CARTA A JUAN MANUEL SANTOS
3/Sep/2012

En la otra esquina
Por Harvey Murcia
Reciba un cordial saludo. Espero que sus actividades como primer mandatario de esta nación adolorida por la violencia y la pobreza, estén en pro de superar el provincialismo en el que nos encontramos, para descubrir por fin un Estado-Nación de verdad.
En la otra esquina
Por Harvey Murcia
Reciba un cordial saludo. Espero que sus actividades como primer mandatario de esta nación adolorida por la violencia y la pobreza, estén en pro de superar el provincialismo en el que nos encontramos, para descubrir por fin un Estado-Nación de verdad.
Sé que estamos ad portas de un partido en el que nuestra selección Colombia se jugará la clasificación al mundial; seguimos pendientes de los realities para continuar haciendo uso de nuestro derecho a elegir y aguardando por los últimos “apuntes” de nuestros políticos (que parecen actuar para realities). Sin embargo, espero se tome el tiempo para leer estas líneas que pretenden expresar lo que cualquier colombiano desea.
Ha generado bastante polémica su decisión de abrir las puertas del diálogo a los insurgentes, esos mismos que son los culpables de los últimos atentados o de que Santa Fe haya empatado en la copa Colombia. Igualmente, son los actores intelectuales del “huracán Isaac” y los que tanto ofenden el “orgullo patriótico” de ex mandatarios. Insurgentes que han desangrado el país y las memorias, los sueños y las tradiciones.
Medios siglo llevamos “dándonos plomo” con nuestros hermanos, bien en el campo, bien en la cuidad. Esta violencia se ha vuelto el modo de ser, hablar, de comportarnos. En la vida cotidiana lo que reina es la indiferencia, y el vacío; el miedo frente al otro. Ya no confiamos. Nuestros vecinos son seres anónimos que pueden ser tan peligrosos como nos indique la crueldad misma de la violencia.
Al repasar por el espejo retrovisor de la historia, vemos que los resultados que ha dejado el enfrentamiento armado no son alentadores: padres sin hijos, hijos sin familia; odios heredados que carcomen las esperanzas y el alma. Violaciones a nuestra tierra, a nuestros niños, a nuestras mujeres, a nuestras palabras que conllevan a soledades infinitas. No existe el futuro para algunos y otros tantos dejaron de vivir en el presente para habitar el pasado. Y frente a esto, ¿qué ha hecho el gobierno de turno? Culpar a las víctimas: convertirlas en victimarios. Por esto, no más.
Es momento de llevar a buen puerto su propuesta, su idea de buscar una salida que abra la posibilidad de recomponernos, de reconocer que la violencia no es salida y sobre todo, que el gobierno nos desmienta la idea de que la mejor guerra es aquella que se funda en la política, el derecho y la democracia. Claro, sin mentiras de parte y parte; un diálogo de paz además de la buena salud que le trae a la nación, es un buen termómetro para medir la madurez de sus ciudadanos.
Hace trecientos años Rousseau dijo que no existe ninguna guerra, ninguna política, ninguna constitución de país que justifique la vida de alguna persona. Esto no significa otra cosa que enfilar todos los esfuerzos con los que cuenta la razón humana para lograr lo que añoramos: ganarle a la violencia.
Saludos,
H.
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