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CARTA AL ASPIRANTE

Cartel Urbano

Por Darío Rodríguez

 

Si acaso quieres convertirte en escritor colombiano debes vivir en Bogotá, o fingirlo. En la Capital residen los sustentos de lo que será el principio de tu brillante carrera: asesores de imagen, managers, publicistas. Fuera de Bogotá sólo se fabrican burbujas o parasoles individuales. Una vez habites en la metrópoli tu obligación es demostrar que eres, fuiste o serás periodista. Y no en cualquier informativo de barrio, ni emisora comunitaria, no. Aquí hablamos de credibilidad; adquirir fama de escritor en Colombia, formar parte de esta logia a la que pocos pertenecemos, es un asunto muy serio: si no has redactado por lo menos una crónica de sucesos escabrosos dentro de alguna revista ligera (leída exclusivamente por hombres, o por una casta ofendida que extraña su vida en Europa), si no "generas" opinión en tu modesto espacio de prensa, lo cual implica agitar avisperos vacíos, ser comentarista de las buenas noticias del entretenimiento, no existirás como ciudadano de la república letrada.

Debido a su rigor intelectual, producto del arte publicitario, el periodismo transforma de inmediato a quien lo practica en alguien incisivo, es decir chistoso; profundo, es decir esbelto; cool, es decir que escribe. Cuando alcances tu pedazo del pastel mediático no necesitarás lectores (ésas son niñerías del siglo Diecinueve). Tu misión, si decides aceptarla, es casar seguidores, clientes de lo que escribas. Si escribes, por supuesto.

Supongamos que no gastas muchas décadas (ni tu vida útil completa) intentando ser periodista en Bogotá. Seamos optimistas y digamos que tan sólo inviertes veinte años en lograr una diminuta posición como miembro del Club de los Humildes Escritores Colombianos. Ahí, justo ahí, empieza lo difícil: emprender el sendero de la Gloria.

Debes publicar en España, sin importar lo que publiques ni la calidad de lo publicado. Lo importante es que sea en España, donde brindan el nombre y el perfil. Allá debes conseguir un buen manager, aunque sea paisano tuyo; lo fundamental es que lo seduzcas allá.

El manager es la savia nutriente del buen escritor colombiano. Te presentará como un show man, imprescindible y simpático, exhibirá tu cosmopolitismo, tus becas y galardones ante los simples mortales de cualquier parroquia. Si no alcanzas la dignidad de estrella de rock, ni siquiera pienses en ser escritor colombiano.

En tus giras, de Feria en Feria, serás recordado por agudas opiniones de este corte: "Todos ustedes saben que llevo dos años viviendo en la acogedora Barcelona; pues bien, conversaba ayer por la tarde con mi íntimo amigo el novelista inglés Perico de los Palotes en torno a un delicado problema: ¿le gana la paella valenciana a la que hacen en Madrid?" Así, hasta la muerte. Porque la reputación de un escritor colombiano se mide por lo que come, y dónde come. No lo olvides.

El resto es sutileza. No insinúo que sea de menor cuantía pero si falta puede reemplazarse con pura espontaneidad: ser hincha de un equipo del alma. Filmar tu quinta película. Dejarte fotografiar en alguna discoteca de moda. Si eres mujer no viene mal posar desnuda en alguna revista donde escribas de cuando en vez. Si eres hombre puedes aparecer como modelo de campañas que promocionen automóviles, papas fritas o bolígrafos. Nunca dejes de responder entrevistas acerca de la situación del país y considérate un intelectual lúcido (si no te convences de eso, no hay de qué preocuparse: tu público te convencerá).

¿Qué se supone que vas a escribir, entonces? Libros, desde luego. Literarios o no. Te recuerdo que el objetivo de un escritor colombiano es ganar la lotería del prestigio y la celebridad. Lo de los libros es secundario. Si de pronto, tras el primer libro o el primer exitoso intento de libro te cansas de escribir, hay una alternativa: en Colombia está permitido ser Michi Panero o Pepín Bello; es lícito posar de escritor sin haber borroneado ni una cuartilla.

Esta opción del escritor cuya vida es su única obra suele ser aplaudida por las masas, sobre todo de adolescentes, si está acompañada de algunos coquetos excesos, unas botellas de más, un suicidio cortés, algún fármaco inofensivo; resulta fácil de llevar a la práctica y no son pocos quienes la proponen como ejemplo.

Algunos consejos finales: no dejes nunca de sonreír, aprende de las reinas de belleza. Nunca permitas que te vean ataviado con ropas baratas, –en Colombia la gente se mide por sus prendas de vestir– aprende de algunos premios Nobel. Acostúmbrate al arte de armar polémicas inútiles, aprende de los comentaristas futbolísticos. Opina, opina siempre acerca de todos los temas aunque no los domines, y procura anteponer los buenos sentimientos a la lógica, como si estuvieras de paso por este país, aprende de tus gobernantes y financiadores (si es que no son los mismos).

 

 

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