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©Yimit Ramírez González

La diáspora multiplica el territorio: una conversación sobre arte y transitoriedad

La exposición Raíces en tránsito: 30 artistas de la diáspora cubana pone en evidencia el papel fundamental que desempeña la gestión curatorial y el entramado institucional en la construcción de espacios de reconocimiento para artistas migrantes, desplazados y exiliados. Hablamos con la curadora Mari Claudia García.

@carolinasanzart

 

Migrar no significa necesariamente romper con un lugar de origen. La distancia puede transformar las maneras de recordar, crear y relacionarse con la propia identidad, dando lugar a pertenencias múltiples, híbridas y en constante reconfiguración. Raíces en tránsito: 30 artistas de la diáspora cubana articula un campo de relaciones en el que la memoria, la identidad, el desplazamiento y la creación se encuentran para producir nuevas formas de comprender la pertenencia.

 

Así pues, la memoria no aparece como un archivo inmóvil del territorio que se dejó atrás, es en cambio una práctica viva que reinterpreta el pasado, preserva experiencias y narra nuevos relatos.

 

Hablamos con la curadora Mari Claudia García sobre cómo la diáspora multiplica el territorio y lo resignifica, porque aquello que alguna vez fue un espacio físico compartido puede convertirse en afecto, lenguaje, experiencia y anhelos. 

 

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Carolina: La muestra propone transformar la memoria en resistencia. ¿Cómo entiende esa transformación desde la práctica curatorial?

 

Mari Claudia: Para mí como curadora y artista la memoria nunca es un archivo estático ni un recuerdo congelado en el pasado; es una práctica activa, un proceso vivo de construcción, reinterpretación y toma de conciencia. En esta exposición, entiendo la memoria como un acto de resistencia fundamental: contra el olvido y contra las narrativas que buscan borrar procesos, experiencias, nombres e historias.

 

Mi propósito ha sido generar un espacio de resistencia colectivo a partir de los entrecruzamientos de prácticas creativas individuales cuestionadoras. Al poner en relación distintos lenguajes, generaciones, y aproximaciones, las obras articulan una profunda memoria compartida alrededor del desplazamiento (entendido en su más amplio espectro: territorial, pero también cultural y comunitario) y la resiliencia. A través de ese encuentro se van tejiendo nuevos relatos que, a su vez, pasarán a formar parte de la memoria de la cultura cubana del futuro. Es precisamente ahí donde entiendo la transformación de la memoria en resistencia: no solo en preservar lo que ha ocurrido, sino también en producir nuevas formas de comprenderlo y transmitirlo.

 

Las obras de esta muestra recuerdan y resisten de múltiples formas: a través del documento y el archivo histórico, pero también mediante elementos más subjetivos como el humor, los afectos, la emoción y lo sensorial. Muchas de ellas convierten la ausencia, la pérdida y el trauma en impulsos para nuevas formas de creación. En conjunto, estas prácticas articulan un discurso alrededor de la posibilidad de reconstruir sentido, identidad y comunidad frente a la adversidad y la impermanencia.

 

La exposición evita la tentación de ofrecer una narrativa única sobre la diáspora cubana. Siento que también hay un gesto de resistencia en rechazar las simplificaciones, los estereotipos y los relatos homogéneos.

 

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©Simone García Bacallao “Cymoonv”

 

C: ¿Qué significa curar una exposición en la que el territorio de origen ya no es un lugar físico compartido sino una memoria, un deseo o incluso una imposibilidad?

 

MC: La noción de transitoriedad me parece una idea muy interesante, no solo en el campo del arte, sino también como reflexión filosófica ante la cual, como especie, muchas veces nos resistimos. La exposición se sitúa en la tensión entre el tránsito y la transitoriedad: entre el desplazamiento físico y la transformación constante de las formas de recordar, pertenecer y construir identidades. Las preguntas ¿qué permanece cuando las circunstancias, los lugares o las personas se transforman? y ¿qué es Cuba y qué es “lo cubano”?, pueden encontrar múltiples respuestas a través de las obras incluidas en esta muestra.

