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LA HISTORIA, ESA BONITA FICCIÓN

Cartel Urbano
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
A propósito del fallecimiento reciente del británico Eric Hobsbawm, uno de los más reputados historiadores del mundo, es inevitable referir algunas reflexiones acerca de esta disciplina, fascinante por donde se le mire, pero, a un mismo tiempo, enigmática y maleable por cuanto constituye el ejercicio de revisar las acciones en el tiempo que han determinado cambios sustanciales en las mentalidades de las sociedades en diversas épocas, pero también vehículo de ideologías e intereses políticos de uno u otro bando.

No deja de llamar la atención el hecho curioso de que Hobsbawm haya sido objeto de una alteración de su nombre. Por un error del funcionario de turno, su apellido paterno mutó de su escritura original, Hobsbaum, a la que le conocemos. Su historia personal quedó, metafóricamente hablando, oculta. El azar rige el destino de los hombres, y toda forma de aprehender eso azaroso de la experiencia humana está más cerca de erigirse como una ficción.

Decía el escritor, también británico aunque nacido en la India, George Orwell: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”, una sentencia tan veraz como contundente en tanto que por muchos años los detentadores de poderes absolutistas encontraron que la manipulación de la memoria de los pueblos era una de las armas más poderosas para controlar sociedades enteras.

Para la muestra solamente habría que devolverse un poco en el tiempo y recordar los ejemplos de Hitler y Stalin, quienes, tal vez, libraron sus guerras no en sus respectivos presentes sino justamente en ese otro campo de batalla: el pasado. Curiosamente fue la novela Rebelión en la granja de Orwell, una ficción, la que supo dejar al descubierto, por vía de una alegoría política, los mecanismos por medio de los cuales regímenes totalitarios eran capaces de subvertir el pasado para entregarlo filtrado a una sociedad de tal manera que justificara acciones de Estado, movilizaciones y sentimientos nacionales.  

Pero intentemos ir más allá. En cuanto la memoria no es un ente abstracto sino que necesita de su registro –la palabra en sí misma es ya una forma de registrarla–, los objetos que culturalmente han sido depositarios de memoria (libros, periódicos, grabaciones de audio o video) son, en sí mismos, objetos manipulables. Recordemos películas como Cortina de humo de Barry Levinson y Memento de Christopher Nolan, ejemplos tangibles –también ficciones– de cómo es posible, por diversas vías, agregar elementos nuevos al pasado, manipular la memoria y alterar considerablemente nuestra impresión del curso del tiempo.

El pasado no es estático, siempre podrá ser transformado. A pesar de que aquellos hechos acaecidos en tal o cual época solamente hayan podido ocurrir de una única forma, no tenemos más recursos para acercarnos a ellos que por medio de relatos y registros documentales, y toda forma de registro es ya una manipulación. No tenemos acceso al pasado ya perdido para siempre, tenemos acceso a sus relatos e interpretaciones en la voz de otros. Algunos de ellos, autorizándose a sí mismos para hacerlo y desautorizando a otros, que muchas veces han terminado siendo silenciados. Colombia es un ejemplo vivo de ello. Nuestro pasado está repleto de hechos desdibujados porque es preferible esconder el horror que soportarlo. Nuestros gobernantes lo han sabido y por eso han actuado en conveniencia. 

El estudio objetivo de la historia es una ilusión. La historia es un saber incompleto. No tenemos más remedio que acoger las versiones que de ella nos llegan, con el agravante de que siempre una versión de un hecho implica necesariamente algún grado de falsación, por mínimo que sea. La verdad de la historia es la verdad del mito. Leer el pasado es leer sus huellas y toda huella es un indicio, no una certeza.

Y tal vez por eso, nuestra época es particularmente especial porque se han desestimado las versiones oficiales de la historia y se ha dado paso a una multiplicidad de voces que, tras el acceso a las herramientas de comunicación que ha generado Internet, también han incorporado sus propias versiones. Paradójicamente, en este océano de información, la historia no tiene más remedio que relatarse de manera fragmentada, discontinua, pero solo así la manipulación por los entes de poder resultará menos efectiva.



 
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