EL ASESINO DE LA DALIA NEGRA

Por: Miguel Mendoza Luna
De todas las escenas de crimen sobre las que he investigado, sin duda la del asesinato de la Dalia Negra resulta la más aterradora. Su muerte estableció el mito de la belleza marginal consumida por las fauces del esplendor de Hollywood. Mientras las imágenes del cadáver de la joven de 22 años, con las macabras señales de depravación, consecuencia de largas horas de tortura que precedieron a su muerte, nos conmueven y nos enfrentan al temor de convertirnos en víctimas, la voracidad de su atacante, nunca descubierto, nos obligan a cuestionarnos sobre lo peor de la condición humana. Tal vez el asesino nos dejó una evidencia más importante que su identidad, la relacionada con la delicada balanza de nuestro ser.
Elizabeth Short, nacida en 1924, llegó a Los Ángeles, California, en 1943. Allí trabajó como camarera en diferentes locales; en realidad soñaba con emprender una carrera como actriz de cine. Aunque era una joven hermosa, no se encontraba a la truculenta altura de los estándares de Hollywood. Lo más cerca que estuvo de la cámara fue ante el lente de una serie de películas y fotografías pornográficas. Tuvo varios amantes que no aguardaron a su lado para cumplir sus ansias de confort. El licor y el maquillaje se encargaron de disimular su soledad. El sexo solventó su dignidad. Usó su cuerpo como medida de su ambición. Vendió su alma para ganar algunos dólares. En el proceso de acceder a la fama pactó con el diablo y por supuesto perdió. Su celebridad no se debió a su talento actoral ni a su fotogenia.
El 15 de enero de 1947, su cuerpo, cortado en dos partes por la cintura, fue descubierto en un terreno baldío. La autopsia evidenció que el secuestrador se había tomado tiempo para procurarle todo el dolor posible. Quemaduras de cigarrillos, un corte en ambos lados de la boca simulando una sonrisa grotesca, la mutilación de los senos y la extracción de algunos órganos, definieron el horror de su lento deceso.
El asesino lavó el cuerpo de todo rastro de sangre. No lo conservó. Lo exhibió al mundo. Quería que todos conocieran su obra particular. Poco después, envió una carta junto con algunas pertenencias de Elizabeth. Ante la larga y ambigua lista de sospechosos armada por la policía, el asesino necesitaba un relativo reconocimiento. La vanidad humana de la autoría. Probablemente, en un último rapto de humanidad, se pegó un tiro; probablemente repitió el ritual con otra joven. En el mejor de los casos, pudo seguir con su vida con toda naturalidad y sin mirar atrás, después de todo había llegado al límite posible de su fantasía.
Un periodista, inspirado en una película de moda y con el rumor de que Short se vestía con ropas oscuras, bautizó a la víctima como "La Dalia Negra". El apodo terminó de definir su oscuro recuerdo poético. La dalia es una flor sin olor, condenada a ser contemplada y luego destruida al no emitir aroma. James Ellroy, cuya madre murió asesinada de forma similar, escribió una novela magistral donde le ofrece algo de justicia post mortem a la chica (olviden la adaptación al cine, hasta Ellroy la aborreció). De acuerdo a la novela, el asesino, alegóricamente, fue Hollywood y su farsa.
Como lo insinúa Ellroy en su obra, el crimen de la Dalia se convirtió en el perpetuo punto oscuro de la edad de oro de Hollywoodland; reveló que el letrero-trampa ocultaba que los seres alabados por el mundo también podían enloquecer y que sus obsesiones, apenas materializadas por su estatuto jerárquico y económico, podían derivar en la necesidad de probar en los territorios de la crueldad.
Elizabeth Short se encontraba muy lejos de ser una estrella codiciada, así que solo resta creer que fue un sustituto simbólico para su ejecutor, con el cual éste accedía al mundo de los que consideraba inferiores. Me convence la idea de Ellroy acerca de personas que se han saciado en el poder y desean ir más allá. El asesino no era un marginal, no era un perdedor. Lo tenía todo y nada. La Dalia Negra era la síntesis del sueño americano de su tiempo, la presa ideal para un hombre que ya se había saciado con los diferentes licores del placer mundano y tan solo le faltaba consumir el alma de una mujer que anhelaba ascender a su torre privada.
Imagino que el asesino guardó para sí mismo, hasta el final de sus días, la revelación que se le presentó al cerrar su acto homicida. En su soledad última, recordó cómo (aún ajeno al mito que había convocado sobre mujeres hermosas condenadas a la tragedia) ante el cuerpo sin vida de Elizabeth yacía una verdad: la inclinación humana hacia la destrucción que, nacida de la adquisición de poder, despierta ansiosa ante la belleza (la ajena e incluso la propia) que no se puede poseer.