 

La exposición no intenta reconstruir una idea de nación, sino mostrar las distintas maneras en que esta continúa existiendo desde el desplazamiento, ya que la diáspora no elimina el territorio: lo multiplica y lo resignifica. En esa expansión reside una riqueza y una intencionalidad relevantes. Desde esa perspectiva, aunque el territorio de origen deje de estar disponible como espacio físico compartido, el anhelo por la red de relaciones que le otorgan sentido como territorio propio puede volverse aún más intenso.

 

La imposibilidad de estar físicamente en la isla, de regresar a ella o incluso de reconocerse plenamente en el territorio que alguna vez se habitó, no constituye necesariamente un límite creativo, al contrario es una circunstancia que estimula una conexión visceral: muchos de los artistas procesan el día a día cubano desde la distancia, traduciéndolo en propuestas estéticas, cívicas y simbólicas de un enorme valor. Ser testigo de las motivaciones que dieron origen a estas obras, de la manera en que las ideas iniciales fueron evolucionando hasta su presentación final, así como de las conversaciones y procesos compartidos con los artistas, ha sido, en su conjunto, una experiencia fundamental para comprender la complejidad de estas prácticas y las distintas maneras en que la memoria, la identidad y la creación se articulan más allá de las fronteras. Curar esta exposición implicó acompañar y hacer visible ese movimiento, esa búsqueda de un sentido de pertenencia “otro”.

 

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©Luis Alejandro Yero Monteagudo

 

C: ¿Y cómo dialogan las obras con la idea de pertenecer simultáneamente a Cuba y a otros territorios? ¿La diáspora termina ampliando la noción de cultura cubana?

 

MC: Indiscutiblemente. Las prácticas de estos artistas se han expandido a partir de sus experiencias de vida en nuevos contextos, ya sea como resultado de migraciones elegidas o desplazamientos impuestos.

 

La migración no aparece únicamente en ellos como un tema representado, sino como una experiencia que transforma sus metodologías de trabajo. Muchos incorporan materiales, lenguajes y referencias adquiridas durante sus procesos de adaptación a otros territorios, así como aprendizajes provenientes del contacto con otros migrantes, tanto de la diáspora cubana histórica como de otros grupos desplazados.

 

Esto da como resultado identidades híbridas, complejas y en constante transformación, en las que la pertenencia deja de ser una experiencia excluyente para convertirse en una condición plural. La diáspora no representa una ruptura con la cultura cubana, sino una de sus continuidades actuales y una de las formas en que dicha cultura se redefine desde la distancia crítica. Reconocer la dimensión transnacional de lo cubano resulta imprescindible, especialmente al considerar las tensiones históricas que han atravesado la relación entre el poder en Cuba y las comunidades cubanas de la diáspora.

 

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©María Esther Lemus Cordero

 

C: ¿Qué responsabilidades considera que deben tener hoy las instituciones culturales frente a artistas que han sido desplazados o perseguidos por su trabajo?

 

MC: Tienen el deber de apoyar y representar a los artistas que han sido desplazados, censurados o perseguidos por su trabajo, independientemente de su origen o de las circunstancias específicas que hayan provocado su desplazamiento. Ello implica asumir una postura frente a las circunstancias estructurales que pueden impedir que estos creadores trabajen, circulen o sostengan sus prácticas artísticas, y proporcionar los recursos y condiciones materiales que les permitan continuar haciéndolo, y esto implica desde el financiamiento y las oportunidades de producción hasta la visibilidad y circulación de su trabajo a nivel local, regional y global.

 

Es vital ofrecer herramientas para su desarrollo académico y profesional mediante becas, residencias artísticas, mentorías, cursos y talleres, además de propiciar activamente la creación de redes de colaboración y alianzas comunitarias sólidas.

 

Esa responsabilidad también implica incidir en las políticas culturales y en los mecanismos que determinan el acceso a recursos, oportunidades y espacios de participación. Esto supone cuestionar procedimientos que perpetúan la exclusión y promover mecanismos de apoyo para artistas en situaciones de vulnerabilidad. Las instituciones deben, además, establecer alianzas entre sí para generar respuestas sistemáticas y sostenibles que vayan más allá de iniciativas individuales o temporales.

