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¿QUÉ TAN CULTURAL ES BOGOTÁ?

Breve disección a la oferta de cultura de la ‘apenas’ suramericana.

Por Andrés Ospina

Cuesta hacer un análisis de la oferta cultural en Bogotá, sin que el ejercicio termine por remedar el del burócrata encargado de una rendición anual de cuentas por parte de la Secretaría Distrital correspondiente. Y no hay nada más aburrido que acudir a las estadísticas o soportar una tediosa presentación en Power Point (con bostezos de fondo) para justificar la gestión de un funcionario gris.

Ya sabemos que la institucionalidad termina por cobijar con su manto de aburrimiento a todo cuanto toca. Así que, de entrada —y para vacunarnos contra calumnias—, juro ante las autoridades incompetentes que no estoy obrando con patrocinio alguno.

Si se trata de evaluarnos, siempre habrá a quiénes envidiar y por quiénes ser envidiados. Eso decía en “Desiderata”, aquel célebre poema épico de autosuperación. Por eso es mejor evadir el riesgo de reducirnos o magnificarnos a nuestras más injustas proporciones, error en el que incurrimos con frecuencia.

Para comenzar, un llamado a la franqueza: aunque muchos se empeñen en que así luzca, Bogotá no está a la vanguardia continental, ni mucho menos, en materia de oferta cultural. Sin embargo, no todo es vergonzoso.

Al intentar medirnos con la misma vara con que se evalúa a Nueva York o Buenos Aires, el dictamen puede llegar a deprimirnos, pero si nos comparamos con La Paz o con Tegucigalpa, es posible que alcancemos a vernos al espejo con genuino orgullo.

Hagamos algunas precisiones históricas. Aún hoy existe gente que perpetúa el mito de la Atenas Suramericana, remoquete cuyos orígenes se han entendido mal. En el siglo XIX y hasta mediados del XX, cierta minoría aristócrata solía congregarse en tertulias para tratar asuntos tan elevados como extraños al entorno, si tenemos en cuenta el estado de aislamiento en el que se hallaba nuestra capital.

Alguien quiso mofarse y describir a la ciudad como un areópago tropical, una especie de tribunal griego enclavado en la meseta cundiboyacense. Así pues, para quienes no lo sepan, aquello de lo que todavía nos enorgullecemos se concibió con espíritu irónico.

Una cosa es una oferta cultural amplia y otra muy diferente es una oferta cultural variada. En Bogotá, la oferta cultural es relativamente amplia, pero sin duda es menos variada y menos repartida con justicia de lo deseable a lo largo del año

En cuestión de conciertos, es evidente que la llegada de McCartney y Madonna traza una frontera significativa. Lejos parecen haberse quedado aquellos días conformistas cuando nuestra juventud recibía a Air Supply, a Quiet Riot y a Samantha Fox cual si fueran Juan Pablo II y su séquito. Eso en cuanto a grandes estrellas, porque lo cierto es que el complejo Bochica sigue floreciendo en la conciencia, y lo normal es dar un trato de quinta a los músicos connacionales, a la vez que se venera a los foráneos. Aparte de eso, se extrañan las buenas ofertas de entretenimiento en vivo, que tienen lugar en temporadas algo espaciadas.

Durante la primera mitad del siglo XX hubo una escena interesante de grilles y de clubes que desaparecieron, pero sigue habiendo motivos para consolarse. Hoy —con el Cuban Jazz Café—, los sótanos de la Jiménez reviven, por ejemplo.

Nuestros medios culturales agonizan. La salida de la HJCK del dial no fue un hecho menor, como tampoco lo es la desaparición del Festival El Malpensante. Algunos criticaron sus tarifas (para nosotros, miembros de la sufrida clase trabajadora, un tanto altas). Claro está que ambos ejemplos pertenecen a la llamada “alta cultura”, en el sentido elitista del término.

A la 89.9 le sobreviven otras radios de ese tipo, remando a contracorriente de la excesiva proliferación de estaciones dedicadas al vallenato y al reguetón, y de la uniformización de los formatos. Entre oír “La casa del reguetón” y soportar el mamertismo innato de algunos de los presentadores de ciertas emisoras universitarias, me quedo, sin pensarlo, con lo segundo.

No tenemos una BBC (British Broadcasting Corporation, no Bogotá Beer Company), pero sí una Radiónica y una Radio Nacional de Colombia. Javeriana Stereo, UN Radio, Laud y la HJUT siguen vivas. Señal Colombia lo hace muy bien.

