Ud se encuentra aquí INICIO Opinion Danar La Cobardia Es Un Acto De Cojineria
COMPARTIR ARTICULO EN:
M

Dañar la cobardía es un acto de cojinería

Cartel Urbano

Por Gonzalo Valderrama de Gonzaladas
Cuando no se tiene carro propio, ni amigo motorizado, ni padre chofer, hay que ser usuario de transporte público. Las tres alternativas urbanas, como todos sabemos, son: bus, taxi o colectivo. Cada una de ellas tiene sus pros y sus contras. A Transmilenio lo descarto, porque ése da para una columna entera; pero de lo que hoy les hablaré es del acto de tomar cada uno de estos bichos.
 
Comencemos por el más popular de todos: el popular bus; popular, no sólo por conocido, sino porque le pertenece al pueblo. Se recomienda tener a la mano la cantidad exacta del precio del pasaje para no alterar al conductor. Es mejor con sencillo; pero si va a pagar con complicado, súmele al billete las monedas necesarias para que las vueltas sean redonditas y la transacción no se convierta en un caos monetario. Esté siempre atento al aviso de la ruta (es preferible que se aprenda el número, para no tener que estar leyendo el recorrido de corrido). Nunca se pare en el paradero, falacia vial que no aplica a la lógica de las ciudades.
 
El paradero sólo sirve para sentarse, escampar y observar publicidad. Mejor espere al bus en una esquina con semáforo; así tendrá más chance de atraparlo detenidito. No se exponga al ridículo intentando gritarle, chiflarle o correr tras él. Basta con hacerle la clásica señal dactilar y mirar al entrecejo del conductor; así él entenderá que definitivamente usted pretende hacer el abordaje.
 
Por nada del mundo pregunte “¿Pasa por X?”, porque eso generará un círculo vicioso de malentendidos, que terminará en repudio recíproco. Suba con decisión; empuje la registradora con un contundente golpe de cadera, para que se sienta, desde el principio, que usted no es del montón. Mire a todos los pasajeros y no se coja de las barandas. Ubique el sitio más cercano a la salida, y prepárese para un viaje surreal.
 
En colectivo, la cosa no es menos sencilla; pero sí más rápida: a menor tamaño del vehículo, mejor desplazamiento por las avenidas. Sólo tenga claro desde el comienzo en dónde se quiere sentar (o quedarse parado), porque, en este micro-universo, todo se magnifica. Preferiblemente entregue el dinero del pasaje antes de ubicarse dentro del vehículo, para que después no tenga que entregárselo a algún desconocido y esperar a que las monedas vayan y vuelvan por esa cadena de confianza y altruismo que es el ritual obligatorio de todo pasajero de colectivo que no tiene un brazo tan extenso para llegar al conductor desde las cuarta fila. Siéntese muy bien, en posición traqueo-fetal, para que ningún movimiento colectivero le sorprenda el esqueleto. Por el mismo motivo, si va en pareja, intenten no besarse, para que el ósculo no les salga torcido y no sea motivo de envidias entre tanta intimidad arrejuntada.
 
Si está botado y tiene demasiada prisa… o quiere causar una buena impresión a quienes lo esperan en su lugar de destino, móntense en un taxi… ojalá de los chiquitos rendonditos nuevecitos, para más comodidad y prontitud, y para que su inversión valga cada peso. En lo posible, trate de montarse en un taxi conducido por un viejito con ruana y termo, que tenga en su vidrio un sticker de Caballero de la Cebra o de “Dios es mi copiloto”. Si al abordarlo, el taxista tiene sintonizada la emisora Melodía Stereo (96.5 FM), salvada la patria, porque no te hará ningún mal. Richard Claydermann y paseo millonario son incompatibles.
 
3500 caracteres no son suficientes para tratar un tema tan complejo como el del abordaje del transporte público en las ciudades capitales. Para terminar, yo recomendaría ser lo más pedestre posible; es decir, echar pata, así se trate de una distancia de 70 cuadras. Llegará más cansado; pero con su capital intacto, al mismo tiempo que si hubiera tomado un vehículo (por aquello del tráfico), y con muchas calorías evacuadas.

Comentar con facebook