ES MEJOR LARGO QUE CORTO

Con tos pero sin voto
Columna de Rubén Darío Higuera
Son diversas las opiniones, los gustos, las inclinaciones, pero en la mayoría de casos, especialmente si son las mujeres quienes toman la palabra, se llega a una sola conclusión, irrefutable, incuestionable: es mejor largo que corto. Yo estoy de acuerdo, yo prefiero largo que corto porque la mayoría de film-minutos que he visto o de "pequeños" experimentos registrados en una cámara profesional o familiar, me parecen una mierda. Muchas ganas pero de lo demás nada. El corto –para bien, para mal- tiene que estar muy bien cimentado para que logre estimular, no olvidemos que eso del cine es una actividad visual y que, más allá de la técnica usada y el lenguaje desarrollado, todo entra por los ojos.
Aunque siendo honestos no hay mucho por decir tampoco de los largos, que acá en Colombia siguen sin dar mucho de qué hablar.
Pero no nos mintamos, hablar de cuán largo o cuán corto es un trabajo no justifica lo bueno o malo que resulte. Lo largo se trata acá de otra cosa. Tengo un amigo que admira las llamadas obras magnas literarias: mil páginas, innumerables capítulos, personajes que aparecen y reaparecen. Yo le he dicho que la genialidad de un autor no se mide por el número de páginas escritas, mucho menos publicadas, sino por todo lo que no escribió, para el caso Juan Rulfo o el norteamericano Sam Savage.
En la literatura, a medida que pasan los años, he aprendido a elogiar cada vez más las pequeñas obras maestras que las grandes, si bien Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov me parecen monumentos insuperables, me he deleitado más con los relatos de Dostoievski; más con los cuentos de Ribeyro que con sus novelas. ¡Cuánto amo yo al lacónico Onetti! Y lo amo justamente por la capacidad que tenía como autor para meter en sesenta páginas lo que muchos meterían en quinientas.
De igual forma, creo que novelas tan maravillosas como 2666, del sonado Roberto Bolaño, o Rayuela, de Julio Cortázar, son y seguirán siendo indiscutibles muestras del trabajo segmentado, del trabajo que se ha concebido detalladamente, no por supermanes literarios sino por cuidadosas máquinas narrativas que así como escribían una página no dudaban si había que borrarla. Hay obras que rebasan los límites, sin ir más lejos Ulises, De James Joyce o la incuestionable obra de Orhan Pamuk.
A medida que avanza nuestro siglo y crece en nosotros el apego por el audiovisual nos vemos inmersos en una producción de imágenes en la que mientras se produzca y reproduzca constantemente, la calidad es lo que menos importa. Producciones buenas hay muchas, no quiero que se me malentienda, pero el número es nimio al lado de los estúpidos y cada vez más proliferantes trabajos personales que hacen parte de proyectos artísticos o de colectivos que buscan "difundir" las artes visuales. Es lamentable, pero a veces se cree más en qué tan locos e inigualables somos y no en qué tan comprometidos con el ejercicio artístico estamos.
Digo todo esto sabiendo que los hacedores del oficio fácilmente me insultarán a la entrada de la iglesia o a la salida del burdel, pero corro el riesgo. Bien sé que me tratarán de retrógrado por afirmar que el oficio cinematográfico antes era un equipamiento contra el desenfado, una venganza hacia el holocausto y la soledad, y que hoy no es más que un club para lograr seguidores y chicas bonitas que se dejan quitar la ropa y tomar fotografías para luego subirlas, orgullosas, a su perfil de Facebook.
No está de más recordar a los artistas de la Nouvelle Vague o a los comediantes norteamericanos de la primera mitad de siglo XX: entretenían, sí, y de qué forma, hablaban de lo superfluo, claro, pero con mirada crítica; hacían del cine algo más que las películas del arrunche y el polvo, para convertirse en profetas de una nación y en la voz de quienes no eran escuchados; Chaplin, sin ir más lejos, es el ejemplo más preciso.
Que piensen lo que quieran, que sigan produciendo monstruos para diversión de colegiales, pero el oficio de la escritura (basta ya de tanto blog: cestas para la basura escrita) y el oficio del cine, se hacen mejor a lo largo, no a lo corto, no en la ligereza ni en la facilidad del bostezo, sino en el esfuerzo y el trabajo diario. Y no, no es un número de páginas ni de minutos, no se trata aquí de cuánto dura la obra, cuánto mide. Lo largo es otra cosa. Son días. Son años de batalla.