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HANNIBAL Y DEXTER CONTRA TED BUNDY

Cartel Urbano

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza Luna
 
Al final de una charla que ofrecí sobre asesinos en serie, hace unos meses, por parte del público surgió la clásica discusión sobre si el asesino nace o se hace. Les expliqué a los asistentes que la tendencia actual de los expertos era señalar que el criminal era el resultado de una predisposición biológica que se sumaba a un ambiente nocivo; no obstante señalé que en muchos casos, no se reconocían elementos traumáticos severos que explicaran la conducta antisocial.
 
Algunos miembros del público insistieron en que para que un ser humano se convirtiera en un asesino tenía que sufrir un trauma, una agresión de algún tipo que lo trasformara en un peligroso homicida. En medio de los nuevos argumentos aireados que apoyaban que el asesino era forjado por su contexto, por sus padres, por un adulto que le agredió, comprendí que la mayoría de los asistentes tenían como referentes de la génesis de tal tipo de homicidas a personajes propios de la ficción cinematográfica y televisiva. El doctor Hannibal Lecter y el forense Dexter le habían enseñado al público cómo se suponía que se forjaba la mente de un serial killer.
 
Aunque consciente de que los asistentes necesitaban aferrarse a una lógica de causa-efecto de línea psicoanalítica, insistí en el caso del carismático Ted Bundy: psicólogo, estudiante de leyes, activista político, adulador, seductor, que más allá de algunos inconvenientes en su infancia no presentaba ningún dato escabroso en su vida que justificara los más de veinte violaciones y homicidios de bellas jóvenes que cometió. Varios miembros del público contraatacaron asegurando que de seguro a Bundy "algo malo" le había ocurrido: "nadie de la noche a la mañana se convierte en un monstruo", afirmó molesto uno de los participantes.
 
Otros nombres de asesinos -esta vez de la realidad- fueron citados por algunos miembros del público para demostrarme que el abuso sufrido en la infancia era la causa primordial de la personalidad criminal. El público tenía más datos que yo sobre muchos casos de asesinos seriales. Yo señalé que la mayoría de las fuentes de Internet exaltaban eventos de la infancia y los subrayaban sin respaldo alguno. Incluso reconocí que en mi libro, en el caso del asesino de más de 300 niños, Pedro Alonso López, yo había caído en la trampa informativa al señalar que de joven éste había sufrido abusos por parte de su madre y que, posteriormente, un amigo periodista había logrado establecer que en realidad la madre de López no era tan cruel como él mismo había declarado.
 
La cesión cerró con la discusión abierta. Ellos se marcharon más convencidos de que Criminal minds no podía mentir, y yo, triste, me quedé abrazado a la fría idea de la banalidad del mal.
 
Ahora, en el eco mental de aquel día, repaso la vida de Hannibal Lecter: en efecto presenció en su infancia, al final de la Segunda Guerra Mundial, el asesinato y canibalización de su hermana menor por parte de un grupo de lituanos que colaboraban con el ejército nazi. La última novela de Thomas Harris así lo narra: Hannibal emergió como asesino por su apetito -literal- de venganza caníbal. Sus crímenes, aderezados con sus conocimientos de gourmet, son alegoría de aquel cruel episodio. Incluso la pasión que experimenta por la agente del FBI Clarice Sterling, nace de la posibilidad, inconsciente, claro, de recuperar la vida de su hermana. Síndrome Batman, pero que le convirtió en un villano.
 
El caso de Dexter Morgan (también con previa versión literaria y protagonista de una exitosa serie de televisión) resulta aun más definido: de niño asistió al horror del asesinato de su madre cometido por unos traficantes de drogas, además fue encerrado en un contenedor durante cuatro días cubierto con la sangre de su progenitora. Su tutor, su padre adoptivo, lo instruyó en un proyecto de venganza bajo la premisa de asesinar solo a aquellos que lo merezcan. Ahora, adulto, avanza en su oscura misión.
 
Por otro lado, el asesino real Ted Bundy descubrió que sus padres (amorosos) eran sus abuelos y que su madre no lo había querido: duro, claro, pero no demoledor. Una novia le terminó: tenaz, pero eso no te convierte en un violador. No aprobó los estudios de japonés con el mismo éxito que el resto de su brillante carrera académica: sin comentarios. No era adinerado como aquellos del círculo social que le rodeaba: ningún nexo claro con la crueldad que expresó con sus víctimas las cuales perecieron como consecuencia de terribles golpizas. Estaríamos de acuerdo que por mucho más nadie se convierte en un brutal asesino.
 
Sin duda, la noción de huella psicológica, de fractura emocional, suele ser el móvil al que se recurre en el cine y la literatura para explicarnos la conducta desviada de los seres humanos. Yo mismo como escritor, a la hora de crear asesinos en serie de ficción, he recurrido al elemento trauma para explicar el nacimiento, el momento de quiebre, donde emerge el monstruo. Los personajes que carecen de explicación no suelen resultar tan interesantes para los lectores. La maldad pura, esencial, sin fuerza alguna que le haga enfurecer, resulta tediosa e incluso inverosímil. La literatura y el cine están plagados de villanos cuya crueldad se ha forjado durante su infancia. Los asesinos de la realidad suelen carecer de tales truculentas e inquietantes biografías.
 
Aquel día de la charla no tenía claro que, independiente de quién tuviera la razón, lo que movilizaba los argumentos de las personas que me rodeaban era la (no negociable) necesidad de que la maldad humana fuera algo explicable, y por ende tratable, controlable. Si ellos tenían claro el origen tendrían la posibilidad de triunfar, de no ceder, ante el lado Hyde de su naturaleza. Los que ese día se preocuparon por defender su postura, aunque tal vez equivocados frente al horror vacuo de la maldad de tipos como Bundy, eran la representación, la conmovedora prueba de la poderosa persistencia humana a favor de la bondad.
 

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