Abundan los cuenteros. Buenos y malos. También los remedos de Andrés López y algunos otros cultores del stand-up comedy. Basta con mirar cualquier sábado la oferta de diversión para comprobar su proliferación, desde el chorro de Quevedo hasta el teatro mayor Julio Mario Santo Domingo.

No hace falta viajar mucho para notar que no sobran las ciudades latinoamericanas con librerías del calibre de la del Fondo de Cultura Económica, Lerner, San Librario o Merlín. Claro: en Buenos Aires decenas de ellas siguen abiertas hasta la medianoche, y aquí comenzamos a cerrar a las cinco, pero entre eso y nada… Con todo, el precio de las obras y el analfabetismo funcional de la mayoría de los colombianos desconciertan. Como contrapeso, desde blogs y desde Twitter surgen nuevas plumas.

Buena parte de los platillos más apetecibles en materia cultural viene desde el flanco independiente y subterráneo. Mediante el camino cenagoso de la autogestión, toda una camada de grafiteros, músicos, artistas urbanos, colectivos y demás ha venido organizando pequeños recitales, happenings y otros encuentros artísticos, aparte de conquistar corazones de adolescentes rebeldes y de floggers emergentes. De eso bien pueden (o pudieron) hablar los miembros de Populardelujo o de Excusa2, el Toxicómano o Tot, a quienes no les ha faltado trabajo y reconocimiento. Sin más herramientas que su persistencia y su talento, individuos y colectivos como éstos se ganaron un lugar que, tristemente en algunos casos, parecen estar empezando a perder.

En materia de teatro, danza y galerías, hay escenarios. Los más famosos cumplen su función con decoro y eficiencia, pero más allá de los grandes nombres, como el Teatro Nacional, el Teatro La Candelaria o el Teatro Libre, cualquiera que sepa usar Google descubrirá que hay otros espacios, aunque poco conocidos. En mi caso, el Teatro Quimera, Mapa Teatro y el R-101 han logrado sorprenderme. Cuando se trata de cultura, buscar en lo menos publicitado siempre será una opción razonable.

Si somos francos, Bogotá podría, desde el punto de vista urbanístico y arquitectónico, ser una ciudad atractiva, si no fuera porque lo mejor de ella lo arruinaron a punta de maceta y cincel. Haber demolido el Hotel Granada es una falta que habrá de pesarnos por siempre. El Cementerio Central es nuestra propia necrópolis de La Recoleta, y haríamos bien en visitarlo con alguna frecuencia.

Puede sonar idiota, pero la ausencia de un sistema de transporte tipo metro contribuye a la desintegración y a la polarización en Bogotá: la cultura se mueve, sobre todo, en el eje Chapinero-Centro.

La institucionalidad ha hecho cosas loables. Salsa, Jazz y Rock al Parque son buenos festivales gratuitos. Programas como los Paraderos Paralibros Paraparques son ya un emblema urbano.

El Centro Cultural Gimnasio Moderno y el García Márquez organizan una programación gratuita bien pensada y a veces desaprovechada por los bogotanos. Sin embargo, su sola mención basta para no sentirnos del todo mal. Hay cultura, pero no siempre público.

También está el ecléctico Festival Centro, considerado por muchos una reciente convención anual de hipsters, así como los numerosos eventos “antirroscas” y “alternativos” que han surgido como respuesta al lugar común llamado mainstream, gracias a la inconformidad de aquellos a quienes no suelen convocar a las ligas oficiales.

Las exposiciones itinerantes del Fotomuseo y el Museo de Bogotá merecen aplausos, al igual que la programación multicultural en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y los estímulos de la Secretaría de Cultura. El Festival Internacional de Poesía seduce. Eso para no mencionar el de Cine, el afamado Eurocine, el ArtBo y el Iberoamericano de Teatro, además de aquel bautizado con el no muy afortunado nombre de “Festival de Verano”, casi siempre bajo la lluvia, porque (que se sepa) en Bogotá no existe nada parecido a estaciones.

Así las cosas, no hay por qué acomplejarnos, aunque es claro que todo está por mejorar. Fomentar en los bogotanos de todas las condiciones socioeconómicas el interés por la cultura es un reto que todavía no se ha cumplido a cabalidad, pese a que la avanzada continúa (sé que suena a Power Point de secretario de Cultura).

Antes de compadecernos o de andar flagelándonos con comparaciones, cabría analizar en qué estamos fallando y qué nos hace falta. Después de todo, la responsabilidad no es sólo de gestores culturales (especie sobreabundante por estos días), del sector público ni de los más bien escasos mecenas. Será cosa de nosotros, en nuestra calidad de público, que esto crezca o decrezca. Que sea lo que el destino disponga.

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