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La cultura nos pertenece: cómo nos moldea la “batalla cultural”

¿Qué implica establecer una visión tradicional de la sociedad que sustituye la pluralidad cultural por una visión de entretenimiento? ¿Por qué medir el quehacer artístico según los ingresos que le ofrezca a la nación o, en el peor de los casos, a las grandes marcas?

Simona

 

A través del arte nombramos lo innombrable: denunciamos, cuestionamos, debatimos, imaginamos y nos encontramos en la diversidad que nos compone con lxs otrxs. En el arte podemos empatizar para construir una cultura de paz que no busque uniformar si no construir en la diferencia, sin embargo el país ha estado sumido en un conflicto interno que ha cobrado la vida de millones de líderes, estudiantes, sindicalistas y artistas que han apostado por otros mundos posibles.

En las últimas semanas Abelardo de la Espriella ha empezado a nombrar al gabinete que lo acompañará en su mandato. Los nunca, figura simbólica que le hace oposición a Los nadie que mencionaba Francia Márquez citando a Eduardo Galeano en sus discursos, resultaron siendo los de siempre: miembros de la oligarquía política colombiana, como son los Char, integrantes de Cambio radical y de otros partidos tradicionales.

Uno de los nombramientos más cuestionados fue el de Paola Holguín, ex congresista del Centro Democrático, designada como ministra de cultura a pesar de que no tiene ninguna experiencia en este área salvo ser la precursora de la ley del carriel antioqueño como patrimonio de la nación.

En su video de nombramiento, creado con inteligencia artificial, mencionaron que ella “está lista para dar la batalla cultural por la nación, para retomar el camino de lo correcto sobre lo incorrecto” y regresar a los valores tradicionales, potencializando y globalizando las industrias creativas; éste parece ser el reencauche de la economía naranja del gobierno de Iván Duque. Esta mirada sobre el arte, que busca cuantificar y medir con cifras su valor, niega su naturaleza improductiva que nace del goce de expresarse en el mundo; en esto radica su potencia, la cual no busca ser un producto del mercado, sino una postura política de lxs creadorxs. 

Después de ver este video, me llamó la atención el uso del concepto Batalla cultural, creado por Antonio Gramsci, filósofo italiano marxista que afirma en Los cuadernos de la cárcel que el “dominio burgués no se impone a través de mecanismos de control material, sino mediante el control de la producción simbólica y cultural. La batalla cultural implica, por tanto, una estrategia política para disputar el control de los discursos de verdad, de las instituciones educativas, de los medios de comunicación y de todas aquellas estructuras que moldean la conciencia colectiva”. Según esta reflexión, la política necesita de la cultura porque gracias a ella se dan peleas que llevan a la creación de un relato de sociedad hegemónico: Gramsci es consciente de que el poder no solo oprime sino también seduce. 

 

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Desde sus inicios el término, efectivamente, sedujo a diversos actores políticos. El partido nacional socialista alemán fundamentó su figura del Hombre nuevo desde una maquinaria basada en la propaganda y apoyada en la pintura, la arquitectura, las letras, la música y el cine. A través de expresiones artísticas se acercaron y se legitimaron de cara a la población, que terminó respaldando la narrativa nacional y las atrocidades que sucedieron en los campos de concentración. Es importante señalar que el nazismo también censuró la libertad artística y a creadores como el cineasta Fritz Lang, el pintor Max Liebermann, la actriz Hertha Thiele, entre muchos más.

Este concepto ha ganado relevancia en América Latina, las nuevas derechas se han apropiado de él, resignificándolo a favor del regreso de los valores tradicionales y de una sociedad conservadora. Uno de los exponentes de esta apropiación es el politólogo argentino Agustín Laje, que en su libro Batalla cultural, reflexiones críticas para una nueva derecha menciona que “es una disputa por el poder, ya que la derecha le entregó la agenda cultural a la izquierda y no se dieron cuenta de que la cultura es central para la política. La primera característica de la batalla cultural es el dominio cultural, quien domina los marcos culturales domina la sociedad”. Estas narrativas se construyen en las escuelas, las universidades, las iglesias, los medios de comunicación y, por supuesto, en el arte, siguiendo la lógica militarista según la cual para ganar esta batalla se deben controlar todas las instituciones.  

La voz de Laje ha tenido eco en el gobierno de Javier Milei, en Argentina, que afirma que la “batalla cultural busca devolver la centralidad a la familia como pilar fundamental de la sociedad y dar una guerra contra ideas aberrantes como la de justicia social”. En el caso argentino, esta guerra se ha evidenciado en la reducción del ministerio de cultura y su transformación en secretaría; allí se hicieron más de 300 despidos que afectaron programas territoriales y federales y desde el radar bulla también observamos el cierre por decreto del Museo Nacional de la Historia del Traje el 1 de marzo del 2026, por parte de las autoridades estatales.

