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GIMNASIO & GIMNASIA

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 

He vuelto al gimnasio. Llevaba 2.5 años sin pisar un suelo de caucho sudado. Soy lo que nadie llama un gimnasta intermitente: voy y vengo cada tanto. Todo depende de cuán cerca me quede el negocio, de cuánto cueste la cuota mensual, de qué tanto tiempo libre y voluntad haya en mi agenda mental. Ya que, desde hace casi 43 años me dedico con juicio a la enclenquitud, asistir a un recinto de estos para ejercitarme no es que me parezca el mejor plan del mundo… pero, por deformación profesional, mi rendición ante el culto al aspecto físico supera eventualmente a la pereza. Soy un superficialazo. Pero también resuena en mi consciencia aquello de “la salud es lo más importante”, bla ble bli.

El motivo real fue que ando como atrofiado de los músculos y de los cables, como oxidado, como bajo de potencias de todas las índoles, como deprimido. Decidí, entonces, eliminar las toxinas depresivas vía sudor, producto del ejercicio sistemático, una vez más. La verdad, me da oso-paranoia salir a trotar por ahí… y no me veo levantando pesas en el garaje que no tengo, como el tipo de American Beauty.

Éste debe ser el quinto gimnasio en el que me inscribo desde que caí en la saludable trampa, en 2001, cuando me echaron de uno de tantos empleos, y opté por paliar la crisis a punta de trotadora, elíptica y poleas. Funcionó, pero eso es lo de menos: el motivo de esta columna es hablar más de los gimnasios en sí que de la gimnasia efectuada (o evadida) en ellos.

No conozco un solo gimnasio bonito. Bueno, la verdad sólo he pisado gimnasios clase media; pero los pocos de alto nivel que he pisteado a través de las vitrinas más exhibicionistas que puede haber creado la humanidad dejan ver ambientes repletos de disimulado sacrificio. Sé que todos los que dentro de un gimnasio están quisieran yacer arrunchados en sus camas, en vez de estar dándole a las máquinas del Infierno que un grupo de sádicos inventó para justificar la gana de estar/sentirse bien que un lavador de cerebros espartano le vendió a la civilización occidental hace más de 5 milenios. Mens sana in corpore sano decía su slogan… y el mundo se lo creyó.

Por eso pagamos entre $50.000 y $300.000 mensuales (lo que puede costar el arriendo de una pieza con alimentación) por estar como queremos. La pregunta es ¿por qué queremos estar así? La respuesta es… porque así éramos originalmente, cuando huíamos de los mamuts antropófagos, o de los pitecántropos analfabetos, luego de robarles el fuego prehistórico. El cuerpo humano era una máquina perfecta de ejercicio y vitalidad que se fue atrofiando con los siglos, perdiendo elasticidad y adquiriendo complejos de inferioridad, gracias a Mr. Charles Atlas y sus herederos.

Tendrás un cuerpo perfecto fue el duodécimo mandamiento que alguien inscribió en la tabla divina, porque… es mejor, hijo, es mejor. Y sí, niéguese o no: el gordito ya no pega en este milenio. Ergo: ¡a quemarlo, gramo a gramo, en la escaladora que conduce a ningún lugar!

El súper negocio de los gimnasios de todo el mundo consiste en ofrecerte la oportunidad de tener aquel cuerpo si les pagas por adelantado una suma que termina siendo una inversión no consumida en su totalidad. Te cobran el mes, el semestre, el año, el siglo a tanto… pero tú sólo asistes algunos días del contrato con la nada. La verdadera ganancia les llega gracias al alto margen de deserción del cliente promedio, que no aguanta el reto de reivindicarse con su cuerpo echado a perder por el sedentarismo y las tres harinas que sus mamás les echan impunemente en la panza, año tras año.

Me le quitaré el sombrero al gimnasio que cobre por horas o que ofrezca planes post-pago. Me le quitaré la capa a aquellos clientes que hagan uso de un gimnasio con cabinas separadas, donde no haya ni medio chance de exhibir su proceso chicanero, charlar con el entrenador de balacas… o coquetear con la ejercitante más cercana, mientras un TV en mute muestra los videos más divertidos de los animales más estúpidos del más finito de los planetas cósmicos. 

 

 

 
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