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EL ACTUAL SÍNDROME DEL ODIO

Cartel Urbano

La sombra del asesino
Columna de Miguel Mendoza
 
Interesado por indagar sobre el caso del "asesino de la motocicleta", Mohamed Merah, un argelino que cegó la vida de siete personas (entre ellas cuatro niños de un colegio judío), en Toulouse, Francia, me encontré con dos perturbadores comentarios de lectores, al parecer europeos, de una página de noticias. El primero señalaba: "yo tengo miedo en España de los locos, de los islamistas, de los nazis"; el segundo advertía: "si quieres creer en Alá, Cristo o en la hormiga atómica me parece estupendo, pero si yo no creo en lo mismo que tú, ni me llames infiel, ni intentes imponerme lo tuyo, porque lo único que vas a hacer es que te odie y por ende aniquilarte para sobrevivir yo".
 
El comentario inicial es la suma lógica del miedo a la intolerancia. El segundo es la sentencia de un ser contaminado por la contemporánea necesidad de odiar, que también teme pero a los otros que no comprende. Los crímenes por xenofobia, homofobia, etc., no son nuevos en la historia de las culturas. Lo que resulta aterrador es que en pleno siglo XXI despierten por todo el mundo manifestaciones de segregación que creíamos enterradas en el pasado.
 
Desde los datos del proyecto Genoma, que confirmó que todos las razas son exactamente iguales -algo que los evolucionistas ya sabían, pero los nazis insistieron en refutar-, hasta la afirmación cultural de las nuevas identidades sexuales, reconocemos un positivo escenario de asimilación de la "otredad" (del otro, que un ultimas también soy yo), donde la igualdad de la diferencia es el concepto clave. Sin embargo, parece que muchos se resisten a la aceptación de tal diferencia. Ven a esos otros como espejos rotos de su propia imagen.
 
Los fundamentalismos actuales no se limitan a pugnas ideológicas entre oriente y occidente; van mucho más allá de conflictos históricos milenarios; no implican solo a las superpotencias y su guerra a muerte con Al Qaeda. No se reducen a petróleo y poder armamentista o a ultraizquierdas y ultraderechas. Han involucrado la vida cotidiana. El individuo común, aún sin pertenecer a ninguna secta, llega a imitar, a la escala de sus posibilidades, los odios de los grandes entes del poder enfrentados. Los que en la actualidad odian emergen de las calles, de los suburbios, son nuestros vecinos.
 
La amenaza de las hipotecas, del desempleo; el anuncio generalizado de la pobreza; la alerta sobre el descenso en la escala socioeconómica; han generado en diversas personas la necesidad, absurda por supuesto, de aborrecer al que suponen autor de su fracaso. Entre más opuesto parezca ser ese otro, mejor chivo expiatorio de su repulsión será. Su cuerpo, su religión, su identidad sexual, su condición socio económica, su raza, -presumiblemente diferentes-, resultan suficientes para identificarlo como "enemigo".
 
Responsabilizar al que no se comprende, al que no hace parte de la idealizada e inexistente normatividad de lo que se debe ser, les resulta más cómodo a los que odian. El otro como monstruo. Aquello que no entienden los conduce a la paranoia. Luego suelen inventar las formas de exclusión simbólica: indiferencia, emblemas, letreros de prohibición, discursos, etc. Algunos toman un arma y se montan en una motocicleta…
 
Los crímenes de Toulouse, las recientes brutales agresiones contra jóvenes homosexuales en México y Chile, las airadas protestas de foristas colombianos contra las marchas LGBT, etc., evidencian un síndrome global del odio. Síndrome del miedo al cambio que deriva en violencia.
 
Todo aquel que odia debería reflexionar que en algún lugar del mundo, incluso con mayor intensidad que él lo hace, alguien lo considera su diferente, su inferior. Alguien le teme. Alguien más estúpido que él lo considera su enemigo, el responsable de las desgracias del mundo, y probablemente decida reunirse con otros que piensan igual para planear cómo eliminarlo.
 
Abandonar el odio al otro-diferente es también el inicio de la autoaceptación. El fin de los espejos rotos de nuestra propia imagen.

 

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