Este discurso de batalla contra la diferencia y la pluralidad es el que piensa llevar a cabo Paola Holguin, según sus propias palabras: “La cultura debe entenderse como parte de la identidad de la nación, como el patrimonio que hay que proteger, como las artes, pero también como un puente. No puede ser secuestrada por un solo sector; tiene que representar el alma y el pensamiento de todos los colombianos”. Encuentro contradictorias estas palabras, porque una batalla presupone que un ganador será quien imponga el relato de nación en la sociedad y esta postura anula el carácter diverso que tiene la cultura, que en la mayoría de los casos no muestra verdades irrefutables, sino pequeñas grietas que generan preguntas en la ciudadanía sobre el poder y la forma de relacionarnos con él.

En el caso colombiano, esta batalla cultural que pretende llevar la llamada patria milagro impone una visión tradicional de la sociedad (como en el caso argentino) en la que se sustituye la cultura y su pluralidad por una visión de entretenimiento, la cual cuantifica y califica el arte según los ingresos que le ofrezcan a la nación y en la que la cultura solo es un puente para legitimar los discursos conservadores que buscan arrasar con la lucha por la justicia social y con los derechos de las minorías. Es importante resaltar la labor que ha tenido el arte en los procesos de memoria histórica y cómo a través de él se han dado pasos hacia una reparación y sanación simbólica, permitiendo un reconocimiento colectivo de los daños que el conflicto le ha traído al país, un ejemplo es el mural “Las cuchas tienen razón” el cual ha sido censurado en varias ocasiones, pero este año la Corte Constitucional determinó que el mural constituye una expresión artística legítima de memoria histórica, vinculada a las víctimas del conflicto armado y a la labor de las mujeres buscadoras de personas desaparecidas, protegida por la libertad de expresión y por la Ley 2364 de 2024.

Nuestra sociedad ha empezado una labor para reconocer su propia historia y para no repetirla; uno de estos aprendizajes se dio el 28 de junio de 2022, cuando la Comisión de la verdad le entregó al país su informe final titulado Hay futuro si hay verdad, en el cual se recopilan y analizan más de seis décadas de conflicto armado. En los textos la Comisión propone una serie de recomendaciones para lograr construir un país desde la verdad: “Llamamos a sanar el cuerpo físico y simbólico, pluricultural y pluriétnico que formamos como ciudadanos y ciudadanas de esta nación”.

La Comisión de la verdad menciona también que Colombia está enferma y que es necesario curarla. Parte de las dolencias del país se deben a la doctrina de seguridad nacional que perfiló a quienes pensaran distinto a los gobiernos como enemigos internos, lo que contribuyó a instalar narrativas de odio que legitiman y aceptan la desaparición y el asesinato de personas de ciertos sectores sociales, como fue en caso del genocidio contra la Unión Patriótica, en el que se asesinaron a más de 6200 militantes de este partido. Una de las propuestas más llamativas de la Comisión para recuperar el tejido social es “fomentar el reconocimiento y valoración de la igualdad de dignidades así como de la diversidad, la pluralidad y la diferencia cultural, étnica, de género, política e ideológica; el rechazo de la violencia, el cuidado de la vida; y el desarrollo de la capacidad de diálogo y de liberación”, y esto solo se logra cuando podemos ejercer nuestro derecho a expresarnos libremente y cuando podemos hacer nuestros duelos colectivos, para así proponer un país a la medida de todxs.

En campaña, Abelardo de la Espriella amenazó con “destripar y erradicar esa plaga de la izquierda” y así inició su batalla, siendo éste el relato que  piensa construir en su gobierno. Y para lograrlo usará a la cultura con tal de configurar una visión homogénea de la sociedad que avale los valores tradicionales de la derecha y permita el uso de la violencia con el propósito de defender al país del enemigo interno. Vale la pena recordar que la campaña política de Abelardo a la presidencia estuvo construida desde la exaltación de los símbolos patrios, como el uso de la camiseta de la selección Colombia y la estética militar, que buscaban apelar al nacionalismo y crear una imagen de orden, autoridad, disciplina y seguridad . En este contexto, las otras propuestas culturales que no vayan en esta línea serán anuladas y censuradas, siendo un peligro para cualquier creador. ¿Qué país se puede crear desde el miedo? ¿Qué pierde una sociedad si los artistas temen expresarse libremente? ¿Qué tan libre sigue siendo una sociedad para imaginarse distinta cuando desde el poder se determina que la cultura debe tener una única mirada?

Como creadorxs de mundos posibles, pero también como ciudadanxs que deciden ejercer su derecho a expresarse libremente, debemos salir en defensa del artículo 7 de la constitución de 1991 que dice que el "Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana”. Es anticonstitucional el deseo de un gobierno de monopolizar el mensaje de la esfera pública y la cultura según su conveniencia. La cultura y la contracultura nos pertenece, los poderosos tienen sus armas, pero nosotrxs tenemos la creatividad y con ella seguiremos construyendo un país que esté a la altura de nuestras utopías.

 


 

 

 

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