A FAVOR DE LOS ENANOS
17/Feb/2012

Cambié de opinión
Columna de Rafael López - @Elinffinito
Quiero levantar mi voz y expresarme en contra de una ley que se opone a la práctica milenaria del lanzamiento de enanos. Este deporte, que se remonta a la antigua Mesopotamia, se encuentra actualmente prohibido en el país del Big Brother, la tierra del Tío Sam. Ya quisiera yo que mi trabajo fuera ser lanzado por los aires para caer en una cama acolchada o en los brazos de una multitud en un bar. Por eso me opongo a la prohibición. Yo levanto mi voz por los enanos -digo, aprovechando que ya está más arriba-
Cuando se trata de enanos, a mí se me mueve el corazón. En mí los enanos siempre han despertado simpatía y curiosidad. Simpatía porque hay algo en ellos que me hace sentir seguro, en su presencia no me siento amenazado: si uno de ellos se atreviera a atracarme, estoy seguro de que yo podría alcanzarlo sin ningún problema. ¿Y la curiosidad? Bueno, porque me parece que de algún modo, los enanos son una especie de nanotecnología.
Es tal mi curiosidad que se me podría acusar de morboso, pues yo soy de los que quisiera poder mirar detalladamente a un enano por la calle. Yo quisiera poder acercarme, tomarle fotos, posar a su lado, levantarlo sobre mi cabeza y esas cosas.
He tenido que recurrir a internet para poder saciar mi curiosidad. Si ustedes buscan "El imperio de los enanos" descubrirán un parque de diversiones en China, donde todos sus trabajadores son liliputienses. O si ponen en Youtube "4 midgets relay race a came" encontrarán una carrera de relevos realmente emocionante y al enano más veloz que han visto en sus vidas. Sin ir más lejos, existe el "Enano Amy Winehouse", un pequeño homenaje a esa maravillosa cantante.
Sin embargo, los dos momentos más emocionantes en mi carrera como enanista –o enanólogo, según prefieran– no han sido gracias a internet, sino experiencias en vivo y en directo. La primera fue cuando conocí Theatron. En medio de esa rumba tan demente salió un enano imitador de Jorge Barón, en un carrito de bomberos, gritando "Entusiasmo" con su puñito levantado. La segunda, fue en una estación de metro de Nueva York, donde tuve la fortuna de ver a un enano imitador de Michael Jackson; no solo vestía igual, sino que hacía el moonwalker, pateaba y se agarraba las pelotas igual que el original.
Me intriga la expresión "feliz como un enano", porque no logro imaginar su origen ¿Será que desde esa perspectiva la vida se ve más bonita? ¿Saben algo que nosotros no sabemos? Lo cierto es que hasta el momento, siempre he visto enanos felices.
Yo me pregunto cómo se ve el mundo desde la perspectiva de un enano y creo que se ve de Parriba. El mundo, lamentablemente, no está diseñado para las personas de su estatura. En esta ciudad, por ejemplo, lo más incluyente que tenemos es Divercity.
Pensemos en los baños de los centros comerciales. Imagínese que usted tiene unas ganas de orinar serias, que ya no dan tregua. Por fin, con paso apretado, logra llegar hasta el baño y cuando abre la puerta se encuentra con que todos los orinales están a la altura del pecho. ¿Qué sentiría? Es una putada. Porque con algo de fuerza los orines pueden apuntar al blanco, pero las últimas gotas, esas que hacen que uno se estremezca, no tienen propulsión parabólica.
La discapacidad no es una condición, sino una situación. Depende del entorno. Si un enano y yo vamos en un colectivo el discapacitado soy yo, porque él sí cabe.
Es urgente proteger a esta población vulnerable, porque cuando vuelva la ola invernal ellos serán los primeros afectados.
En Colombia existen alrededor de 24.000 personas que padecen de acondroplastia, la enfermedad que la mayoría conoce como enanismo. Irónicamente, su mayor problema es la visibilidad.
Yo sueño con liderar una marcha de miles de enanos para exigir nuestros derechos. Porque la verdad es que yo siento que soy enano… solo que alto. Este es el sueño de mi vida, que en caso de que se cumpliera y se me permitiera una pequeña extravagancia, me gustaría poder liderarla tocando la flauta y ser así algún tipo de flautista de Hamelin urbano. ¡Basta de discriminación!