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EL COMPLEJO DE LA PRINCESA

Cartel Urbano

No es un eufemismo
Por Gabriela Santamaría

No lo puedo evitar, me digo a mí misma, una y otra vez, que no puede ser así. Que Virginia Woolf estaría decepcionada de las decisiones que he tomado con mi vida. Que las mujeres no empezaron una lucha por la igualdad de géneros hace más de 60 años para que yo (una autoproclamada feminista) compre los símbolos que aseguran comportamientos patriarcales. Que de nada me sirve predicar valores de igualdad, si yo no soy lo que digo ser.

Para mí hay algo instintivo en esto de comprar princesas de Disney. Las compro porque son heroínas. A pesar de todo lo malo que podría decir de sus significados sociales: son protagonistas. Figuras principales y dinamizantes en su historia. Arquetipos que, aunque no parezca, han cambiado de manera parecida al recorrido que ha tenido el feminismo.

La primera princesa de Disney fue Blancanieves (1937), a la que no puedo defender. Después de todo atendía a siete hombres y además cantaba, feliz para más horror. Sus con-generacionales ideológicas tampoco impresionan mucho: Cenicienta (1950) y Aurora (1959). Ellas tres corresponden a una época de sumisión, de pocas libertades y muchas presiones sociales para las mujeres. Debían estar casadas, debían ser bellas y debían cuidar de su casa, marido e hijos. Debían. Eran un reflejo de su tiempo, una representación acertada. 

Mucho no duró la Cenicienta reinando cuando empezó en Estados Unidos, durante la década del 60, una nueva ola de feminismo. Ese movimiento ya no se encargaba del sufragio, pero sí se encargó de enfrentarse a las desigualdades de los roles sociales. Las mujeres quemaron brassieres, fueron a estudiar a la universidad, usaron pantalón y falda a su antojo y empezaron a trabajar. Si las primeras tres princesas no fueran un reflejo de las audiencias, esta ola nunca hubiera reaccionado.

Después de semejante revuelto dudo que Disney se atreviera a sacar a otra bella durmiente. Tal vez por eso es que la siguiente princesa que nos encontramos no llegó sino hasta 1989. Ariel, la sirenita. Esta chica tenía otro discurso: era determinada, recursiva y lo más importante no le obedecía a Tritón, su papá y el rey del mar, solo por el cuento de que era hombre y viejo. La Bella (1991) se sacrifica por salvar a su padre y se enfrenta a una terrible bestia valientemente y Jazmín (1992) no permite que decidan su futuro amoroso, por más de que se lo ordene su padre el sultán.

¿Notan el patrón? Todas ellas mujeres que se rebelan contra la figura masculina y aquello que ordena. No todo es perfecto, claro. Ariel cambia su cuerpo para gustarle al pelafustán de Eric, la Bella está en una relación abusiva con un animal que es prácticamente un secuestrador y Jazmín al final es rescatada por Aladino, en vez de poder hacerlo sola. Pero avanzamos; estas princesas saben tomar el rol de la protagonista, buscan la aventura, le dan la cara a los retos.

Y llegamos a la última tanda: Pocahontas (1995), Fa Mulan (1998), Tiana (2009), Rapunzel (2010) y Mérida (2012). ¿Hay quien pueda decir que no reflejan el movimiento feminista? Independientes, con convicciones propias, las que verdaderamente salvan el día. Capaces de defender todo aquello que atesoren. No las hace menos fuertes tener una pareja, hasta donde se sabe enamorarse no te hace menos feminista o competente (de la misma forma que ateo no es sinónimo de inteligente ni creyente de bruto).

Las últimas princesas coinciden con otra ola del feminismo que se dio a finales de los 90. Este movimiento incluye a todas las mujeres: las que quieren ser amas de casa, doctoras, modelos o bibliotecarias. Todo es válido. La ola no rechaza la vanidad o el amor. Esas princesas realmente son una representación de lo que se hizo. Por eso yo seguiré comprando los productos sin culpa y me rodearé más de su compañía, pues es en ellas donde veo el camino por nosotras recorrido. 

 

 

 
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