(DES) PROPÓSITOS PARA EL NUEVO AÑO

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
Enero se presenta como la oportunidad de resarcir las culpas, de fundar pivotes fuertes para la prosperidad, el amor, el dinero; un hálito de optimismo nos posee y empezamos a prometernos una mejor vida. Queremos dejar de fumar, decidimos de repente dejar de tomar trago impulsados quizá por los excesos de fin de año, por un hígado agobiado que está a un whisky de tener que someterse a una diálisis. Queremos adelgazar porque nos pesa habernos atiborrado de cuanto buñuelo y natilla nos ofrecieron y ahora cargamos las consecuencias en la panza.
El comienzo del año de repente se convierte en una nueva oportunidad que nos da la vida para algo, aunque no lo sabemos con certeza. Los noticieros nos muestran desalentadoras estadísticas sobre el cumplimiento de los propósitos de nuevo año, dicen que solamente 3 de cada 10 personas que prometen adelgazar lo cumplen. Los días hábiles, los trancones, los saldos en rojo y el corre-corre de siempre desdibujan esa hermosa aureola navideña que trae días soleados y calles solas, y como en un desencantamiento nos presentan de nuevo la realidad sin pasa bocas, como siempre, pelando el cobre sin avisar siquiera. Y volvemos al stress, a la rutina, a la bebida, a las deudas, a las cagadas. Volvemos al fracaso diario, a pensar que no es siquiera marzo y ya no hicimos nada de lo que soñamos. El afán y la ciudad nos vuelven paranoicos de nuevo, seres mezquinos y algo horrendos con cierta frecuencia.
Y todo sigue igual. Todo excepto las tres personas que según el noticiero lograron bajar de peso. Ya no importan el cuco amarillo ni los propósitos para el nuevo año. Una vez recuperado el hígado lo demás es irrelevante. Un año más que nos regalan los pulmones nos hace olvidar las ganas que tuvimos el primero de enero de alejarnos del cáncer latente visible en nuestra tos.
No cumplir propósitos no es algo que nos haga trasnochar, nos demuestra que vivimos engañándonos todo el tiempo, pero no nos importa porque el engaño cuando viene de uno mismo no tiene culpa. Ya vendrá otro año y cada día traerá su afán. Ya habrá tiempo para dejar de fumar, de tomar trago, de meter, para dejar de ser miserable y gordo. El incumplimiento de esas promesas no nos duele, la inmediatez de la vida se toma la primera plana dejando de lado los existencialismos baratos de diciembre. Nos gusta más nuestra vida intrascendente, es más liviana, más fácil, más pecadora, más esperanzadora.
Hay, sin embargo, un propósito que sí nos duele: el amor, que es el propósito de las almas solitarias. Aquellos que año tras año decepcionados lo buscamos como recompensa, y quizá los buenos propósitos para ser una mejor persona no sean inspirados por nuestro propio bienestar, sino por el afán de que alguien encuentre en nosotros su alma gemela. Quizás el único propósito serio, con el que no nos engañamos es encontrar el amor. Y se vuelve un propósito porque estamos seguros de que no lo hemos encontrado por culpa propia, por ser gordos, flacos, histéricos, muy buenos o muy malos. Por eso nos proponemos cambiar, ser otras personas, con menos defectos y menos mañas, nos agobiamos y nos azotamos con el látigo que heredamos de nuestra iglesia católica.
Y fracasamos en ese propósito también porque nadie cambia en este mundo.
Por eso el amor no puede ser un propósito de nuevo año, ni nosotros ratones de laboratorio dispuestos al viacrucis de despercudir nuestra naturaleza vividora, pecadora y descarada cumpliendo metas. Porque el amor como propósito es una crueldad, si alguien en este mundo nos logra amar va a tener que hacerlo tal cual como somos, con nuestros kilos de más, con nuestras adicciones, con nuestra descarada manera de mentir o nuestro manera de ser absolutamente aburridores, con nuestras mañas y frivolidades, con nuestros engaños, con nuestros cucos amarillos y las uvas y nuestros propósitos –o despropósitos- para un nuevo año.