 

A las instituciones también les corresponde visibilizar las realidades que atraviesan los artistas censurados, desplazados o perseguidos, contribuyendo a generar conciencia sobre las condiciones que afectan la libertad de creación. Defender la libertad artística implica evitar la instrumentalización política de los artistas y reconocerlos como sujetos con agencia propia. Se trata de construir espacios donde los creadores puedan participar en igualdad de condiciones y donde sus experiencias, conocimientos y producciones sean valorados desde su diversidad estética e intelectual, sin que sus historias sean reducidas a discursos institucionales o políticos que terminen desplazando nuevamente sus propias voces.

 

Las instituciones tienen un papel fundamental en la preservación de memorias, testimonios y prácticas que, sin estos espacios de reconocimiento y documentación, podrían desaparecer.

 

Apoyar a estos artistas significa también contribuir a conservar relatos y formas de pensamiento que forman parte de una historia colectiva en permanente transformación.

 

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©Sandra Amelia Ceballos Obaya y ©Julio Llopiz Casal

 

C: Aunque la exposición se centra en Cuba, muchas de las problemáticas que aborda son compartidas por artistas de otros países en contextos similares. ¿Qué conversaciones espera abrir sobre la libertad de expresión artística a escala internacional?

 

MC: Es claro que la censura, el desplazamiento y la persecución artística son fenómenos que ocurren, lamentablemente, en muchos lugares del mundo, incluso en contextos políticos democráticos. En este sentido, la exposición propone entender la resiliencia como una estrategia conceptual y práctica frente a distintas experiencias de borrado, silenciamiento o desarraigo que enfrentan los artistas globalmente.

 

Espero desplazar el foco de atención de la represión hacia las estrategias de resistencia, solidaridad y reconstrucción que conectan experiencias a veces interpretadas de forma aislada. También me interesa plantear la pregunta de qué queda cuando, como creadores, perdemos las raíces en el territorio conocido. Por otra parte, aspiro a abrir conversaciones sobre la importancia de las comunidades y las redes, incluso cuando estas existen a pequeña escala o surgen de manera informal, y sobre cómo los espacios de colaboración entre artistas, profesionales de la cultura e instituciones pueden convertirse en fuentes de protección y continuidad.

 

La exposición también invita al público a preguntarse qué papel pueden desempeñar los artistas en la sociedad civil. Esta es una discusión que trasciende lo estrictamente estético y plantea cuestiones éticas sobre la producción de sentido, la generación de ideas y la manera en que una sociedad se piensa a sí misma. Me parece especialmente necesario plantear estas preguntas en un contexto global marcado por la polarización y las luchas de poder, en el que defender la libertad de expresión artística implica también defender la posibilidad de imaginar y construir otras formas de sociedad. 

 

C: La exposición reúne a 30 artistas que lograron continuar desarrollando su práctica gracias a redes internacionales de apoyo. ¿Cómo cree que se puede ayudar a quienes siguen creando desde la censura, el encarcelamiento o la imposibilidad de salir de Cuba?

 

MC: Gracias a mi experiencia de trabajo junto a ARC, tengo clara la necesidad de mantener programas de apoyo sostenidos y de no limitar la respuesta a ayudas de emergencia cuando ocurre una situación de crisis. Para quienes continúan resistiendo y creando bajo asedio, censura o reclusión, es fundamental facilitar recursos financieros y de producción, y canales de visibilidad internacional que no dependan necesariamente de su presencia física.

 

También considero vital desarrollar formas de colaboración creativa que puedan adaptarse a estas circunstancias: talleres, charlas, intercambios y otros espacios de encuentro que puedan realizarse a distancia o combinar distintas modalidades de participación. Dar visibilidad internacional a quienes permanecen aislados puede contribuir además a ampliar sus redes y a evitar que su trabajo quede desconectado de los circuitos culturales fuera de Cuba.

 

Pero la clave de todo es que cualquier forma de apoyo debe partir de una escucha atenta. No todos los artistas enfrentan las mismas condiciones ni necesitan las mismas soluciones; por tanto, no se pueden imponer respuestas simplistas. Considero imprescindible indagar con los artistas sobre sus intereses y aspiraciones profesionales, además de sus necesidades concretas. Escuchar, empatizar, rediseñar estrategias y mantener la flexibilidad son condiciones necesarias para construir formas de apoyo que respondan realmente a esas circunstancias materiales, profesionales y personales.

 

C: ¿Qué espera que permanezca en el público después de recorrer la exposición?

