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EL CINE ES UNA MUJER

Cartel Urbano
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Algunas complejidades exceden los discursos racionales y a esa manía de pretender explicarlo y comprenderlo ‘todo’. El cine es una de ellas (nótese la formulación en femenino de la frase), mejor aún, “El cine es una ella”.
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Algunas complejidades exceden los discursos racionales y a esa manía de pretender explicarlo y comprenderlo ‘todo’. El cine es una de ellas (nótese la formulación en femenino de la frase), mejor aún, “El cine es una ella”.

Ha pasado poco más de un siglo desde que hicieron presencia los primeros aparatos reproductores de imagen en movimiento, precursores de eso que llamamos cine. Pasaron muchísimos más años, siglos incluso, en los que se limitó la labor de la mujer a la reproducción y el cuidado del hogar. Pero esos dictámenes siempre provinieron de una visión de mundo masculina, normatizante, controladora y castigadora. Aquella mujer rebelada (y revelada), no tenía más remedio que ser excluida y lo peor, sobre ella caían los motes con que comunidades enteras han nombrado la exclusión. Las mujeres-no-madres eran nombradas entonces como putas, brujas, alcahuetas, histéricas y asesinas, merecedoras todas ellas del desprecio y de la hoguera.

El cine, invención del ingenio humano, nace como un intento más del mundo masculino por controlar y asir, gracias a un mecanismo de sofisticada ingeniería, el tiempo y la realidad, por definición, incontrolables y rebeldes. Un invento más en esa carrera por ostentar el poder sobre las cosas y erigir monumentos y verdades. Cuán equivocados hemos estado porque también creímos que las mujeres debían ser un invento más de los hombres, como la propiedad privada, las ideologías, el Estado, los Dioses. Lo que nunca pudimos advertir, ni sospechar, o tal vez sí y esa sospecha se transmutó en miedo, es que la mujer inventada por el hombre no es más que una ficción que este último construyó alrededor de una pregunta sin respuesta, de un enigma. Pero nada hay más distante que la mujer real y esa que habita, en la cabeza de los hombres.

El hombre no tiene más remedio que acercarse a las cosas de mundo por vía del pensamiento y la razón. Así surgió el cine, pero cuando este Frankenstein se salió de las manos, no hubo más forma para neutralizarlo que industrializarlo y rotularlo. Es decir, ponerle nombres. Así la bestia es domada en tanto se le nombra como cine de terror, ciencia ficción, comedia, drama, acción o experimental. Nombres que en ningún caso son capaces de dar cuenta de una totalidad encerrada en una pantalla o en latas de celuloide. Y así, el cine que no cabe en los estándares es excluido del gusto general, reducido a salas de asistencia precaria, cineclubes universitarios, hermenéuticas obsoletas o clases de apreciación cinematográfica, como si de naves de locos se tratara, obligadas a trasegar fuera de los muros de la ciudad. Esa deriva también condujo a muchas mujeres a los sanatorios y los bosques, al fuego y al abismo. Las demás admitieron su derrota y se acomodaron a los requerimientos de una cultura masculina.  

Ese cine producido en serie y ese tipo de mujer no son más que un ideal del hombre. Con el tiempo, ese ideal cambió y ya no se habla de madres sino de mujeres que ganaron presencia y robaron terreno en todos los órdenes al poder masculino. También se habla de festivales de cine independiente y alternativo. Todo vuelve al mismo cauce y es admitido por el establecimiento.

Pero del enigma de lo femenino qué, si de eso es imposible hablar, porque no hay palabra racional que alcance. No se puede ‘saber’ de una mujer, ella siempre objetará y hará resistencia, pero no con las armas de los hombres –el poder– sino con su cuerpo y sus afectos, en esa otra arena que es el erotismo y la seducción de lo incomprensible pero que atrae y repele por igual con fuerza desmedida. No en vano, una sala de cine es un útero que nos acoge durante dos horas, del que no queremos salir pero que nos expulsa de nuevo al mundo para desear volver una vez más.

No es entonces un asunto de géneros, ni de películas realizadas por hombres o mujeres anatómicamente diferenciados, sino de que para hacer (o ver) un cine no condescendiente ni sumiso, se tiene que ser mujer, apelar a aquello que se sale de nuestra razón y que resulta el motor de toda creación (y apreciación) artística.

 

 

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