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EL “MEJOR” ESPECTÁCULO DEL MUNDO

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama


Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama



Esta columna la tengo retenida desde el mundial de 1974; pero decidí sacarla del chifonier textual, consecuencia de la séptima estrella de Santa Fe. O sea, utilizo gratuitamente dicha coyuntura para enunciar suicidamente una postura que, en este país, es peor que afirmar “soy necrófilo”: no me gusta el fútbol.

Pertenezco a la inmensa minoría para la que este deporte no representa ni media emoción. No es odio, tedio, ni siquiera fastidio. Es simple indiferencia, de la buena. Cada vez que, en la radio/TV, un ser humano narra/comenta un cotejo futbolero, en mi cabeza resuena lo que resonaba en la de Carlitos Brown y sus co-pupilos cuando les hablaba la profesora. Algo pasa en el inconsciente de los anti-futboleros, cuando oímos, en lontananza, el radio del celador del vecino; algo que nos deprime. El resto del mundo, en cambio, se come las uñas, sostiene la respiración, en éxtasis, esperando que el equipo de sus amores (de sus apuestas) meta la meta (goal, en inglés).

Psicoanalicemos…

Cuando tenía 6 años, mis primos, hinchas de Santa Fe, me metieron, sin consultarlo, de arquero en un partido improvisado de fútbol en el patio de la casa de la abuela. Porque el ritual así lo dictaba, el más fuerte de ellos, pateó la pelota directo al “arco” (la pared oriental del lugar). La esfera cueruda se estrelló contra mi frentaza; y, por cosas de la inercia, mi cabeza y el cuerpo que ella encabezaba, se fueron de parietal contra el muro. Dolió. Lloré. Hubo chichón.

6 años después, en plena adolescencia, mi gallada de la cuadra me escogió, arbitrariamente, como el arquero del equipo. Barrio La Macarena versus La Perseverancia. Yo no quería jugar ni ser “el elegido”. 5 goles en nuestra contra. Culpable: “Orejas” Valderrama.

Resentimiento, dirán; pero sé que es algo más que eso.

Mientras fui creciendo, veía cómo todos mis amiguitos eran atrapados por la vorágine del balompié, el cual pateaba sus emotividades y absorbía sus ocios, ya fuera como espectadores o como oficiantes aficionados… y yo, ni fu ni fa ni FIFA. Desde que llegué a los 18, cuando me paro ante un televisor, lo que para la fanaticada es un ritual de triunfo/agonía, para mí no era más que una batalla entre moscas. La pantalla era un acuario; y dentro de él, 22 peces yendo y viniendo  aleatoriamente. Aburrido. Absurdo.

Lo que me comenzó a preocupar fue el hecho de que, entrado a la universidad y salido de ésta, cada vez encontraba más gente de inteligencia respetable a la que el tema realmente le consumía neuronas y le enfrascaba en severas disertaciones. No lo podía creer. No se trataba de un deporte para mentes obtusas. ¿Era yo, entonces, el equivocado?

Cada vez que les digo a ciertos fans del fútbol con cierto poder o status que soy anti-futbolero, me miran condescendientemente, con cara de “¡Pobre analfabeta!”… pero es que yo, por más que lo intento, para congraciarme con mis semejantes, trato de pararle bolas a ello al menos durante el primer tiempo… y sólo veo a una veintena de extraños que no son nada mío, que no me representan, que sufren por ellos mismos, por su cheque, por su ego, por sus respectivas familias y amigos (que, a mi parecer, deberían ser las únicas personas preocupadas por el resultado del encuentro). Fin de mi inocua pero sentida tesis.

¿Por qué no nos estresamos, digamos, por un grupo de pescadores que madruga a arrojar la atarraya sobre el río Magdalena, a ver si consigue lo del día? ¿Por qué no padecer angustia ajena por un trío de recogedores de basura embalados con una tonelada de mercurio, faltando 15 minutos para cumplir su turno? ¿Qué es la victoria? ¿Qué es la derrota? ¿Qué es el empeño?

Pienso que la “pasión” por el fútbol es un sentimiento impuesto por los medios para que su merced se compre una botella de gaseosa o la apueste, para que el “honor” prevalezca. Si esa copa de algo con la que se premia a los ganadores de un torneo no significara dinero (mucho), radios y televisores estarían apagados durante esos 90 minutos de algo.

Llueven las piedras. No me duelen. Los escasos guiños me anestesian.

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