 

MC: Espero que el espectador se vaya de la galería con una comprensión más compleja y profunda de la diáspora cubana y de los procesos históricos que la han configurado. Aspiro, sobre todo, a que las obras planteen preguntas que continúen después de la visita y que despierten curiosidad por acercarse al trabajo de los artistas cubanos desde perspectivas que quizá antes les eran desconocidas. Me interesa que la exposición genere empatía más que consenso o conclusiones cerradas.

 

La exposición reúne a artistas, exiliados, migrantes y públicos diversos, y puede propiciar encuentros que no siempre son fáciles de generar en otros contextos. Tengo especial expectativa en las conversaciones que puedan surgir entre los artistas y el público local, y en la posibilidad de que esos encuentros promuevan nuevas relaciones, intercambios y formas de colaboración que puedan continuar más allá de la duración de la muestra. Para muchos artistas migrantes, estos espacios de visibilidad e intercambio pueden ser difíciles de alcanzar cuando otras necesidades de la vida cotidiana tienen que ocupar un lugar prioritario.

 

En este sentido, la comunidad no depende necesariamente de compartir un mismo territorio. También puede construirse a partir de experiencias, afectos, intereses y responsabilidades compartidas. Una exposición puede convertirse en un espacio de reconstrucción precisamente cuando permite que personas que no comparten un origen o un territorio establezcan nuevas relaciones a partir de lo que las obras ponen en circulación. Ojalá el público pueda entender la resiliencia desde ahí: no como ausencia de dolor ni como superación de una experiencia de desplazamiento, sino como la posibilidad de continuar creando, imaginando y construyendo vínculos a pesar de esa experiencia.

 

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Las y los artistas participantes de esta muestra son: Ricardo Figueredo Oliva – cineasta, Richard Zamora (El Radikal) – músico / rapero, Sandor Pérez Pita (RasSandino) – músico, Sandra Ceballos Obayá – artista visual / curadora, Yimit Ramírez González – artista multidisciplinario, Amaury Pacheco del Monte – artista multidisciplinario, Ana Rosa Díaz Naranjo – escritora / pintora, Carlos Quintela – cineasta, Claudia Patricia Peréz – artista visual, Simone García Bacallao (cymoonv) – artista digital, Daniel Sánchez Alfaro – dibujante/artista del cómic, David Escalona Carrillo (David D’ Omni) – músico / artista multidisciplinario, Nonardo Perea – escritor / artista visual, Ruber Osoria – fotógrafo, Solveig Font – curadora, María Esther Lemus Cordero – dibujante / artista del cómic, Fernando Fraguela Fosado – cineasta, Yanelys Nuñez Leyva – historiadora del arte / curadora, Luis Alejandro Yero – cineasta, Ahmel Echevarría Peré – escritor, Katherine Bisquet Rodríguez – escritora, Julio Llopiz-Casal – artista visual / diseñador, Camila Ramírez Lobón – artista visual, Eliexer Márquez Duany – músico / rapero, Ismario Rodríguez Pérez – cineasta / periodista, Carlos Manuel Álvarez – escritor, Evelyn Sosa Rojas – fotógrafa, Fabiana Salgado Bernal – cineasta / diseñadora gráfica, Hamlet Lavastida – artista visual y José Luis Aparicio Ferrera – cineasta / curador. 

 

Esta exposición, organizada con el acompañamiento de Artists at Risk Connection (ARC) y presentada en la Galería Nueva de Carabanchel, Madrid, se convierte en un espacio donde las instituciones, la curaduría, los artistas y los públicos participan de una misma operación: poner la memoria en circulación para que pueda transformarse en vínculo. Para el Proyecto Bulla de la fundación Cartel Urbano la importancia de visibilizar y acompañar este tipo de procesos reside precisamente en mostrar que pertenecer no depende exclusivamente de permanecer en un territorio. También podemos pertenecer desde la distancia, desde las experiencias compartidas y desde las nuevas relaciones que construimos.

 

Les invitamos a ver esta emotiva exposición del 10 al 26 de septiembre 2026, en Galería Nueva de Carabanchel, sede Madrid ubicada en C/ Alejandro Sánchez, 94, 28019 Madrid y en la página de Artist At Risk Connection (ARC).

 


 

 

 

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