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EL HOMBRE FLÁCIDO

Cartel Urbano

Por Alejandro Córdoba Springstübe

Imagine a una mujer o un hombre que se sientan a su mesa y le dicen, a palo seco, "soy impotente" o "soy frígida". Usted no puede terminar su plato, quisiera decir algo, una incómoda frase de apoyo o de lástima, y expresar unas tartamudeadas condolencias por la defunción del órgano. Así me sentí durante dos años, cuando sufrí de impotencia y le confesaba el problema a mi pareja de turno: era como una blasfemia. Para la mujer es muy difícil darle el estatus de macho a un impotente sexual. Es una fórmula matemática: a pene caído, mujer en fuga. Desde 2007 hasta 2009, me sentí más señalado y juzgado que un leproso en el Antiguo Testamento. 

No importan las causas de la flacidez de miembro, eso lo podemos encontrar en cualquier manual de sexología. Lo que realmente aprendí fue a conocer la tan renombrada ternura de las mujeres: si un hombre huye por nalgas poco pronunciadas o pechos de paloma, no hay repelente más fuerte para espantar a una mujer que un miembro demasiado afectado por la fuerza de gravedad ¡Y qué gravedad!

La primera mujer con la que tuve un receso absoluto de vida sexual se llama Diana. No importa cuál Diana, puede ser Diana la diosa luna, Diana la que vive a diez cuadras de mi casa, Diana Estoperol (que para mí es apellido inventado y espero no exista en la guía telefónica). Digo Diana porque Diana se puede llamar cualquiera, así como yo me llamo Alejandro y sin duda hay delincuentes o santos con ese nombre. El caso es que Diana fue la primera: no digo que fue culpable ni víctima. Fui novio de esconder, duramos un mes y la relación se acabó. No di en la diana.

Como no podía aceptar la blandura de mi lanza quise una reivindicación. Por eso, apelando a un erotismo gastado, quise seducir con palabras como "no te imaginas lo que te voy a hacer". Ella insistía en decirme que el sexo no era lo más importante. Espero que repita ese discurso cuando le llegue la menopausia.

La segunda fue una rubia, cantante, cuyo nombre no importa. Ésta es una de las muchas historias donde es casi imposible encontrar las fuentes, ninguna de las mujeres que conocí en esa época me quiere volver a ver. Desenfundé mi arma y se acabó el encanto. No está de más decir que no había usado la tijera en ese frondoso bosque que llaman vello púbico (¿Para qué hacerle mantenimiento a lo que no se usa?). Era el look de Sergio Vargas.

La mujer se perdió por varios días. Tuve que llamarla para chantajearla diciéndole que estaba enamorado. No funcionó la trampa. Ya tenía de vuelta a un antiguo novio que seguro sí sabía cómo comportarse. Pero después llamó: se le había olvidado el cargador del teléfono celular en mi casa. Por fortuna, tenía algo de qué acordarse. Nunca me había sentido menos importante que un accesorio de telefonía móvil. Fue una experiencia alentadora, un hermoso ejemplo de la ternura femenina.

En 2008, a partir de la tercera relación, empecé a confesar. La primera en enterarse fue una mujer con la que no intimé por incumplido, porque también soy una colección de defectos. Mi postura preferida para decirlo era arrugando la cara para obtener sentimientos de lástima y conmiseración, y jorobando la espalda, emulando la actitud de mi entrepierna. De ahí hasta mediados de 2009 encontré las caras de terror de muchas mujeres que parecían santiguarse y decir "vade retro satanás" ante la sola mención de la palabra "impotencia". 

La última mujer que pasó por mi vida como impotente tampoco tiene un nombre ilustre. Tenía un horrible tatuaje aguamarina en la espalda. No tuve pantalones para bajarme los pantalones. Ella dijo esas palabras tiernas que siempre se dicen las personas que se desprecian mucho en las despedidas: "yo sé que tu eres una persona súper especial, tienes mucha vida por delante, reconcíliate con la vida". Lástima que mi cuerpo no se pudo reconciliar con el suyo. Por fortuna el problema pasó. No importa cómo, sino lo que aprendí. Mi cuerpo odiaba a todas esas mujeres, tal vez aún las odia. Pero no es culpa de ellas. Yo no sabría qué hacer con una mujer frígida. Sólo quisiera decirles que mientras fui impotente vi telenovelas, entré regularmente al baño, me creció el bigote, cumplí años, leí algún libro, comí fríjoles, conversé con alguien y fui, hasta la medida en que mi órgano me lo permitía, un hombre, un ser humano y un ciudadano que puede votar, tirarse un pedo en un supermercado o consultar un reloj.

No pretendo ser machista, doy cuenta de un momento doloroso. Algo que no fue culpa de nadie, tal vez ni siquiera mía. Tampoco espero que llegue una mujer con aureola, que no tenga fantasías sexuales, o mendigar amor con la bragueta abierta. Sólo que tanto los hombres como las mujeres somos justos o injustos a la hora de seleccionar o rechazar pretendientes o candidatas. Y aunque yo ayer, hoy o mañana vuelva a vivir lo mismo, sé que tengo la dignidad de no ser rechazado como un pedazo de carne, sino como un humano, como un hombre, aunque sea un hombre flácido.

 

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