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EL VERDADERO ROSTRO DE LOS ESPÍAS

Cartel Urbano

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza Luna
 
Un hombre de mediana edad, apuesto y atlético, ingresa en una habitación de hotel. Sabe que sólo tiene un minuto para el operativo. Oculta un micrófono en al auricular del teléfono; camufla una cámara miniatura en el marco de una pintura. Abandona la habitación justo antes de que su ocupante aparezca. Después de abordar un auto deportivo, en la siguiente escena, lo vemos bebiendo un Martini y en la tarea de seducir a una rubia voluptuosa de la cual también extraerá información.
 
Esta imagen glamorosa del espía de ficción, fusionada con personajes como James Bond, ha creado un mito deformado de tales sujetos, que en la realidad resultan muy diferentes a los personajes recreados por Hollywood, y aunque menos fotogénicos de seguro resultan más peligrosos para el destino de la historia de las naciones. Estos héroes o villanos -nunca se sabe-, ahora resultan involucrados en fiestas tropicales "fuera de control", más propias de American Pie que de una película tipo Jason Bourne o Avión presidencial o las novelas de Tom Clancy (Juegos de patriotas).
 
Sin duda, el término espionaje, fuera de la ficción, es un sinónimo de Guerra fría y trae a la memoria un mortal y apasionado combate entre la KGB rusa y la CIA estadounidense. En la actualidad se relaciona más con hackers y el robo de información, personal o corporativa, a través de redes sociales. El pionero del espionaje a través de redes fue Robert Hanssen (1944), agente del FBI, que vendió a Rusia valiosa información sobre operaciones de su gobierno.
 
Desde los fenicios, pasando por los romanos, las tecnologías y tácticas del espionaje, han estado presentes en los destinos de las naciones. En el Antiguo Testamento se reconoce cómo, para conquistar Jericó, antes que el uso de las poderosas trompetas, el profeta Josué necesitó del espionaje para extraer información sobre la situación militar de la ciudad; la informante fue una prostituta llamada Rahab.
 
Gracias a la holandesa Mata Hari (ojo del día en indonesio), bailarina exótica que en el París de la Primera Guerra Mundial se supone proporcionó información a los alemanes sobre las actividades militares francesas, la mujer pasó del estatuto de simple informante a espía profesional. En 1917, Margaretha Geertrude Zelle, como era su verdadero nombre, tras ser encontrada culpable por cargos de espionaje que desembocaron en la muerte de miles de soldados franceses, fue condenada a morir fusilada.
 
Sun-Tzu en el Tratado del arte de la guerra (siglo VI A.C), aconseja el uso de espías para ganar las confrontaciones bélicas; incluso los clasificó en cinco categorías: activos, los que traen información; pasivos, los que permanecen con el enemigo; locales, los que son nativos del territorio enemigo; internos, los oficiales del gobierno oponente; los dobles, empleados por ser agentes espías del enemigo. Tales perfiles, como lo evidencian los casos de famosos espías contemporáneos, siguen vigentes.
 
Uno de los primeros espías de Estados Unidos fue Nathan Hale, quien en 1776, en medio de la Guerra de Independencia de su país, se infiltró en las líneas del ejército británico para informar sobre sus acciones, pero pronto fue descubierto y posteriormente fusilado. El presidente George Washington autorizó y patrocinó económicamente la creación de una red de espionaje contra los ingleses.
 
Un caso que evidencia el impacto político del espía cuando el sexo se combina con la política, fue el de Markus Johannes Wolf (1923-2006), conocido como el espía Romeo, funcionario de la extinta República Democrática de Alemania, jefe de los servicios secretos de la Stasi en el extranjero entre 1953 y 1986, que motivó a los espías a seducir a las secretarias del gobierno occidental para obtener información (de ahí su apodo); más adelante contribuyó a la Perestroika y a la caída del muro de Berlín.
 
En Colombia (mucho antes de las poco cinematográficas chuzadas) se recuerda el caso del denominado primer agente encubierto alemán Werner Mauss, quien junto con su esposa lideró una misión secreta de negociación con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) para la entrega de secuestrados alemanes y la protección de empresas alemanas; también se hizo visible su participación en una posible mediación de paz con el gobierno colombiano. De acuerdo a los datos suministrados en su página de Internet, Mauss, a partir de los años sesenta, como colaborador civil del Departamento de investigación criminal de la República Federal de Alemania (BKA), ayudó a desmantelar más de cien organizaciones criminales y a la detención de más de dos mil delincuentes.
 
Los gobiernos modernos, incluso las corporaciones, siguen haciendo uso de los espías como arma silenciosa para anticiparse al que consideran su potencial enemigo o su rival. No obstante, aunque el espía haga parte de agencias gubernamentales o de organismos militares, su presencia nunca es del todo oficial, de ahí que cuando se le atrapa o se le condena en territorio hostil o se le hace visible en su propio entorno, su gobierno y su país quedan muchas veces al margen de la acusación. Para algunos son un mal necesario, para otros un instrumento perverso de la política. Dinero, presumible patriotismo, ambición, simple burocracia, y hasta desórdenes mentales, han definido las motivaciones del espía moderno; eso sí, en todos los casos, siempre ha estado muy lejano de la ficción del libro de Ian Fleming sobre James Bond: El espía que me amo.
 
El reciente escándalo sexual de los agentes del Servicio Secreto estadounidense, de paso por Cartagena, donde al parecer no le pagaron a unas prostitutas contratadas, además de degradar el mito cinematográfico de las agencias gubernamentales, nos hace preferir, por sobre todas las historias de espías, la discreción de Maxwell Smart, el Súperagente 86, con su Zapatófono y su Cono del silencio.

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