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LA HERENCIA DE LA NARCO ESTÉTICA

Cartel Urbano
En la otra esquina
Por Harvey Murcia
 
En la otra esquina
Por Harvey Murcia
 

El asombro elabora utopías culturales con las que se debería demandar un planeta más justo; es la raíz que permite que nos podamos seguir indignando. El asombro tiene sus propios detonantes: los medios. Cada hojeada a las revistas, cada voz que resuena desde el aparatito hertziano, cada imaginen en movimiento, cada conversación, no hace otra cosa más que asombrar.

Noticias, volúmenes de información que conectan nuestra mirada con la desesperanza, con la idea de que el mundo no será mejor, inundan nuestros días. Los tecnócratas vinculan la vida a un second life (que debería ser habitado por los políticos) bajo la consigna de una experiencia que desbordará lo que se conoce en este mundo como felicidad. La farándula criolla reafirma esta idea.

¿Por qué pensar en esa relación medios-felicidad? ¿Qué pasa cuando somos infiltrados por las experiencias mediáticas que superponen de manera psicodélica la vida? ¿Qué se busca representar desde las lógicas audiovisuales?   Estás preguntas que parecen acartonadas y aburridas, son en última instancia, el resultado de mantener la indignación. Digo indignación como metodología del asombro, del no poder salir de la encrucijada en la que nos encontramos.

Si se quisiera pensar bajo esta lógica, cuál es la herencia que nos ha dejado el narcotráfico y que se cuenta desde los medios, se podría responder de manera inmediata: su estética. Esa misma que obliga a dar por hecho que todo es comprable y vendible, que las personas tienen un precio. Que la realidad del mundo está mediada por cuánto estás dispuesto a cobrar. Berlusconi lo sabe; el general Noriega lo sabía, Galán lo sabía, Jaime Garzón lo sabía. Desde esta economía nos recuerdan que pensar en voz alta no está permitido.

La estética narco pasa por el exceso. Exceso en fiestas que duran semanas, con trago y drogas en exceso. Con músicas en exceso. Cuerpos cada vez más voluminosos con menos que decir, en exceso. Sus infiltraciones cambiaron nuestra idea de resolución de conflicto, todo debe ser resuelto a través de la violencia en exceso, como no lo recordó un expresidente “dándole en la cara, marica”; esta estética filosófica nos pegó con “perder es ganar un poco” y desde allí nuestras frustración es orgullo, nuestra desidia es un modo de andar en la ciudad.

La actitud de la herencia narco es una cosa muy resaltable: pasa por el hombre berraco, atravesado, capaz de hacer lo que sea, cuando sea y en donde sea; sobre todo, si ella implica una déficit en la reflexión y la mesura; es tan resaltable la actitud que desafía cualquier código social: tomar “tinto montado en un caballo” es una pequeña muestra de ello.

Esa herencia, la narco, es el motivo que detona nuevas narraciones en los medios, nuevos debates en las páginas de diarios y revistas; por sus procedimientos, divierten, se vuelven costumbre. Cada relato es una dimensión que cuenta que lo narco, con el asombro que implica, nos jodió, nos dejó a medio camino entre la realidad y la ficción.  

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