¿Quién podría oponerse a que desembarquen montones de libros en los planteles educativos; quién osaría criticar semejante buena intención del gobernante y de los iluminados que lo acompañan?
Sin embargo, tras observarla con cuidado, esta medida parece una broma. Se supone que, gracias a ella, los alumnos de esas instituciones a las cuales se dotará con libros como buenos aprendices de Ciudadano se sentarán, por arte de magia, a leerlos. La dirigencia política de la república imagina que repartir volúmenes es igual a dar mercados o subsidios. Y quizás se equivoca. Por múltiples razones.
Ofrecer libros a sociedades que desconocen o desprecian el valor civilizatorio de la palabra escrita y leída es una irresponsabilidad. Los recibirán, les construirán sus altares de manera que pueda rendírseles tributo y adoración verbales (fácil imaginar a profesores y rectores replicantes de la ordenanza del presidente: "leer es importante", "deben leer") y después los abandonarán a su suerte en depósitos (o bibliotecas escolares, no hay diferencia). Continuarán con sus habituales pedagogías opresivas, su estilo educativo basado en la zanahoria y el garrote, el premio y el castigo. Han vivido cómodos sin libros, no los han necesitado. Y sin libros vivirán, en idéntica somnolencia, aunque se los regalen o les ordenen el sagrado deber de la lectura. En una cultura tan peculiar como la nuestra la lectura es un arte que exige cierto refinamiento. Es un privilegio, una práctica que requiere gratuidad y liberalidad, valores aún desconocidos para nosotros. La lectura no puede democratizarse de buenas a primeras porque aquí, para bien o mal, ha sido patrimonio de minorías. No debe olvidarse, además, al sinnúmero de colombianos enseñados a sobrevivir sin libros, y esto no los convierte en seres inferiores ni despreciables. Ocioso (en realidad da tristeza) agregar que la lectura y la escritura abarcan no sólo a los libros; el mundo cambió, ya no estamos en el siglo Diecinueve.
Proseguirán las ovaciones y elogios al presidente. Los cargamentos de libros llegarán a sus destinos, donde les brindarán santa sepultura. Dos o tres golondrinas convertirán a los libros en su arma de combate. Y nada más. Todo este desperdicio propio de feria remite a un texto del olvidado Anatole France en el que se ordenaba por decreto comer cuando se tuviese hambre o dormir cuando se tuviera sueño, aunque alimentarse significara escarbar en canecas de basura o pernoctar implicara hacerlo debajo de un puente. Así mismo, algo de Calila y Dimna hay en esa repartija de libros: las aves pretenden enseñarles a volar a los conejos, también por decreto gubernamental y sin medir causas ni consecuencias. Un hedor a reelección presidencial, rancio, empieza a sentirse por Calles y casas, es decir entre los escombros.