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INFORMANTES DEL MALTRATO

Cartel Urbano
Dígale que siga
Columna de María Antonia León
 
Dígale que siga
Columna de María Antonia León
 
Hace dos semanas el gobierno presentó cuatro decretos para proteger a las mujeres víctimas de la violencia en Colombia. El debate se centró en el punto relacionado con la obligación que tendrían los médicos de denunciar los maltratos. Naturalmente el gremio está preocupado, ¿quién le dijo al gobierno que los médicos eran espías? Mejor aún; ¿está pensando que deben sumarse a las Fuerzas Militares para luchar contra la violencia? La medicina se encarga de curar padecimientos físicos o mentales; el maltrato contra la mujer, en cambio, toca los innumerables acontecimientos psíquicos que están aferrados al corazón de nuestra cultura. Muestra de eso es que los cuatro decretos estén en el marco de la llamada "Ley Bolillo".
 
Si lo que quiere el Estado es reclutar héroes como se reclutan soldados para la guerra, no debería acudir a los médicos, porque aunque sean los más indicados para participar en un debate social, su condición de poder en el consultorio los deja en el nivel de testigos y cómplices de cualquier delito relacionado con el enfermo. Y en este país, hasta ser travesti es delito.
 
Si permitimos que el gobierno obligue a nuestros doctores a revelar la información de sus pacientes, va quedar rota, para siempre, la delgada línea que separa nuestra intimidad del escrutinio social. Hoy se les obliga a denunciar los maltratos contra la mujer con el argumento de que gracias a esto disminuirá la violencia de género; y mañana, seguramente, los van a obligar a denunciar el consumo de drogas, los abortos, la orientación sexual de los niños, las infidelidades, convenciéndolos de que en sus manos está la erradicación de esos problemas.
 
¿Qué es lo que busca el gobierno? ¿Concientizar? La concientización es un pajazo salido de las fotocopias universitarias. Aunque uno lea las cifras: "un promedio diario de 245 mujeres son víctimas de algún tipo de violencia en Colombia…", "El 80 por ciento de las personas que mueren por conflicto de pareja son mujeres", la gran mayoría sigue pensando que el conflicto interno es ajeno y que se desarrolla en la selva. El colombiano promedio cree que no puede tomar cartas en el asunto y no creo que obligar al gremio médico a denunciar la violencia de género sea necesario. A fin de cuentas, ya existe un gremio que lo hace: los periodistas.
 
En mi casa, por ejemplo, somos nueve mujeres y siete hombres. Desde el principio a los hijos varones les fue dado el poder: un dominio total sobre sus hermanas, los asuntos financieros y morales, y el porvenir del santo hogar. A las mujeres les fue dada la responsabilidad de servirlos, recoger los pocillos que colgaban de sus brazos estirados y quedarse calladas. En ellos siempre hubo ira y en ellas siempre hubo miedo, y como resultado llegaron los maltratos. Decía el psicólogo francés Gustave Le Bon que "cuando se exagera un sentimiento se pierde la capacidad de razonar".
 
Los hombres se casaron y buscaron esposas parecidas a sus hermanas, tuvieron hijos, consiguieron dinero, compraron casa. Las mujeres buscaron hombres parecidos a sus hermanos, una está divorciada, la segunda sola, la tercera tiene un esposo que la golpea. Con vidas enteras se muestra el resultado de un modelo educativo.
 
Cuando no hay amor propio, una mujer, por más inteligente que sea, puede acabar con un novio que la golpea. Yo tuve un novio que me agarraba del pelo borracho, y que otra vez, no sé cómo, me dejo un brazo lleno de moretones. Cuando le llegó la querella se puso histérico, y yo me sentí avergonzada. Cuando las mujeres de mi casa denunciamos a uno de mis tíos por sus maltratos, el otro nos hizo sentir culpables. Pero hay que tomar, al menos, la acción de la palabra frente a la violencia que florece en secreto, porque es ese maltrato el que deja un sonido de fondo que se graba en el cerebro de las nuevas generaciones y se siente como algo normal.
 
Defiendo la denuncia, la hago e invito a todos a hacerla. Pero insisto en que es absurdo que el gobierno obligue a un gremio, cualquiera que sea, a hacer uso de sus habilidades o su poder para hacerse informante del Estado. Nuestra cultura no está preparada para separar lo que es malo de lo que es bueno, lo correcto de lo incorrecto, lo aceptable de lo intolerable, ni lo emocional de lo racional.

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