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LA CASA DE DIOS

Cartel Urbano

Por Alejandro Córdoba Springstübe

Se ha dicho que soy morboso, que busco el dato amarillista, sucio, escatológico. Se me critica por repetir la palabra "mierda", por buscar lo obsceno, por tratar de llamar la atención al hablar de putas, enfermedades venéreas y violencia extrema. Se me reprocha el uso abundante e innecesario de malas palabras. Quizá piensan que trato de cazar lectores con malabarismos de sangre. Lamento decepcionarlos con mi pedantería, pero eso que me critican hace parte de mi vida. He decidido que de ahora en adelante hablaré de la realidad: que tenga voz la calle, el barrio, la memoria. A la vida real no pueden reprocharle nada.

Llevo casi tres años viviendo en habitaciones para estudiantes. Pero entre julio y noviembre de 2010 viví en una casa maravillosa. Es un lugar extraordinario que no olvidaré nunca. Yo estaba huyendo de una habitación en la casa de una mujer mayor, madre soltera, resentida y catoliquísima (que tenía el disco de los villancicos del padre Chucho junto a la lavadora). Rezaba y rezaba. Trataba a todo el mundo como se le daba la gana. Obligaba a su hijo de 17 años a ir a misa, si no lo hacía lo insultaba diciéndole masón.

Me mudé a una casa grande, vieja, destartalada, olorosa a polvo. Cuando fui a conocer la habitación me recibieron mujeres muy hermosas y dos perras labrador que se me acercaron, cariñosas y gordas. También un perro negro chandoso que se orinaba en todas partes. La verdadera dueña de la casa era una mujer vieja, con acento costeño, morena, de ojos azules, y que debió ser muy bella cuando era joven. Las otras dos mujeres eran rubias, veteranas, deliciosas. Me contaron las reglas de la casa. "Usted puede hacer lo que se le dé la gana, mientras no me deje la puerta abierta".

Fue una época de alcoholismo y mucha masturbación. No hay remedio, es parte de la historia. La rubia menos bella, melancólica, con algo de afición al alcohol y a la marihuana, me dijo un día que yo tenía cara de ser alguien con "falta de afecto". Tal vez por eso me pajié tanto. Lo que no advertí es que las persianas de mi habitación no me ocultaban del todo a sus miradas. Quizás alguna vez me vieron jalándomela. No niego que deseé acostarme con ella o con su amiga. Pero no fue necesario porque, a pesar de mis excesos con el autoerotismo, tuve un constante flujo de encuentros sexuales, algo que no ha sido muy frecuente en mi vida.

Pero la casa tenía un pasado oscuro. Era propiedad de un militar, seguramente de la infantería de marina. Fue secuestrado por las FARC. Devolvieron el cuerpo sin cabeza o la cabeza sin cuerpo. Eso no lo recuerdo porque cuando la mujer rubia y melancólica me lo contó, con los ojos desorbitados por la borrachera, yo tampoco estaba muy sobrio.

Ella era su hija y era la jefe del hogar, mientras que la abuela, la mujer vieja y morena, era la esposa de ese militar y ante la ley, la propietaria de la casa. Tal vez desde ese día de la muerte de su marido inició el Alzheimer que padecía (todos las veces que nos encontramos en la puerta de la casa me preguntaba, "oye, ¿tú vives aquí?"). La otra rubia era una amiga, quizá cuarentona, con un cuerpo fascinante.

La vida cotidiana en esa casa se fue haciendo muy divertida por lo extraña que era. Tenían un criadero de abejas que a veces se infiltraban en las habitaciones. Mi cuarto de baño quedaba junto a la sala de televisión de la jefe de hogar y, porque era imposible ubicarla en otro lugar, la ventana para ventilar el olor a mierda daba contra el mismo lugar. Las dos veteranas, la borracha y la rubia voluptuosa, tenían la maldita costumbre de neutralizar el olor de mis cagadas con unas tandas largas de porros cargadísimos, risas y frases como "salve el alma que el cuerpo ya se le pudrió".

Recuerdo a la hija, rubia, nostálgica, jefe de hogar, borracha, con hambre de hombre, sabiendo lo deliciosa que es y esperando que un hombre al que le guste se lo diga, tomando aguardiente en soledad, superando problemas respiratorios, mirando el fuego de la chimenea, fumando marihuana, tosiendo, riéndose, recordando un día en que probó el bazuco, contando cómo compraba marihuana en el Cartucho, cómo empezó a tomar y a meter bareta cuando era una culicagada, que por los rastros de juventud que le dejaron los años debió ser seguramente una culicagada hermosa, toda ella una historia para hacer mil crónicas y contar lo que no se cuenta en ruedas de prensa ni en reuniones de coctel para periodistas.

Y la abuela no se queda atrás, morena, fumadora empedernida, olvidadiza, que pasaba días sin bañarse, que se limpió un día el culo con papel periódico (según dijo su hija), que criaba pulgas porque dormía en la misma cama con las dos perras labrador y con el gozque que se llamaba "Tarzán", motivo de peleas entre ambas, porque el chandoso se orinaba donde se le daba la puta gana. Las discusiones eran fabulosas porque pasaban de insultarse y decirse "perra hijueputa, mala madre, nunca me hubiera gustado haberte parido, muérase rápido pa’ vender esta casa", hasta mamar gallo, reírse una de otra, bailar, recordar al padre y al marido muerto, a la hija que estaba estudiando en Milán, fumar, poner un disco de Marc Anthony y tomar trago hasta que se les canse la conciencia.

Recuerdo ese lugar con nostalgia porque fui feliz allí. Era como si la misma casa tuviera Alzheimer, como si la parte trasera del hogar se olvidara del decoro y las buenas costumbres, como si sus habitantes quisieran contarse historias y al mismo tiempo olvidarlas, superarlas, pasar el despecho con el baile y la bebida.

Las mujeres que vivían allí eran todo sexualidad y ternura, un matriarcado extraña-hombres. Mujeres de las que no digo el nombre porque en mi recuerdo las quiero, porque si alguna de ellas era viciosa, borracha o de múltiples amantes, si alguna era sentimental, llorona y perezosa, siempre aceptaban a las personas como eran. Era la casa de Dios, donde jamás fueron juzgados los desesperados, donde siempre fueron abiertos los brazos para la puta y el ladrón. Por eso tal vez nunca me dijeron nada si me vieron a través de las persianas practicando el onanismo.

Por eso recuerdo a esa mujer, la nostálgica, la borracha, la que lloró un día en mis brazos porque me tocó decirle a la fuerza que estaba linda, como una dama con un corazón gigantesco. En esa casa vivían abejas, los perros dormían en la misma cama con los humanos. Era el refugio del perseguido. Y yo me fui de allí por la puerta grande: me pegué una borrachera y rompí el candado sin querer. Me echaron por incumplir una norma. Fue justo. "No me deje la puerta abierta". Pasé sin pena ni gloria, pero conociendo a una mujer que tuvo que aguantar mucho dolor para saber que si hay dos palabras que definen el verdadero amor, estas son "no juzgar". La historia es real, no se me ocurrió para alborotar adolescencias.

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