¿LA TELEVISIÓN QUE MERECEMOS?
17/Sep/2012

En la otra esquina
Por Harvey Murcia
En la otra esquina
Por Harvey Murcia
Sentado frente a la pantalla de mi televisor he seguido de cerca los eventos que han estado sucediendo en estos tiempos. El temita de José Obdulio y sus alcances de profeta de indio amazónico; los exabruptos mediáticos que exacerban el ambiente de un aire futbolístico que se vuelve la panacea para esta humilde tierrita.
He seguido de cerca algunos programas más con curiosidad y desprendimiento que otra cosa. He seguido otros tantos que han llegado gracias a las redes sociales. Me enteré por ejemplo que en un canal internacional estaban pasando un especial de cine colombiano gracias a un msm. Fue grato ver cómo los jóvenes directores y realizadores se están dando a conocer de una manera más imperiosa en festivales como Cannes, San Sebastián o Bierritz, por filmes como la Sirga, Chocó, Sofía y el Terco, entre otros.
En un canal de música me detuve, gracias a un tweet, no sólo para contemplar la onírica letra de Dylan, sus sonidos inmodestos y propios de la genialidad, sino para escuchar la entrevista que concedió a la revista Stone en la que mandó al “infierno” a sus críticos por las acusaciones e incomprensiones hacia su nuevo disco. Seguí de cerca las inmersiones en el Lago de Montaña que revelaron la magia de un mundo sumergido por las aguas del pasado; bosques acuáticos y estructuras submarinas esconden la mejor de las historias, “mundo mágico e inédito para la maravilla”.
People me sorprendió con un clip en el que contaban cómo Larry Wachowski, director de Matrix, anunciaba su cambio de sexo; y en Films and Arts me delité con una entrevista que realizaron a Led Zeppelin. En HBO disfruté de una película latinoamericana que contaba la vida del sur, la mirada del norte y la exclusión en medio de las falsas bonanzas económicas. En WB me divertí, como era de esperarse, con algunos seriados.
En medio de este revuelto de imágenes, mareado y extasiado, mi cuerpo se descontroló y en una especie de acto reflejo mi dedo índice presionó el botón equivocado; de momento en la pantalla de mi tele, la decadencia narrativa apareció. Programas que promueven la mediocridad, el amarillismo y que niegan la realidad nacional hicieron su aparición.
Me sentí preso en una suerte de cárcel audiovisual en la que ya se conoce el menú del día y de la que no se puede salir; en estos programas la sorpresa es el mejor sacrificio para conectar a una audiencia que no existe, que no se cuenta. Seguía en medio de un mar de imágenes inconexas que se asemejaban a un discurso sicótico, (hablan y hablan y no dicen nada), boquiabierto, medio impávido por sus narraciones, sus comerciales, sus porno-info-promo-depor-dramas que intoxican, asfixian y apaciguan.
En medio de esta abstracción, mi teléfono vibró. Me sacó del hipnotismo en el que me encontraba. Un texto me invitaba a votar por el cuarto seleccionado de un reality. En esto, ya había empezado la telenovela. Ya estaba intoxicado de un país que no se cuenta desde la tele y sólo me puede preguntar en un corte a comercial: ¿Esta es la televisión que merecemos?
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