BAILE Y RUMBA (2DA PARTE)
16/Mayo/2012

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
La rumba continúa. Por un lado fluye el diálogo: aquella macabra facultad que nos diferencia de los demás vertebrados y de las ostras. Hay que hablar de algo con alguien (o con un grupo de alguiens) sobre cualquier tema que se pueda digerir o en el que se pueda debatir vehementemente (como en El pulso del balón) ante un tercero que se anonadará o se dará en el ano, siendo testigo de tamañas disquisiciones para nada sobre el costo de la vida, la vida del costo, el viejito del costal o la vida de Nika Kosta. Es más importante ser chistoso que ser profundo… o estar de acuerdo con alguien y tomar partido… y reír, reír como un dios manda, para que el ánimo no decaiga y se mantenga firme la cortina de humo que oculta la terrible certeza de ser finitos y poco finos ante la inmensidad del cosmos y de la explosión demográfica que produce seres mucho mejores o peores que uno.
Por todos los otros lados fluyen las miradas de todos contra todas (Digamos que es una fiesta heterosexual). Comienza la selección natural de rayos visuales, de aspectos, de pintas, de apariencias, de atuendos y auras: La feria del ego y la ejecución de todos los trucos de seducción aprendidos en los últimos diez años de la vida (desde la primera polución nocturna o la menarquia hasta la más reciente manuela). Los chicos babean por las chicas y comentan entre ellos sus partes inaccesibles, sin atreverse a dar el zarpazo o a zarpar (única prueba de vida masculina que ellas esperan). Algunos lograran lo mínimo: sacar a bailar a una mujer. Siempre que usted lo intente y ellas no quieran, responderán que están cansadas, que les duele la cabeza, que ésa no les gusta, que les dio un ataque de apoplejía, que no hablan español, que está temblando o, sencillamente, que lo detestan.
En caso de que nadie le acepte, siempre estará la tía Gladis. Nadie la saca a bailar; y cuando lo ha encontrado solo tirado en un rincón, le agarra de los dedos con desespero sudoroso, como si requiriera del baile para sobrevivir a esa soledad que la carcome, como si no hubiera un pasado mañana.
Los que la logran tienen dos opciones: bailar mal o bailar bien (Ellas, al parecer, están eximidas de este juicio, cosa que me parece injusta). En el primer caso (la mayoría de la población), eso se compensa con una buena parla (Recomendadísimo tener cinco o setenta apuntes graciosos para que la risa emborrache a su pareja, haciéndola obviar el pésimo ritmo de sus pies). A pesar de que durante siglos funcionó, ya estamos en una nueva era y deberíamos sustituir el ajado cuestionario de “Comotellamas”, “Cuantosañostienes”, “Estudiasotrabajas”. La liberación femenina y la proximidad del aerolito fatal que aplastará a todo el barrio permiten preguntas del tipo “¿Con qué frecuencia ovulas?”, “¿Has copulado con un armadillo?”, “¿Quién es tu papá?”. Estas dinámicas contemporáneas permiten una aproximación más expresa hacia el túnel luminoso del apareamiento humano. Pero ¡ojo! Sólo llegan a feliz término cuando se dicen las palabras precisas en el momento preciso… y eso sólo lo sabe Midiós o los tocados por su lengua de fuego.
Y, finalmente, están los trompitos, que se creen los dueños de la fiesta, los que tienen todas las de ganar, los que no morirán de inanición ni de aburrimiento durante la rumba. Una vez ésta termine y se le eche tranca a la puerta, ellos regresarán a sus cuevas para continuar con sus vidas anodinas, lejos de sus zapatos de cristal, ido el encanto de medianoche.
Regresa la luz del día; y la ciudad, con su ritmo feroz, invita a bailar la danza macabra. Aunque no lo queramos, habremos de concederle la pieza.