Intelectuales en la indigencia

De A cada día su propio afán Foto de Scrape TV
Cada loco con su historia. Desde niño siempre me han llamado la atención las personas que habitan la calle. Lo cual, aunque supuestamente obvio, es poco común hoy en día. Vestidos con harapos y deambulando por los barrios y las avenidas, atentos a la menor oportunidad de una limosna un cartón o un robo; malolientes y groseros, son vueltos paisaje. Frente a la panadería de la que soy cliente se forman diariamente una decena que, con distintos niveles de amabilidad, piden comida a los que pasan. Nadie imagina la cuadra sin ellos.
El indigente siempre ha servido de ejemplo: “si haces tal cosa serás esto”. Me invade la desazón al oírlos llamar: “desechables”. Dicen las cifras, de no sé dónde pero en las que creo, que se cuentan alrededor de ocho millones en Colombia. Son todas aquellas personas que ganan menos de un dólar al día.
Acostumbrado a acompañar a mis padres a San Victorino, en Bogotá, barrio vecino del deprimido sector conocido como ‘El Cartucho’ y próximo a la no más elegante ‘Plaza de Los Mártires’. Conocí historias de muertos enterrados en los mismos patios de las casas. De presentadores de televisión y personalidades de la farándula que ‘viven en el vicio’. Se acercaban algunos “artistas” al carro donde cuidaba las mercancías, en el más triste de los estados vendiendo retratos en un papel sucio y regalando moralejas: ‘hágale caso en todo a sus papás’.
Desde entonces no he dejado de verlos en cualquier lugar. A veces parecen ser los mismos. Me han robado, al principio intimidándome con lenguaje soez, luego enseñándome cuchillos; no obstante, con el tiempo he ganado cierta maestría en las calles: entiendo con solo verlos, cuándo quieren algo. Cambio mi expresión por la más ruda que tenga y me alisto para dar un golpe o lanzar graves insultos. O como todos, cambio de acera y acelero el paso.
Pero, no encuentro otro igual al Dalai lama o al Papa, que en muchos ya ancianos sin medios. Parecieran saberlo todo. Como si áurea sabiduría alcanzada tras años de humillaciones, privaciones, castigos; pecados y redenciones, les fuera otorgada y vieran mas allá del tiempo. Como si fueran las únicas personas en el mundo, listas de verdad para el comunismo. No son santos, son algo mejor: hombres. Sufridos, tercos, bravos.
Hace dos años le di la mano al diablo: a uno que decía ser el diablo y me pidió agua. Al que se la ofrecí en un tazón plástico y me recriminó con justicia por tratarlo como a un perro. Hablé durante un tiempo con uno tan joven como yo, que me preguntaba de la vida estudiantil y me hablaba de la ansiedad que causa la droga. Supe de otro que fue abogado y a quien su familia le encontró recientemente. Ahora, bajo mi ventana canta uno en inglés.