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ÉRASE UNA VEZ LA CONDESA SANGRIENTA

Cartel Urbano

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza Luna
 
 
Como todo cuento que merezca la pena ser contado, empecemos con el clásico: "Erase una vez, en un castillo lejano…".

En el seno de una poderosa familia húngara, el 7 de agosto de 1560, nació la condesa Erzsébet Báthory. A los quince años fue casada con el conde Ferencz Nádasdy, miembro de otra ilustre estirpe. Esta unión consolidó un poderoso control sobre diferentes territorios de la región de Transilvania.

Mientras que Nádasdy se ocupaba del expansionismo militar, lo único que avivaba los pensamientos de la joven Erzsébet, enclaustrada en el castillo Csejthe, era la obsesión por preservar su belleza. Fascinada con su propia imagen, dispuso en su habitación un espejo frente al cual pasaba largas jornadas contemplando su belleza.

Con el paso del tiempo, angustiada por la aparición de algunas arrugas, empezó a fantasear con hallar la fuente de la eterna juventud. En cierta ocasión, una de sus doncellas, mientras le desenredaba el cabello, haló su pelo. Colérica, la abofeteó; el golpe fue tan fuerte que le provocó una herida en el rostro. Unas pequeñas gotas de sangre hicieron contacto con el dorso de su mano. Una vez retirada la mancha, notó que su piel había rejuvenecido. Había encontrado la clave de la eterna belleza.

Una vez murió Nádasdy, en 1604, Erzsébet quedó libre para llevar a cabo su proyecto de inmortalidad. Para conseguir víctimas, a las cuales extraería la sangre para mantenerse incorruptible, consolidó una pequeña corte integrada por un grupo de perversos sirvientes Y una anciana hechicera llamada Darvulia. Con su bizarra corte organizó expediciones a caballo cuyo único propósito eran raptar hermosas vírgenes que le sirvieran como fuente para consumar su baño de sangre.

A pesar de sumergirse por largas horas en una tina llena de sangre, su piel envejecía. Darvulia sugirió buscar una sangre aún más pura. Bathory recurrió entonces a las jóvenes de una casta social superior, las cuales eran enviadas por sus padres a su servicio a la espera del ascenso social.

Padres y novios desesperados clamaron a sus gobernadores para revelar el destino de los cientos de jóvenes desaparecidas. El Conde Gyorgy Thurzó, gobernador de la región, hizo caso de las denuncias y allanó el castillo. Descubrió aterrorizado a numerosas jóvenes en cautiverio y en lamentable estado de salud.

Un rápido juicio determinó que los ayudantes de la condesa fueran quemados. Erzsébet, protegida por su condición nobiliaria y ante la posibilidad de un conflicto político con su familia, no fue ejecutada. Se le condenó a permanecer encerrada de por vida en su habitación, lugar que fue emparedado para aislarla de todo contacto humano. En la improvisada prisión se perforó un breve hueco en el techo, apenas suficiente para que entrara algo de aire; y otro en la puerta, por donde se le proporcionaría alimento. El 21 agosto de 1614 la ración de comida quedó intacta. Su oscuro legado de más de seiscientas víctimas fue desterrado de la historia oficial.

La leyenda de Bathory se entronizó en la figura de la reina malvada de Blancanieves: envidiosa de la belleza de la campesina (recuerden lo de: "espejito, espejito"), busca asesinarla para garantizarse el primer puesto en el concurso de la reina más bella. Entre la versión alemana de los Grimm y la de Disney hay severas variaciones, aunque subyace lo freudianamente esencial: con el asesinato de Blancanieves, la reina extingue el atractivo de la virginidad de su víctima y evita ser remplazada por alguien más joven.

Un escritor irlandés del siglo XIX, Joseph Sheridan Le Fanu, encontró en el mito de la condesa la analogía perfecta para configurar una novela vampírica titulada Carmilla. El argumento de la novela retoma el ansia de inmortalidad, que se supone es otorgada por el consumo de sangre. En el siglo XX, la escritora francesa Valentine Penrose recobró las páginas arrancadas del juicio que se le siguió y las reconfiguró en clave literaria y con tintes surrealistas. Un sólido texto de Alejandra Pizarnik reconoce la poética de su sadismo. La novela del español Javier García, Ella Drácula, se acercó con sensibilidad e inteligencia a su leyenda. Una malograda película de 2008 se sumó a la moda contemporánea de señalar que los villanos del pasado no eran tan malos y expone a Bathory como víctima de conspiradores.

Las estéticas contemporáneas no han sido ajenas a su influencia: bandas musicales, puestas en escena sadomasoquistas, etc., recurren a los rumores de su crueldad para nutrir imágenes donde la vida y la muerte, el placer y el dolor, son la misma cosa y no se conciben separados.

Probablemente nunca conoceremos la versión definitiva de la Erzsébet Bathory histórica. Nunca determinaremos la severidad de sus actos ni la verdad detrás de su leyenda. Imaginarla atrapada en su claustro, convencida de ser inmortal, con los ojos fijos en los pedazos de espejo que sobrevivieron al desastre del tiempo, componiendo su perfecto rostro, por supuesto resulta fascinante. Por el contrario, invocar los gritos de las campesinas prisioneras en su castillo, violadas y torturadas durante los juegos ordenados por ella, resulta incomodo, después de todo su historia (real o ficticia) es la clara imagen del también inmortal abuso de los poderosos sobre aquellos que caen bajo la maquinaria necesaria para sostener sus apetitos. A veces resulta más conveniente creer que todo se trató de un cuento infantil que nunca ocurrió.

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