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FANÁTICOS DE PACOTILLA

Cartel Urbano

Peor es posible
Columna de Darío Rodríguez

 

Las actitudes del hincha no son sólo futbolísticas. Así como rondan por ahí seguidores enloquecidos de clubes y colores, capaces de hacerse matar defendiendo a su flaca ilusión, abundan fervorosos de eventualidades insípidas: los disfraces y juguetes tecnológicos para exhibir delante de otros disfrazados, expertos en dominar aparatos; la gente famosa con la que es tan incómodo y fácil encontrarse –Carlos "El Pibe" Valderrama o Amparo Grisales, viuda de Colombia, no podrán escapar ni dejar de sonreír hasta que posen para grotescas fotos con el ocasional fanático–. Los hay enfermizos, y por tanto humorísticos, se los conoce porque aprovechan cualquier agujero o reunión con el fin de mostrar en voz alta su lista de orgullos, cada uno tan insignificante como los otros, la majestuosa empresa donde los esclavizan, la legendaria universidad donde los maquillaron como profesionales, el colegio donde diluyeron sus adolescencias.

Esas personas piensan que pertenecer a un gremio, y confundirse entre el combo y la montonera, les da clase o prestancia social. Basan su impostura en simulaciones que les permiten sentirse especiales, elegidos por los dioses y, de paso, autoridades limitadoras de quienes las contradicen. Es increíble que este tipo de gentes se declaren aptas para vivir en comunidad. Prefieren ignorar algo que salta a la vista día por día: es casi imposible enorgullecerse por algo o alguien de este decepcionante teatrino que se imagina democrático, que cree ser un estado social de derecho, que se infla de viento considerándose país.

Plutarco, citado por Jorge Luis Borges, "se burló de quienes declaran que la luna de Atenas es mejor que la luna de Corinto". No tenemos un Plutarco pero sí este tipo de discusiones y grescas (a gritos, patadas y machete) en procura de saber si los antioqueños son más sagaces que los costeños, si los genios que forma la universidad privada son mejores que los prodigios humanos de la pública, si la gente de Pasto sí es gente, no como la gente bogotana, si el mayordomo de finca Álvaro Uribe es superior al vividor Santos. Hasta el hartazgo. Peleas insulsas basadas en honores de cartón colombiano, que sólo revelan cojera o franca parálisis a la hora del debate serio en torno a nuestros verdaderos problemas. Nos parecemos a un gran baldío. Mientras sus dueños deciden si le pintan la fachada de rosado o de fucsia, adentro lo devoran las ratas, la maleza, la impudicia.

Esta soberbia sin bases sería tan solo una de nuestras típicas payasadas nacionales, y carecería de importancia, si no fuera peligrosa. Detrás de la jactancia por la piscina donde se nadó en la niñez, la loma imperial, bilingüe, uniandina, donde se estudian carreras tan prestigiosas, o la manada de boyscouts cuyas opiniones se reducen al artefacto explosivo casero, se enmascaran el patriotismo y la religiosidad, dos enfermedades que han contribuido a postrarnos como organización colectiva. Junto a ellas vienen los dogmas tercos, la falta de crítica y la conformación de sectas agresivas; las consecuencias de todo esto, a veces, son nefastas. Promover la fe por el pedazo de suelo que se ha ocupado, por una edificación, por unos trapos, conduce a la discriminación, al aumento de conflictos y en muchas ocasiones incluso hasta al asesinato.

Del hincha furibundo al fascista sólo hay un paso.

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