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AMORES DE INVIERNO

Cartel Urbano

Blasfémina
Columna de María Ximena Pineda
 
¿Quién dijo que los amores solamente eran para el verano? El verano se refiere a otra cosa: a una involuntaria y forzada vacación sexual, al calor corporal de los cuerpos abstemios, a las malas rachas. Los amores verdaderos nacen en invierno. El 100 por ciento de los hombres (tomé una muestra de 3 especímenes, entre los 25, 26 y 29 años respectivamente) coinciden en que el verano es una época para los amores furtivos, el sudor, el calor, el humor. Una época en que los fluidos corporales incitan al pecado constante y volvemos al instinto de bestia insaciable del caribe que llevamos adentro.
 
Además, el verano puede ser la época más anticonceptiva también. Recuerdo un viaje a la guajira con mi ex pareja en el que no nos bañamos durante una semana y yo no quería que me tocara un pelo –demasiada sal en mi cuerpo- y creo que la costumbre se me quedó para los siguientes años de convivencia. Quizá fue el comienzo de mi fracaso sexual conyugal, no lo sabré nunca.
 
Por ahora vuelvo a la defensa y reivindicación del amor de invierno. El frío nos hace añorar los abrazos, un poco de piel caliente envolviéndonos, el vaho humeante del amor. El amor de invierno es el amor verdadero, en el invierno solamente buscas una pareja estable, la necesitas, porque hace demasiado frío y no tienes nadie que te cocine, porque te declaras incapacitado y requieres de una figura maternal sexy que te lleve comida a la cama o simplemente porque quieres que alguien te revuelque las cobijas.
 
Respeto profundamente el fetiche necesario del amor de verano, lo he tenido, pero tengo que defender el amor de invierno, más estable, romántico, con olor a chimenea, a vino, a promesas de amor, a planes de vida. En el invierno hacemos planes a futuro, nos imaginamos casas, perros, hijos, universidades, vacaciones en el caribe. El invierno y la iglesia católica son los autores intelectuales del matrimonio y luego no se hacen responsables de sus consecuencias. En suma, el invierno es el calado, el clímax, el punto de giro, el adn de los amores apasionados. Nos hace querer tener sexo para reproducirnos, aún sabiendo lo que cuestan las matrículas de la universidad, los pañales, la salud prepagada.
 
Quien goce de un amor de invierno tiene un tesoro. Quizá las estaciones hacen falta en tierra chibcha para entender el amor verdadero, incitarían a la monogamia, bajarían la calurosa calentura del hombre muisca, venderían la sinceridad como un producto de moda, incalculable, autosostenible. Quizás el invierno acabaría también con las telenovelas, serían innecesarias, irreales, inverosímiles. Después de todo el invierno tiene el alma de buena mujer.
 
¿Quién dijo que el amor de verano era mejor? De nuevo tengo que ponerme de lado del invierno, sin argumentos, con débiles justificaciones y mediocre trabajo de campo. Lo defiendo aún, sin ninguna explicación, con la única excusa de estar esperando un amor de invierno próximamente, au gelé París.

 

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