COMENTARISTAS QUE NO LEEN

Dígale que siga
Columna de Maria Antonia León
Al igual que miles de bachilleres que se gradúan del colegio sin habilidades para las ciencias exactas, estudié Comunicación Social pensando que ese sería el camino directo a la creación literaria. Por fortuna antes de que ese propósito se apoderara demasiado de mí me convertí en periodista, es decir que, según muchos, tengo un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad.
La frase no me incomoda para nada, porque al ser periodista soy un ser humano sin miedo a sentirme ignorante, ni a aceptarlo. No necesito ser una erudita para escribir sobre un tema cualquiera, porque a fin de cuentas, un periodista es alguien que tiene la habilidad de investigar, hacer uso de un recurso vigente y usar su imaginación para crear una pieza informativa. Si más allá de eso florece un objetivo de denuncia, concientización o algún tipo de construcción social, entonces uno ha hecho muy bien su trabajo.
No obstante, hay un segundo ejercicio que no se puede pasar por alto. Y es lo que pasa con una de esas piezas informativas cuando llegan a las manos de una audiencia. Naturalmente Internet, y sobre todo las redes sociales, han facilitado la inmediatez de la crítica, así que se hace habitual el protagonismo de muchos comentaristas que tienen un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad, pero a diferencia de nosotros los periodistas, no pueden explicar bien ese centímetro.
Podría traer a colación miles de ejemplos en los que el silencioso columnista se ríe dentro de sí ante un comentario, para manifestar mucho después, con alguna cerveza en la mano, que sus lectores no saben leer, que pasan sobrevolando las líneas como si se tratara de un contrato de arrendamiento, y que a veces son tan obtusos que preguntan por qué en una columna de ochocientas palabras no se profundizó sobre un tema equis. Sabemos que Colombia no es un país demasiado lector, pero además, estoy segura de que las personas que esperan demasiado del periodismo generalmente son aquellas que menos leen.
Probablemente no recuerdan que la literatura está dividida en géneros, y estos en subgéneros, y que cada uno de esos reúne textos con un estilo y propósito determinados. Sin saber mucho al respecto se lanzan a leer con la misma lupa una columna de opinión, un post de un blog, un tweet, una crítica en la red social o un estatus de Facebook. Y a esto se suma que culturalmente parecemos más preparados para el conflicto que para el debate amistoso.
Por eso cuando pasan sucesos como el de Camilo Jiménez y su famosa renuncia blogueada, aquella en la que aseguraba renunciar a su cátedra en la universidad porque sus estudiantes de Comunicación Social no sabían escribir un párrafo sin errores, el tufo ligero de miles de comentaristas se aproximó a desmantelar su crítica. Yo misma preparé una columna al respecto, pero la lancé a la caneca casi de inmediato, porque contra lo que había que luchar no era contra la percepción de mediocridad que Camilo veía en sus estudiantes, sino contra la mediocridad que los estudiantes expelían: eran estudiantes de Comunicación Social que en su gran mayoría no conocían de ortografía, sintaxis, economía del lenguaje, etc.
Al observar las repercusiones de ese suceso también me di cuenta de que el propio autor no imaginó los alcances que iba a tener ese post, y que su audiencia estaba haciendo una tormenta en un vaso de agua. La semana pasada, la indignación de muchos lectores con mi columna de opinión: “Feliz día de las putas”, me hizo ver dos características que nos describen muy bien a los colombianos, una más agradable que la otra.
Por una parte, tuve la sensación (fea y al mismo tiempo grata) de que al percibir una cierta ignorancia en mis palabras, muchos lectores hicieron su mejor esfuerzo para educarme. No puedo sino darles las gracias por manifestar su preocupación por mi aprendizaje. Pero por otro lado, al ver ese enorme y mal redactado discurso de desacuerdo de los comentaristas fue evidente que su problema no es el de no saber redactar un párrafo correctamente, sino que no supieron leer: en mi columna compartía el propósito de la Marcha de las Putas, pero no su performance.
La lucha que promulgaban no era contra mí sino contra la violencia de género, pero dedicaron textos más largos que la misma columna con el copy paste de estadísticas, estudios y leyes que envuelven el maltrato contra la mujer en Colombia, alegando una y otra vez que a una mujer se le respeta… (bla, bla, bla).
Nuestra cultura está mucho más preparada para la queja que para la solución, y más decidida en el ejercicio de la protesta que en los cambios fundamentales. Semana a semana nos expresamos con una crítica fácil, y con frecuencia perdemos de vista el corazón de las ideas.
Si nuestros hábitos de lectura no dependieran de lo que nuestros amigos comparten en Facebook o de lo que nos mandan en la universidad, y en cambio fueran el resultado de una búsqueda personal, le daríamos a cada columna de opinión, post, tweet, artículo, ensayo o poema, el lugar que les corresponde para influenciar nuestro día a día.
Tal vez los periodistas no nos las sepamos todas. Sin embargo, somos más honestos y abiertos que muchos comentaristas que andan despotricando por ahí sin la más mínima conciencia por el uso del lenguaje, y peor aún, incapaces de la honestidad porque necesitan quedar bien con todos sus seguidores.