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FAITH NO MORE

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 

Este año, dos temas tienen a la gente de toda índole hablando de algo en común. El primero es la devolución de las estrellas de Millonarios, por esto y por lo otro. ¡“Devolución de las estrellas”!... Sagan, Keppler, Copérnico y Galilei deben estar revolcándose en sendas tumbas. Pero no escribiré de ello, ya que yo de fútbol no sé… y el asunto me aburre sobremanera.

El segundo tópico es el popular 21-12-12: fecha para la que algunos Mayas acordaron, a pupitrazo, que el mundo (del que ellos ignoraban el tamaño) iba a atravesar una era de cambio trascendental y multidimensional; y con la que Discovery Channel y Hollywood hicieron su agosto, valiéndose de la sugestionabilidad del televidente de mente apocalíptica… o sea, el 70% de la raza humana, que, según los científicos, es pura agua de cisterna.

Sí, ya sé: a lo largo de los milenios, muchos sabiondos han dicho ya se ha dicho infinidad de veces que final-final-no-va-más; pero que no han sido más que equívocos reiterativos… pero es que esta vez el bombo mediático y el plus del factor Maya han hecho que más gente de lo usual se preocupe por el ítem.

Entonces, acto seguido, entre más nos acercamos a dicha fecha, entre más se aproxima el aerolito imaginario, como una ventana emergente, surge… la Fe: ese monosílabo mágico que nos insertaron en los colegios y en las casas católicas. Esa cosa indefinible y milenaria, que cada diccionario trata de explicar a su manera… y que, dentro de 3 meses, se pondrá a prueba en cada una de las consciencias obsesionadas con el tema del Armagedón, sin Bruce Willis.

Fe en que nada va a pasar; en que todo seguirá igual de bien; en que a lo mejor lo que descenderá de los cielos es el OVNI celestial que se llevará a todos los buenos al planeta ese de la película Cocoon; fe en que la lluvia de fuego le caerá solamente al desierto africano. Fe en la fe.

Yo ya no tengo fe. La perdí a los 15 años, a la salida de mi primera comunión. Cuando acabó la ceremonia, luego de digerir la ostia y recibir la bendición del cura, me autoanalicé con rigurosidad, miré a mi alrededor… y sentí claramente que todo el caos permanecía intacto, que no había ni un gramo de santidad comunitaria en mi ser. Fue como salir súbitamente de un desenamoramiento de una idea que me alimentó durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia. Crucé la calle que comunicaba la iglesia con el parque de los marihuaneros… y arrojé el sagrado cirio bajo las llantas de un bus Germania-Perseverancia que pasaba por ahí en ese momento de pío sacrilegio.

Yo era de los que le rezaba a Santo Domingo Sabio para que mi mamá se desenojara antes de darme una pela de fuete rabioso. Llegué incluso a recortar la oracional Divino Niño de los avisos clasificados de El Tiempo para rogarle al icono que la niña más bonita del barrio se enamorara de mí… pero lo único que obtuve fue que se cuadrara con todos mis amiguitos, excepto conmigo. Etc.

Pero esa tarde dominical de 1985, cuando hice mi última comunión con el Hombre Invisible del que tanto me hablaron maravillas mis profesoras de religión; aquella tarde toda la fe se fue, como por arte de aseo mental, a la papelera de reciclaje de mi raciocinio.

Llevo ya casi 30 años sin ella… y poco la extraño, la verdad. Todos mis pensamientos, palabras, obras y omisiones han tenido consecuencias positivas/negativas en una proporción de 50/50. Me doy el beneficio de la duda de que, de haber seguido inscrito en el club de Dios, todo habría sido exactamente igual… pero ya estaría angustiado por las llamas infernales que me habrán de consumir cuando todo acabe. Sé que, bajo los parámetros catequistas, no merezco el Cielo… o, en el mejor de los casos, me asignarán la pieza más fea.

Si tienen fe, esperanza y caridad, agárrense de ellas para este 21 de diciembre… y hagan sus apuestas. El Baloto mundial estará recargadísimo. Nos vemos el 22. 

 

 
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